Jugurta (que reinó en 118-105 antes de Cristo) fue rey de Numidia, en el norte de África, y nieto del primer rey numidio, Masinisa (que reinó en torno a 202-148 antes de Cristo). Era hijo ilegítimo de Mastanabal, el hijo menor de Masinisa, y era el menos favorito de entre los nietos de Masinisa para llegar al poder. Sin embargo, su ambición personal, su inteligencia y su actitud despiadada, unidas a una aguda percepción de las motivaciones humanas y a los recursos económicos suficientes para comprar influencia, le llevaron al poder tras la muerte de su tío Micipsa (que reinó en 148-118 antes de Cristo), quien había sucedido a Masinisa.
Micipsa había dividido el reino entre sus dos hijos, Hiempsal I y Adherbal, y su hijo adoptivo Jugurta, pero este los asesinó a ambos. Sobornó al Senado romano y a los diversos embajadores y generales que se le oponían hasta que, en el año 105 antes de Cristo, tras una serie de derrotas contundentes a manos de los generales romanos, su propio yerno Boco, rey de la vecina Mauretania, lo traicionó y se lo entregó a los romanos. Estos lo llevaron de vuelta a Roma encadenado y murió en prisión, ya fuera ejecutado o de inanición, en el año 104 antes de Cristo
El relato más completo de la guerra de Roma contra Jugurta es el del historiador Salustio (en torno a 86- alrededor de 35 antes de Cristo), pero este escribía con la clara intención de condenar la avaricia y la falta de integridad en Roma y eligió la historia de Jugurta para reforzar su argumento. En consecuencia, los historiadores modernos a menudo cuestionan su versión de los hecho, afirmando que su obra es más polémica que histórica.
Curiosamente, otros historiadores antiguos que escribieron sobre la guerra de Jugurta, como Plutarco (46-120 después de Cristo) y Dion Casio (155-235 después de Cristo), que presentan más o menos la misma imagen del hombre y del conflicto que este inició, gozan de aceptación generalizada, a pesar de que ambos escritores se habrían basado en gran medida en el relato de Salustio sobre el ascenso y la caída de Yugurta. Dado que Salustio presenta la versión más completa de su historia, con diferencia, que en gran medida estos autores posteriores se limitan a repetirla, y que no disponemos de fuentes alternativas viables y menos problemáticas, su obra será la base principal para el presente artículo.
Masinisa, de la región de Numidia, había luchado inicialmente a favor de Cartago durante la segunda guerra púnica (218-202 antes de Cristo) entre Roma y Cartago, pero luego cambió de bando al darse cuenta de que Cartago perdería y se convirtió en un firme aliado de Roma. Cuando los romanos ganaron la guerra, lo recompensaron con todo el territorio del norte de África que había conquistado durante el conflicto, además de concederle, hasta cierto punto, carta blanca para tomar todo lo que quisiera de Cartago.
Fundó el Reino de Numidia (que hoy en día se corresponde con partes de Argelia y Túnez), compuesto por estos fértiles territorios, y abasteció a Roma de cereales. Una vez establecido el comercio con Roma, su tesorería en la capital, Cirta, se fue enriqueciendo continuamente.
