Los Perros de Nimrud, cinco figurillas caninas de arcilla encontradas en la antigua ciudad mesopotámica de Nimrud, fueron solo algunos de los muchos hallazgos sorprendentes realizados en la región durante el siglo XX. Durante el siglo XIX, se enviaron expediciones a Oriente Próximo con el propósito de corroborar los relatos bíblicos mediante evidencias físicas, pero terminaron haciendo precisamente lo contrario; y las expediciones posteriores del siglo XX hicieron lo mismo. Los Perros de Nimrud fueron descubiertos por el arqueólogo Max Mallowan durante la campaña de 1951-1952 y se encuentran entre los artefactos más interesantes y, a menudo, más ignorados que se conservan actualmente en los museos. Las figurillas datan de los siglos VIII-VII antes de Cristo, durante la época del Imperio neoasirio y, al igual que otros artefactos de ese período, quedaron preservadas tras la caída del imperio.
El Imperio neoasirio cayó en el año 612 antes de Cristo ante las fuerzas invasoras de babilonios, persas, medos y escitas. El imperio se había expandido en todas direcciones desde el reinado de Adad Nirari II (en torno a 912-891 antes de Cristo) y se hizo cada vez más poderoso bajo grandes reyes como Tiglat-Pileser III (745-727 antes de Cristo), Salmanasar V (727-722 antes de Cristo), Sargón II (722-705 antes de Cristo), Senaquerib (705-681 antes de Cristo) y Asarhaddón (681-669 antes de Cristo), hasta que, para el reinado de Asurbanipal (668-627 antes de Cristo), había crecido demasiado como para poder administrarlo eficazmente.
Asurbanipal fue el último de los reyes neoasirios que poseyó el poder y la habilidad necesarios para gobernar personalmente un imperio de semejante magnitud y, después de su muerte, los estados vasallos reconocieron su oportunidad para liberarse. Las numerosas regiones que habían estado sometidas a un férreo control asirio aprovecharon la debilidad de un imperio que comenzaba a fragmentarse y, unidas, marcharon para destruirlo. Todas las grandes ciudades asirias, muchas de las cuales habían perdurado durante milenios, fueron saqueadas y sus tesoros trasladados, destruidos o abandonados en los distintos lugares. Los asirios habían mantenido la región bajo un control tan estricto que, una vez que este se debilitó, los antiguos estados sometidos no mostraron ninguna moderación a la hora de desahogar sus frustraciones y buscar venganza por las injusticias del pasado. Grandes ciudades como Nínive, Kalhu y Assur fueron saqueadas; Nínive quedó tan completamente destruida que las generaciones posteriores ni siquiera pudieron determinar dónde había estado.
En Kalhu, sede de una de las antiguas capitales del imperio, las arenas de Mesopotamia fueron cubriendo gradualmente las ruinas, y la ciudad probablemente habría caído en el olvido de no ser por las destacadas menciones de ciudades mesopotámicas como Babilonia y Nínive en la Biblia. En el siglo XIX, exploradores europeos, en busca de pruebas históricas que respaldaran los relatos bíblicos, se adentraron en Mesopotamia y sacaron a la luz estas ciudades perdidas. Entre ellos se encontraba Austen Henry Layard (1817-1894), quien fue el primero en excavar Kalhu de manera sistemática, ciudad que posteriormente sería conocida como Nimrud.
Layard y los demás fueron financiados por organizaciones y museos europeos que esperaban que sus esfuerzos permitieran descubrir pruebas físicas que demostraran la veracidad histórica de la Biblia, concretamente de los libros del Antiguo Testamento. Sin embargo, estas expediciones tuvieron un efecto completamente distinto del que se pretendía. Antes de mediados del siglo XIX, se consideraba que la Biblia era el libro más antiguo del mundo y que sus relatos eran obras originales; los arqueólogos descubrieron que, contrariamente a esta creencia, Mesopotamia había creado relatos sobre el Gran Diluvio y la Caída del Hombre siglos antes de que se escribiera cualquiera de los libros bíblicos.
