En la antigua Grecia, los perros se representaron con frecuencia en arte, cerámica, literatura y obras escritas como compañeros leales, guardianes, cazadores e incluso como grandes pensadores intuitivos, lo que refleja la profunda admiración que los griegos sentían por sus perros. De hecho, el aprecio de los griegos por el perro ilustra su amor por la vida y el valor cultural de la lealtad.
Es muy probable que los perros se domesticaran por primera vez en Grecia por la necesidad de protegerse de los lobos, pero con el tiempo la relación se convirtió en una de respeto y amor mutuos. Es posible que el aprecio de los antiguos griegos por el perro estuviera influenciado por el antiguo comercio con Egipto, una civilización famosa por su amor por los animales, aunque también podría haberse desarrollado de forma independiente.
Sin duda, el collar más sencillo para perros se desarrolló de forma autónoma en Grecia, pero los collares posteriores se vieron influenciados, muy probablemente, por los egipcios. El faraón Amasis II (que reinó en 570-526 antes de Cristo) fundó la ciudad de Náucratis hacia el año 570 antes de Cristo, que se convirtió en un importante centro comercial entre Grecia y Egipto. Desde Náucratis, las mercancías comerciales viajaban de un país a otro, junto con la difusión cultural de ideas, tecnología, creencias religiosas y, probablemente, el concepto de collar para perros distinto de una simple cuerda o tira de cuero.
De hecho, el estudioso George G. M. James afirma en su obra Stolen Legacy: The Egyptian Origins of Western Philosophy (Legado robado: los orígenes egipcios de la filosofía occidental) que la filosofía griega presocrática derivó sus creencias y prácticas de Egipto. Del mismo modo, es probable que a través del comercio, el collar para perros llegara desde Náucratis a Atenas y al resto de las ciudades-Estado de Grecia. Sin embargo, independientemente de cómo llegaran los griegos a apreciar a sus amigos caninos y de cómo se desarrollara el collar, los perros se convirtieron en un aspecto fundamental de la vida en la Antigua Grecia y fueron celebrados en el arte y la poesía, además de ser honrados como amigos y familiares a través de imágenes que adornaban las tumbas. Aunque la mayoría de los textos griegos dedicados a los perros se centran en la caza, muchos de los más famosos elogian a estos animales por su inteligencia, ingenio y lealtad.
Desde el Neolítico, se tiene constancia de la presencia de perros en Grecia, pero su primera mención en la literatura griega proviene de la obra de Homero, hacia el año 800 antes de Cristo, en la que describe sacrificios de perros en la Ilíada tras la muerte de Patroclo (Libro 23, versos 198-199) y, en la Odisea, escribe sobre el perro más famoso de toda la literatura griega: Argos, el fiel compañero de Odiseo (Libro 17, versos 290-327). Los dos perros que Aquiles sacrifica por Patroclo son los que este había criado y alimentado en su mesa, y que son enviados con él a su pira funeraria para seguir acompañándole en el inframundo.
Argos esperó el regreso de su amo durante los veinte años que Odiseo permaneció ausente. Cuando finalmente regresa a Ítaca disfrazado y sin revelar su identidad, Argos lo reconoce de inmediato y hace un esfuerzo por levantarse para saludarlo. Sin embargo, Odiseo, conteniendo sus lágrimas, debe apartarse de su viejo amigo para no poner en riesgo su disfraz. Poco después, Argos se tumba y muere. Ambos episodios ilustran de manera emblemática la lealtad de los perros y el profundo afecto que sus amos sentían por ellos.
El perro greco-macedonio más famoso de la historia es Peritas, que perteneció a Alejandro Magno. Se han contado muchas historias sobre cómo Peritas salvó con valentía la vida de Alejandro en la batalla y sobre cómo el gran conquistador bautizó una ciudad con su nombre, pero estas historias se ven cuestionadas por las fuentes antiguas que describen los acontecimientos en la vida de los perros de Alejandro y, por desgracia, no son ni tan dramáticas ni tan nobles.