A su muerte, le sucedió su hijo Micipsa, cuyo hermano menor, Mastanabal, tenía un hijo ilegítimo cuyos talentos naturales e inteligencia todos reconocían: Jugurta. Salustio escribe:
Tan pronto como Jugurta creció, dotado como estaba de fuerza física, de una apariencia atractiva, pero sobre todo de un intelecto vigoroso, no se dejó corromper por el lujo ni la ociosidad, sino que, siguiendo la costumbre de aquella nación, montaba a caballo, lanzaba la jabalina y competía con sus compañeros en carreras a pie; y, aunque los superaba a todos en fama, a pesar de todo se ganó el cariño de todos. Además, dedicaba mucho tiempo a la caza; era el primero, o uno de los primeros, en abatir al león y a otras bestias salvajes; se distinguía enormemente, pero hablaba poco de sus propias hazañas (La guerra de Jugurta, 6.1)
Como continúa diciendo Salustio, Micipsa se mostró inicialmente complacido con el éxito y la popularidad de su sobrino hasta que reflexionó sobre la posibilidad de que Jugurta pudiera convertirse en una amenaza tanto para sí mismo como para sus dos hijos. En un intento por resolver el problema, le encomendó a Jugurta el mando de las divisiones de caballería que enviaba a España para apoyar a los romanos en su enfrentamiento con Numancia. Tal y como escribe Salustio, esperaba que Jugurta «caería fácilmente víctima, bien del deseo de demostrar su valor, bien de un enemigo despiadado» (7.2). Salustio continúa:
Pero el resultado no fue en absoluto el que había esperado; pues Jugurta, que poseía un intelecto activo y agudo, no tardó en familiarizarse con el carácter de Publio Escipión, que estaba al mando de los romanos por aquel entonces, y con las tácticas del enemigo. Así, gracias a su arduo trabajo y a su dedicación al deber, al tiempo que mostraba una estricta obediencia y a menudo se exponía al peligro, no tardó en labrarse tal reputación que se ganó una gran popularidad entre nuestros soldados y se convirtió en un verdadero terror para los numantinos. (7.3-4)
Cuando los romanos ganaron la guerra contra Numancia, Escipión envió a Jugurta de vuelta a Cirta con una carta de recomendación en la que lo elogiaba encarecidamente y con la insinuación no demasiado sutil de que Micipsa debía adoptarlo como hijo y heredero; cosa que Micipsa no tardó en hacer. En la ceremonia, o poco después, Micipsa le pidió a Jugurta que cuidara de sus primos como si fueran sus hermanos de sangre, a lo que él accedió, pero nada en el relato sugiere que tuviera la intención de cumplir su promesa. Jugurta había pasado su juventud dedicado a las actividades físicas y a la guerra, mientras que Hiempsal I y Adherbal se habían criado en la comodidad del palacio y, además, eran bastante más jóvenes que él y no parece que se ganaran su respeto.
Sus primos tampoco lo respetaban a él, alque que se hizo evidente cuando falleció el padre de estos. Micipsa había solicitado que los tres gobernaran el reino conjuntamente, pero, en la primera reunión de los príncipes, Hiempsal ocupó el asiento de honor y rechazó a Jugurta. Cuando Jugurta sugirió que su primer paso en el gobierno conjunto fuera derogar los edictos de Micipsa de los últimos cinco años, puesto que el rey había estado enfermo y no se encontraba en pleno uso de sus facultades mentales, Hiempsal se mostró de acuerdo, alegando que eso también anularía la adopción de Jugurta y su pretensión al poder. Poco después de esto, Jugurta mandó asesinar a Hiempsal en su propia casa. Adherbal huyó para ponerse a salvo y movilizó un ejército, al tiempo que enviaba rápidamente emisarios a Roma para informar al Senado de las acciones de Jugurta y pedir ayuda.
Adherbal contaba con el apoyo de la mayoría del pueblo, pero Jugurta, gracias a sus logros militares, disponía de mejores soldados. Cuando Adherbal y Jugurta se enfrentaron en batalla, Jugurta lo derrotó rápidamente y Adherbal huyó. Abandonó Numidia para dirigirse a una provincia romana que se había establecido en el territorio arrebatado a Cartago y, desde allí, embarcó hacia Roma para defender su causa ante el Senado, esta vez en persona.
Jugurta se había granjeado muchos amigos entre los romanos de España y había llegado a comprender que el oro podía comprar todo tipo de favores; por ello, envió emisarios con obsequios a los senadores romanos que eran sus amigos, así como a otros que pronto lo serían. El estudioso Philip Matyszak comenta:
Jugurta había aprendido algo más que la vida de soldado en España. Sabía que el éxito o el fracaso en Roma dependían de ocupar un cargo y que las elecciones, incluso para las magistraturas más bajas, costaban un dineral. Adherbal llegó a Roma con la razón de su parte y un llamamiento a la justicia. Los emisarios de Jugurta llegaron con oro. Para indignación de los romanos que no se habían dejado sobornar, Jugurta obtuvo un decreto que dividía el reino entre los primos, otorgándole a Jugurta la parte más rica. (65)
Aunque esta afirmación se ha puesto en duda, y algunos estudiosos insisten en que el territorio de Jugurta era igual en riqueza y recursos al de Adherbal, el relato de Salustio respalda el argumento de que a Jugurta se le concedió la mejor parte del reino. Además, independientemente de si lo era o no, el Senado se negó a censurarle de ninguna manera por el asesinato de Hiempsal o por su ataque no provocado contra Adherbal. Jugurta había estado seguro de que podía comprar una decisión favorable si disponía de oro suficiente, y resultó que tenía razón.