Estos descubrimientos aumentaron el interés de los europeos por la región, por lo que se enviaron más arqueólogos y eruditos a Mesopotamia. Cuando Layard comenzó su trabajo en Kalhu, ni siquiera sabía qué ciudad estaba excavando. Creía haber descubierto Nínive y, de hecho, publicó en 1849 su exitoso libro sobre la excavación, Nineveh and its Remains (Nínive y sus ruinas), aún convencido de que sus conclusiones eran correctas. Su libro fue tan popular y los artefactos que había descubierto resultaron tan fascinantes que rápidamente se financiaron nuevas expediciones a la región. Los trabajos posteriores establecieron que las ruinas descubiertas por Layard no eran las de Nínive, sino las de Kalhu, que los eruditos de la época identificaron con la ciudad bíblica de Nimrud, nombre por el que el yacimiento se conoce desde entonces.
William K. Loftus (1820-1858), quien descubrió los famosos marfiles de Nimrud (también conocidos como marfiles de Loftus), continuó el trabajo de Layard. Estas increíbles obras de arte habían sido arrojadas a un pozo por las fuerzas invasoras y se conservaron perfectamente gracias al barro y la tierra que las cubrieron. La historiadora y conservadora Joan Lines, del Museo Metropolitano de Arte, describe estas piezas:
Los objetos más llamativos de Nimrud son los marfiles: cabezas exquisitamente talladas que en su día debieron adornar el mobiliario de los palacios reales; cajas con incrustaciones de oro y decoradas con procesiones de pequeñas figuras; placas ornamentales; y pequeños animales delicadamente tallados. (234)
El descubrimiento de los marfiles hizo pensar que podía haber hallazgos aún más importantes enterrados en los antiguos pozos, criptas y edificios en ruinas de las ciudades, por lo que se financiaron nuevas expediciones a Mesopotamia. A lo largo del resto del siglo XIX y durante el siglo XX, arqueólogos de todo el mundo trabajaron en los yacimientos de la región, sacando a la luz las antiguas ciudades y recuperando artefactos de entre las arenas.
En 1951-1952, el arqueólogo Max Mallowan (1904-1978), marido de la escritora de novelas de misterio Agatha Christie, llegó a Nimrud y descubrió aún más marfiles de los que había encontrado Loftus. De hecho, los descubrimientos de Mallowan se encuentran entre los más reconocibles en exposiciones y fotografías de museos. Los marfiles se citan, naturalmente, como el mayor hallazgo de Mallowan en Nimrud, pero existe otro descubrimiento menos conocido que tiene una importancia equivalente: los Perros de Nimrud.
Los perros ocupaban un lugar destacado en la vida cotidiana de los mesopotámicos. El historiador Wolfram von Soden señala este hecho al escribir:
El perro (nombre sumerio, ur-gi; nombre semítico, kalbu) fue uno de los primeros animales domesticados y servía principalmente para proteger los rebaños y las viviendas contra los enemigos. A pesar de que los perros vagaban libremente por las ciudades, en el antiguo Oriente el perro estuvo, por lo general, vinculado en todo momento a un único amo, quien se encargaba de cuidarlo. (91)
Los perros se tenían como animales de compañía, pero también como protectores, y a menudo se los representaba junto a divinidades. Inanna (más tarde Ishtar), una de las diosas más populares de la historia de Mesopotamia, se representaba con frecuencia junto a sus perros, y Gula, diosa de la curación, estaba estrechamente asociada con ellos debido al efecto curativo que se atribuía a su saliva. La gente observaba que, cuando un perro resultaba herido, se lamía para curarse; la saliva del perro se consideraba una sustancia medicinal importante y al perro, un regalo de los dioses. De hecho, el perro se convirtió en un símbolo de Gula desde el período babilónico antiguo (aproximadamente 1894-1595 antes de Cristo) en adelante.