Según el historiador Plinio el Viejo (23-79 después de Cristo), Alejandro buscaba un perro para luchar contra jabalíes y animales similares en combates, y un rey de Asia le proporcionó uno adecuado. Sin embargo, cuando soltaron al perro en la fosa, este simplemente se tumbó, por lo que Alejandro ordenó que lo mataran por considerarlo defectuoso. El rey asiático, al enterarse de esto, envió un mensaje junto con otro perro en el que indicaba que esta raza en concreto no estaba interesada en un desafío tan insignificante como el de un jabalí y que solo se levantaría para luchar contra leones y elefantes. Alejandro enfrentó a este nuevo perro contra esos animales más grandes, y lo hizo bien. Al darse cuenta de su error, Alejandro se sintió profundamente afligido por haber mandado matar al primer perro y bautizó una ciudad en su honor (Historia Natural, VIII, 149-150).
Esta versión de la historia del perro de Alejandro nunca ha llegado a ser tan popular como la derivada de Vida de Alejandro de Plutarco (el único escritor de la Antigüedad que menciona el nombre del perro). Plutarco (en torno a 45-120 después de Cristo), además, nunca menciona que el perro salvara a su amo en batalla. Sin embargo, al relatar el dolor de Alejandro por la pérdida de su caballo Bucéfalo, escribe:
Se dice además que, cuando perdió también a un perro llamado Peritas, al que él mismo había criado y al que quería mucho, fundó una ciudad y le dio el nombre del perro. (61.3.210)
La historia de que Peritas rescatara a Alejandro de los malianos o derribara al elefante de las fuerzas persas en la batalla de Gaugamela parece ser un embellecimiento de escritores posteriores. Ni siquiera el escritor romano Arriano (en torno a 89 - alrededor de 160 después de Cristo), que incluye en su obra todos los detalles que pudo encontrar sobre la vida de Alejandro y sus campañas, hace mención alguna al heroico perro, a pesar de que sentía un cariño especial por los animales y escribió extensamente sobre ellos.
Los perros aparecen con frecuencia en la mitología griega y uno de los más conocidos es Cerbero, el perro de tres cabezas que custodia las puertas del Hades. Cerbero aparece en varios relatos, pero sobre todo en los Doce Trabajos de Heracles (Hércules para los romanos), cuando el héroe debe someter a la bestia como parte de sus pruebas. La diosa de la caza, Artemisa, se asociaba con siete perros de caza y, al igual que en Egipto, se le ofrecían perros en sacrificio.
Hécate, la misteriosa y siniestra diosa de la brujería, la magia y la oscuridad, estaba estrechamente vinculada a los perros. Hécate era una deidad de tres cabezas y múltiples formas, a veces representada con cabezas de caballo, perro y león. Los seres humanos nunca podían oírla acercarse, pero los perros sí, y ladraban cuando se aproximaba; se creía que un perro que pareciera estar mirando y ladrando a la nada estaba advirtiendo de la llegada de Hécate o de sus espectrales compañeros. Atalanta, la cazadora capaz de plantar cara a cualquier hombre, también se asociaba con los perros, ya que estos formaban parte integral de la caza y simbolizaban la fuerza, la astucia y la resistencia.
Los perros de caza aparecen con frecuencia en las representaciones e inscripciones de la antigua Grecia. No se empleaban en la guerra, sino principalmente como animales de compañía y guardianes. Su valor como compañeros y miembros de la familia quedó patente en la obra de la poetisa Ánite de Tegea (siglo III antes de Cristo), conocida sobre todo por sus epitafios dedicados a los animales y, en particular, a los perros. En su época, Ánite fue comparada con Homero por la belleza de sus versos y recibió una generosa remuneración por su trabajo.
El filósofo griego Platón (428-348 antes de Cristo, el discípulo más conocido de Sócrates) afirmó en su famosa obra La República, Libro II, 376b, que el perro es un verdadero filósofo. El personaje principal de Platón en La República (al igual que en la mayor parte de su obra) es Sócrates, quien afirma que los perros están imbuidos de sabiduría natural porque pueden distinguir al amigo del enemigo basándose en un «criterio de saber y no saber» y, por lo tanto, deben ser amantes de la verdad y poseer un conocimiento superior al de las personas. Sócrates argumenta que mientras un ser humano puede ser engañado en cuanto a quiénes son sus verdaderos amigos, un perro nunca lo es. El perro no se deja engañar por las apariencias, sino que ve el fondo de las personas y la verdad de los acontecimientos, y eso es lo que lo convierte en un auténtico filósofo.