Ahora, como gobernante de su propio reino, Jugurta consolidó su poder y luego atacó el territorio de Adherbal. Sus aliados y él acabaron refugiándose en la ciudad amurallada de Cirta, adonde los siguió Jugurta y montó un asedio. Adherbal envió más emisarios a Roma pidiendo ayuda e informando sobre las hostilidades de Jugurta.
Roma envió emisarios para mediar en el enfrentamiento, pero solo se reunieron con Jugurta, nunca con Adherbal. Jugurta se negó a levantar el asedio o a cesar las hostilidades de ningún modo y, tras recibir muy probablemente un cuantioso soborno, los emisarios romanos regresaron en barco a Italia.
Los defensores de Cirta, al darse cuenta de que Roma los había abandonado, no tuvieron más remedio que negociar las condiciones de la rendición. No disponían de suficientes alimentos ni agua para resistir un largo asedio y, al parecer, confiaban en que Jugurta respetaría las condiciones que les impusiera; lo único que les ofreció fue sus propias vidas a cambio de la ciudad. No obstante, una vez bajadas las defensas, Jugurta les ordenó a sus hombres que mataran a todos los adultos que se encontraran armados dentro de las murallas de la ciudad y mandó torturar a Adherbal hasta la muerte.
Entre los defensores de Cirta se encontraban varios italianos que, según Salustio, habían animado a Adherbal a rendirse creyendo que les perdonaría la vida y los enviaría de vuelta a casa; no fue así. Cuando la noticia de la masacre de Cirta llegó a Roma, el Senado, aunque de mala gana, se vio obligado a actuar. Salustio los describe diciendo que alargaron el debate sobre si enviar o no fuerzas contra Jugurta porque este había sobornado a muchos; Salustio se refiere a estos senadores como «instrumentos del rey», y escribe:
Cuando esta atrocidad se dio a conocer en Roma y el asunto se sometió a debate en el Senado, esos mismos instrumentos del rey, interrumpiendo los debates y haciendo perder el tiempo, a menudo mediante su influencia personal, a menudo con disputas, intentaron disimular la atrocidad del hecho. (27.1)
Sin embargo, por mucho que lo intentaran, no había forma de tergiversar el suceso que pudiera alterar el hecho de que Jugurta había asesinado a un monarca en el poder que era aliado de Roma, así como a los defensores italianos de Cirta y a civiles no combatientes. El Senado le declaró la guerra a Numidia en el 112 antes de Cristo y Lucio Calpurnio Bestia fue elegido para dirigir las fuerzas romanas contra Jugurta hacia el 111 antes de Cristo
Cuando Jugurta se enteró de esta noticia, se quedó consternado, ya que creía que con dinero les podía comprar cualquier cosa a los romanos, y rápidamente envió a su hijo y a unos emisarios a Roma con más dinero aún, porque para él estaba claro que no había enviado suficiente. Aunque parece que Bestia se sintió tentado a recibir a estos emisarios, el Senado les hizo saber que, a menos que la delegación numidia viniera a anunciar la rendición incondicional de Jugurta, deberían volver a casa.
Entonces, a Bestia no le quedó más remedio que dirigir a sus tropas a la batalla en el norte de África. Comenzó su campaña con ímpetu, derrotando a las fuerzas de Jugurta y capturando ciudades y fortalezas. Sin embargo, Jugurta frenó su avance, no por la fuerza, sino mediante el soborno. Se reunió con Bestia y le señaló que no había necesidad de un conflicto prolongado y costoso, alegando más o menos que «lo hecho, hecho está», y prometió su sumisión a la autoridad romana, una suma de más de 30 elefantes y una cantidad significativa de dinero en efectivo, además de lo que puede que le pagara personalmente a Bestia.