Sin embargo, el perro como protector era tan importante como su función de sanador. Durante el reinado de Hammurabi (1792-1750 antes de Cristo), se moldeaban habitualmente figurillas de perros en arcilla o bronce y se colocaban bajo los umbrales como entidades protectoras. El erudito E. A. Wallis Budge, al escribir sobre los descubrimientos realizados en la ciudad de Kish, señala:
En una de las habitaciones se encontraron dos figuras de arcilla de Papsukhal, mensajero de los dioses, y tres figuras de perros. En dos de los perros estaban inscritos sus nombres, a saber: «Mordedor de su enemigo» y «Consumidor de su vida». (209)
Después de una ceremonia en la que se «despertaba» su espíritu, estos perros se colocaban en los edificios para protegerlos de las fuerzas sobrenaturales. Joan Lines explica con mayor detalle la función de estas figuras:
Estas figurillas, hechas de arcilla o bronce, eran símbolos de Gula-Ninkarrak, diosa de la curación y protectora de los hogares. Se enterraban bajo el suelo, generalmente bajo el umbral de la puerta, para ahuyentar a los espíritus malignos y los demonios, y durante la ceremonia se recitaba un conjuro llamado “Perros feroces”. Muchas de las efigies de perros llevaban sus nombres inscritos». (242-243)
Estas estatuillas de perros son importantes para comprender el concepto mesopotámico de la magia y la protección mágica. Los mesopotámicos creían que los seres humanos colaboraban con los dioses para mantener el orden frente a las fuerzas del caos. Se encargaban de las tareas para las que los dioses no tenían tiempo. A cambio, los dioses les proporcionaban todo lo que necesitaban para vivir.
Sin embargo, había muchos dioses en el panteón mesopotámico y, aunque una persona pudiera desearle a otra solo lo mejor, otra divinidad podía haberse ofendido por sus pensamientos o acciones. Además, había que tener en cuenta a los fantasmas, los espíritus malignos y los demonios. Por ello, los mesopotámicos desarrollaron amuletos, talismanes, hechizos y rituales de protección, y entre estos se encontraban las estatuillas de perros.
Los mesopotámicos creían que sus acciones, por pequeñas que fueran, eran reconocidas por los dioses y que estos las recompensaban o castigaban, y que lo que hacían en la tierra tenía importancia en el cielo. La creación de las estatuillas de perros se basaba en el poder protector del espíritu del perro como entidad eterna y poderosa y, mediante los rituales observados durante su creación, las figuras quedaban investidas de ese poder. La erudita Carolyn Nakamura comenta al respecto:
Mediante esta producción de figurillas, los rituales apotropaicosneoasirios trazan relaciones complejas e incluso desconcertantes entre los seres humanos, las divinidades y diversos seres sobrenaturales en el espacio y el tiempo. La creación de poderosos seres sobrenaturales en figurillas de arcilla imita la creación divina de los seres a partir de la arcilla primordial. (33)
Así como los dioses habían creado a la humanidad, ahora los seres humanos podían crear a sus propios ayudantes. Una vez creados, los perros desempeñaban su importante función protectora junto con otros objetos mágicos. En Nimrud, Mallowan descubrió cajas mágicas en las habitaciones de las casas que también servían para proteger a sus habitantes. Las cajas se colocaban en las cuatro esquinas de una habitación y, a menudo, en los cuatro puntos donde habría estado situada una cama, y estaban talladas con amuletos destinados a proteger contra los espíritus malignos y los demonios. Los perros, enterrados bajo las entradas de las viviendas, constituían la primera línea de defensa frente a los peligros sobrenaturales, mientras que las cajas amuléticas del interior de la casa proporcionaban un grado adicional de tranquilidad y seguridad.
Los rituales relacionados con las figurillas de perros quedan ejemplificados por el lugar donde Layard descubrió un conjunto de cinco de estas figuras en Nínive en el siglo XIX. Todas ellas fueron encontradas bajo el umbral de una puerta del Palacio Norte, lo que concuerda con la práctica descrita anteriormente. Para garantizar la máxima protección, se recomendaba enterrar dos conjuntos de cinco figuras de este tipo, uno a cada lado de una puerta o debajo del umbral.
En Nimrud, Mallowan encontró las estatuillas de perros en un pozo situado en una esquina de una de las habitaciones del Palacio Noroeste. La investigadora Ruth A. Horry describe el hallazgo:
El equipo de Mallowan se topó con un pozo profundo, que estaba lleno de lodo, en la esquina de la Sala NN, cuya consistencia Mallowan describió como «de yeso de París». No había bombas eléctricas disponibles para vaciar el pozo, por lo que los trabajadores tuvieron que extraer el agua y el lodo a mano, ayudados únicamente por el equipo de cabrestantes de gran potencia que habían tomado prestado de la Iraq Petroleum Company.