Además, los perros dieron nombre a la escuela filosófica fundada por otro de los discípulos de Sócrates, Antístenes (en torno a 445-365 antes de Cristo), la escuela cínica (del término griego «kynikos», que significa «parecido a un perro»), ya que su austero estilo de vida se asemejaba al de los perros, en el sentido de que rechazaban el lujo y se conformaban con lo que tenían o con lo que se les daba. El discípulo más famoso de Antístenes fue Diógenes de Sinope (en torno a 404-423 antes de Cristo), a quien a menudo se representa en obras de arte posteriores buscando a un hombre honrado a plena luz del día con una linterna. Diógenes abrazó plenamente la visión cínica de la vida al vivir como un perro en las calles de Atenas, sin poseer nada y sobreviviendo gracias a los alimentos que le regalaban sus admiradores o quienes sentían lástima por él.
Los perros eran una presencia habitual en las calles de cualquier ciudad de la Grecia antigua, pero también eran muy apreciados en las fincas rurales como guardianes y cazadores. Jenofonte (430 - en torno a 354 antes de Cristo), otro discípulo de Sócrates que fue autor, general y mercenario, escribió extensamente sobre los perros hacia el año 360 antes de Cristo y, entre sus numerosos consejos, sugiere que los dueños deberían optar por nombres cortos, de no más de una o dos sílabas:
Deben dárseles nombres cortos, que sean fáciles de pronunciar al llamarlos. Los siguientes pueden servir de ejemplo: Psique, Valor, Broquel, Espita, Lanza, Lebrel, Vigía, Guardián, Brigada, Esgrimidor, Carnicero, Llamarada, Proeza, Artesano, Guardabosques, Consejero, Saqueador, Veloz, Furia, Gruñón, Motín, Florido, Roma, Flor, Hebe, Alegre, Gacela, Brillo, Mucho, Fuerza, Soldado, Ajetreo, Borbotón, Paloma Bravía, Testarudo, Aullido, Asesino, Confusión, Forzudo, Cielo, Rayo de Sol, Punzón, Triste, Gnomo, Rastros y Presto. (Cinegético, VII)
Entre las razas más populares de la antigua Grecia se encontraba el alopekis («pequeño zorro»), que aparece representado en un jarrón de cerámica que data aproximadamente del año 3000 antes de Cristo Probablemente también se trata del perro que figura en la famosa estela funeraria de una joven llamada Melisto, del siglo IV antes de Cristo (aunque el perro también se ha identificado como un melitano, el actual maltés). La estela muestra a la niña sosteniendo una muñeca en una mano y un pájaro en la otra, que parece ofrecer con una suave sonrisa al perrito que salta para saludarla.
Sin embargo, la estela funeraria de Melisto no es el único ejemplo en el que se representa a la difunta con su perro de compañía favorito, ya que esta práctica era bastante habitual. Otra estela funeraria muestra a una niña jugando con su perro y otra representa a un niño jugando a lanzarle la pelota al suyo. La estela de Melisto muestra con bastante claridad al alopekis, mientras que las demás muestran perros pequeños cuya raza es menos evidente.
Los alopekis, que siguen siendo populares hoy en día en Grecia, son perros pequeños de color blanco que se utilizaban para el control de alimañas y como compañeros de mujeres y niños. El melitano era otra raza muy apreciada que a menudo se elegía como motivo decorativo en vasijas de cerámica para beber (sobre todo en el tipo chous). Según Jenofonte, los perros más populares para la caza eran los sabuesos laconios (espartanos) de dos tipos: el castoriano y el vulpino. Estos perros, según él, debían ser de un color distintivo, ya fuera de color canela con manchas blancas o negros con manchas de color canela, para que se considerara que merecían el tiempo y el esfuerzo dedicados a su adiestramiento. En la época en que escribió ya se utilizaban correas, ya que menciona que soltaba a estos sabuesos de ellas para que persiguieran a la liebre, pero se desconoce qué forma tenían.
Los perros de caza eran importantes tanto para la clase alta como para la baja, pero igual de importantes eran los perros de granja que protegían los rebaños y los hogares de los lobos. Esta amenaza de ataques de lobos llevó al desarrollo de un diseño de collar exclusivamente griego que nunca se había visto antes: el collar de púas para perros. Es casi seguro que los pequeños alopekis y los sabuesos laconios no llevaban este collar, pero los perros de granja lo llevaban sin duda alguna.