Bestia retiró a sus tropas y regresó a Roma, dejando tras de sí nada más que una fuerza simbólica. A quien parece que Jugurta también había sobornado, le devolvieron entonces los elefantes y además le vendieron a varios de los desertores de las filas romanas. Bestia afirmó que, dados los muchos otros problemas a los que se enfrentaba Roma, había conseguido la paz con Jugurta sin una guerra costosa.
Sin embargo, el pueblo de Roma y algunos miembros del Senado no se quedaron satisfechos con este resultado, por lo que se inició una investigación para averiguar quiénes y cuántos altos cargos estaban a sueldo de Jugurta. lo citaron para que compareciera en Roma ante el Senado a fin de prestar testimonio, y le prometieron un salvoconducto e inmunidad durante toda su estancia.
Jugurta accedió, pero, antes de que pudiera prestar declaración, uno de los tribunos, Cayo Baebio, se adelantó y le prohibió hablar. El público en general, que se había reunido para presenciar el proceso, se indignó e intentó acallarlo a gritos, pero él utilizó su influencia para impedir el testimonio de Jugurta y la investigación no llegó a ninguna parte.
Otro de los nietos de Masinisa, Massiva, que había estado solicitando apoyo al Senado para proclamarse rey de Numidia tras la destitución de Jugurta, se encontraba en Roma presenciando estos acontecimientos. Jugurta averiguó dónde se alojaba Massiva y ordenó su asesinato. Cuando le interrogaron, confesó abiertamente lo que había hecho, pero consideró que no era asunto de Roma y que, además, se le había prometido inmunidad durante su visita, por lo que no podían hacerle nada. El Senado, impotente, no tuvo más remedio que exigirle que abandonara Roma e Italia de inmediato.
Los romanos ya no podían tolerar la insolencia y el atrevimiento de Jugurta, así que en 110 antes de Cristo enviaron un ejército al mando del general Postumio Albino al norte de África para hacerle frente. Albino había sido uno de los que apoyaban al difunto Massiva y no sentía ningún aprecio por Jugurta, pero, por una razón u otra, no logró avances significativos contra él. Tuvo que regresar a Roma para las elecciones y dejó el mando en manos de su hermano Aulo.
Aulo marchó contra Jugurta, pero el rey numidio solicitó una tregua y se suspendieron las hostilidades; luego, Jugurta retrasó e interrumpió las negociaciones hasta casi el final de la temporada de campaña. Al darse cuenta de que pronto tendría que regresar a Roma sin haber logrado nada, Aulo movilizó a sus hombres para atacar la ciudad de Suthul, donde, según había oído, Jugurta almacenaba una inmensa cantidad de su tesoro.
Sin embargo, Jugurta tenía espías por todas partes y se enteró de los planes de Aulo. Reunió a su ejército y atacó rápidamente el campamento romano, dispersando a las tropas. Los que no murieron en la embestida inicial no tuvieron más remedio que rendirse.
Después, Jugurta les ordenó a todos los soldados derrotados y a sus comandantes que «pasaran bajo el yugo», un ritual simbólico que reconocía la superioridad del adversario, y les concedió menos de dos semanas para abandonar su reino o ser ejecutados.
Su ataque al campamento romano, y la humillación que infligió a las tropas derrotadas, enfureció al pueblo romano y al Senado. Al parecer, Jugurta creía que podría librarse de las consecuencias que se avecinaban a cambio de dinero, pero en esta ocasión se equivocó.
Roma envió contra él al general Quinto Cecilio Metelo (al que más tarde se le otorgó el epíteto de Numídico, hacia el año 109 antes de Cristo) con una fuerza impresionante. Metelo era conocido por su integridad y no se dejaba sobornar, pero Jugurta seguía creyendo que todo lo relacionado con Roma se podía comprar por el precio adecuado, así que envió emisarios para negociar. Dion Casio escribe en su Historia:
Cuando Jugurta le envió un mensaje a Metelo en relación con la paz, este último le impuso numerosas exigencias, una tras otra, como si cada una fuera a ser la última, y de este modo le sacó rehenes, armas, los elefantes, los cautivos y los desertores. A los últimos, los mató a todos; pero no concluyó la paz, ya que Jugurta, temiendo que lo arrestase, se negó a acudir ante él. (26.89)
Después, Metelo atacó con toda su fuerza, tomó la ciudad de Vaga y luego lo derrotó en la batalla de Muthul en el año 108 antes de Cristo Jugurta intentó recuperarse y reagruparse, pero muchos de sus soldados consideraban ya que habían cumplido con creces su deber para con el rey y regresaron a sus casas. Jugurta volvió a enviar emisarios a Metelo para intentar negociar la paz una vez más, pero, en cada ocasión, Metelo convirtió a estos hombres a su causa y los envió de vuelta para que intentaran asesinar a Jugurta. Matyszak escribe:
En cierto modo, la situación era irónica: el hombre al que Jugurta no había podido corromper estaba utilizando sus propias armas de corrupción, engaño y dilación en su contra. Durante el resto de su vida, Jugurta no pudo volver a confiar en nadie y cualquiera de sus allegados era un asesino en potencia. La atmósfera de miedo y sospecha resultante provocó que muchos de los consejeros más cercanos al rey lo abandonaran antes de que también los acusaran a ellos de conspirar contra su líder. (69)
Metelo continuó su campaña, tomando una ciudad tras otra, e incluso reconquistando la ciudad de Vaga que Jugurta había logrado recuperar. En Thala, Jugurta sufrió otra derrota y perdió más territorio, armas y hombres a manos de Metelo, y, sin duda el comandante romano habría seguido adelante para lograr la victoria total, pero en ese momento fue sustituido por su segundo al mando, Cayo Mario (en torno a 107 antes de Cristo), cuya ambición se sobrepuso a Metelo y lo acusó de alargar la guerra innecesariamente. Aunque los historiadores de la Antigüedad se muestran unánimes a la hora de elogiar la conducta de Metelo en detrimento de la de Mario, este último demostró ser un excelente general que optó por debilitar a Jugurta reduciendo sus ciudades y agotando sus recursos de manera sistemática, en lugar de enfrentarse a él en una batalla tras otra.
Jugurta, desesperado, recurrió a su yerno Boco, prometiéndole un tercio de su reino a cambio de ayuda para derrotar a Mario. Boco aceptó la oferta y las fuerzas aliadas se abalanzaron sobre el ejército romano cuando este se retiraba hacia sus cuarteles de invierno. Marío contuvo hábilmente a una fuerza mucho mayor y luego la derrotó, infligiendo graves pérdidas al ejército enemigo. Boco se retiró del campo de batalla con sus fuerzas prácticamente intactas, ya que se había negado a comprometer demasiadas tropas al ver la ferocidad con la que luchaban los romanos.
Luego, Boco se puso en contacto en secreto con Mario para solicitar una reunión, y Mario envió a su subordinado, y futuro dictador de Roma, Lucio Cornelio Sila (hacia los años 80 antes de Cristo) para que se ocupara de los detalles. Sila le dijo a Boco que solo podrían llegar a un acuerdo si entregaba a Jugurta. Por su parte, Jugurta se enteró de que Sila se encontraba en la corte de Boco y exigió a su yerno que le entregara al romano.
Boco invitó a Jugurta a su palacio dándole a entender que iba a recibir a Sila como prisionero, a la vez que le dijo a Sila que Jugurta sería capturado tan pronto como llegara. No parece que nadie supiera de qué lado estaba realmente Boco hasta el momento en que mandó arrestar a Jugurta y se lo entregó a Sila en el año 105 antes de Cristo
Sila se llevó a Jugurta a Roma encadenado, apareció en su triunfo y luego lo encarcelaron en la mazmorra conocida como el Tuliano. Según un relato, lo dejaron allí para que se muriera de hambre, mientras que, según otro, fue ejecutado por estrangulamiento en el año 104 antes de Cristo Por su ayuda en la captura de Jugurta, Boco recibió las tierras de Numidia que su suegro le había prometido por ayudarle a derrotar a Roma.
Jugurta demostró ser uno de los enemigos más peligrosos de Roma, ya que no solo era un hábil líder militar, sino que sabía cómo explotar la gran debilidad de su enemigo: la avaricia. Tras observar de primera mano la actitud permisiva de los romanos hacia el soborno, le sacó el máximo partido, convencido de que todos los implicados en la transacción se beneficiarían. En sus primeros intentos demostró que tenía razón, pero con el tiempo descubrió que el dinero solo te puede sacar de problemas hasta cierto punto.