Se daba por sentado que los perros de granja debían ser blancos o de color claro para que su dueño pudiera distinguirlos fácilmente de los lobos por la noche. La raza más popular como perro de guardia o de granja era el moloso de Epiro. Los molosos, antepasados del mastín moderno, el san bernardo y otras razas de gran tamaño, podían defenderse de un lobo con bastante facilidad, pero necesitaban protección para el cuello. Sin embargo, un collar normal habría sido ineficaz frente a las mandíbulas de un lobo, por lo que se desarrolló el collar con púas.
El collar griego para el perro de granja estaba hecho de metal o cuero. Los collares de metal consistían en una especie de eslabones de cadena con púas, mientras que en los de cuero las púas se clavaban a través de la banda de cuero y se fijaban, mediante remaches, por la parte trasera. No está claro cómo se adornaban los collares de perro en la antigua Grecia, pero, a juzgar por pinturas, estelas funerarias y copas, da la impresión de que podían ser pequeñas obras de arte en sí mismas.
El ritón, un recipiente ceremonial para beber solía presentar cabezas de perro en su base, de la que se elevaba la copa cónica. Estos ritones representan a los perros (a menudo sabuesos) con un collar de colores vivos adornado con imágenes de la vida del dueño o de obras mitológicas. Otros collares de cuero, representados en el arte, son más estrechos y probablemente los utilizaban las clases más bajas (aunque no de forma estricta, por supuesto). La metalurgia en Grecia en esta época (hacia el 2500-2000 antes de Cristo) había avanzado hasta el punto de que se podían fijar aros de hierro al collar a los que se pudiera sujetar una correa; en el caso del collar de púas, que anteriormente quizá se sujetaba con tiras de cuero, se utilizaban broches metálicos para sujetarlo alrededor del cuello del perro.
El collar metálico con púas no solo servía para proteger a los perros guardianes en la granja, también los protegía del acoso de los lobos. La caza de lobos era tanto un deporte como un medio legítimo de caza para reducir la población de lobos. A un perro se le colocaba un collar de púas metálico y se le soltaba en una zona frecuentada por lobos. Cuando un lobo mordía el anzuelo, se abalanzaba sobre la garganta del perro, se hería con el collar y, desprevenido, era capturado por los cazadores que lo esperaban. A los cachorros de las granjas se les adiestraba utilizando collares de cuero con tachuelas de metal romo y, al alcanzar la edad adecuada, se les pasaba a los collares de púas metálicas afiladas.
A un público moderno le puede parecer que estos perros eran maltratados, pero en realidad se les cuidaba bien. Los griegos sentían un profundo afecto por sus perros y la medicina veterinaria ya estaba bien establecida para la época de Hipócrates (en torno a 460 - alrededor de 379 antes de Cristo). La obra griega definitiva sobre medicina veterinaria fue escrita por Vegecio (hacia finales del siglo IV o principios del V después de Cristo) y está claro que la gente recurría a los servicios de los veterinarios.
También es evidente que la gente jugaba con sus perros y disfrutaba de su compañía tanto como lo hacen los amantes de los perros en la actualidad. Arriano escribe que se debe animar al perro con elogios tan a menudo como sea posible:
acariciarlo con la mano y elogiarlo, besándole la cabeza y acariciándole las orejas, y llamándolo por su nombre: «¡Bien hecho, Cirras!» – «¡Bien hecho, Bonnas!» – «¡Bravo, mi Horme!» – llamando a cada sabueso por su nombre; pues, al igual que los hombres de espíritu generoso, les encanta que los elogien; y el perro, si no está del todo agotado, se acercará con alegría para que lo acaricies. (Cinegético, XVIII.1-5)
Los consejos de la antigua Grecia sobre el adiestramiento y el cuidado de un perro le resultan familiares, en su mayor parte, a cualquier dueño de perro en la era moderna y, al igual que a la gente de hoy le gusta comprarles regalos y collares impresionantes a sus perros, también lo hacían los griegos. Los collares de la clase alta estaban hechos de plata y latón, posiblemente con un grabado (al igual que los collares de cuero) del nombre del perro, el del dueño o ambos. En esto, como en muchos otros aspectos, los antiguos griegos mostraban su aprecio y admiración por el perro y, tal y como se representa en el arte y la literatura griegos, el perro les devolvía ese afecto plenamente.