Era un trabajo difícil y peligroso, ya que el fondo del pozo volvía a llenarse de agua una y otra vez. Sin embargo, el lodo había proporcionado unas condiciones ideales para conservar materiales que, de otro modo, se habrían descompuesto, como fragmentos de cuerda asiria y elementos de madera del pozo que habían caído accidentalmente en su interior. (1-2)
Entre estos otros objetos se encontraban aquellos que habían sido arrojados deliberadamente al pozo durante el saqueo de la ciudad, entre los cuales estaban los marfiles y las estatuillas de perros. Mallowan interpretó estas piezas como objetos desechados durante la destrucción de Nimrud, en lugar de considerar que simplemente habían sido arrojadas al pozo por sus propietarios, basándose en la presencia de otros objetos encontrados junto a ellas, como arreos de caballo de origen extranjero.
Cinco de las figuras de perros eran claramente caninas y algunas llevaban sus nombres inscritos en ellas (al igual que las encontradas en Nínive), pero la sexta no tenía nombre y, además, se parecía más a un gato. Sin embargo, el gato nunca fue considerado una entidad protectora en Mesopotamia, y no existen representaciones de gatos en forma de amuletos o estatuillas. Horry escribe:
Los presagios los presentan como animales salvajes o, en el mejor de los casos, como animales indomables, que entraban y salían de las casas a su antojo. Los seres humanos y los gatos vivían unos en torno a otros, pero no interactuaban directamente. En otras palabras, los habitantes de Kalhu, incluso el rey en su palacio, no podían confiar en los gatos para proteger un edificio, ya fuera de los ratones o de fuerzas sobrenaturales.
(2-3)
Mallowan tuvo dificultades para interpretar la pieza por esta razón: aunque parecía un gato, no existía ningún precedente de figuras de gatos ni de gatos representados en absoluto en imágenes de carácter amulético. En sus informes iniciales, menciona el descubrimiento de cinco figurillas de perros y de otra que era «de carácter felino» (Horry, 5). Sin embargo, el conjunto de evidencias apuntaba en contra de interpretar la figura como un gato, y posteriormente Mallowan parece haber creído que se trataba de un perro con una «apariencia felina» (Horry, 5).
Mallowan entregó sus hallazgos a las autoridades iraquíes y, de acuerdo con lo estipulado en su contrato, algunas piezas fueron destinadas al Museo Iraquí y otras a distintas instituciones. La figura del «gato» fue reinterpretada por los investigadores británicos de Cambridge como un gato y permaneció considerada como tal hasta 2013, cuando las figurillas fueron estudiadas en conjunto y se reconoció que la figura felina era, en realidad, otro perro.
Las figuras de perros halladas en Nínive se encuentran actualmente en el Museo Británico, mientras que los Perros de Nimrud pueden encontrarse en museos de Bagdad, Irak; Cambridge, Inglaterra; Nueva York, Estados Unidos; y Melbourne, Australia. Las figuras procedentes del Museo Iraquí quedaron intactas durante el saqueo de 2003 y continúan formando parte de su colección permanente. Los visitantes de estos museos se maravillan, con toda razón, ante piezas del arte mesopotámico como los famosos Marfiles de Nimrud, pero a menudo pasan por alto las figurillas de perros. Incluso en aquellas exposiciones en las que se relata su historia, la atención se centra principalmente en su descubrimiento, con apenas una breve mención a lo que significaban para las personas que las crearon.
A menudo parece que los visitantes interpretan los pequeños perros como representaciones de mascotas de la Antigüedad. Sin embargo, las estatuillas de perros no representaban animales de compañía, sino la protección divina. Fueron creadas para mantener a salvo a las personas que uno quería proteger. Hace siglos, las personas elaboraban estas figuras de perros, les daban vida mediante rituales y las enterraban bajo el umbral de sus puertas para alcanzar la tranquilidad.
Del mismo modo, una persona hoy en día podría instalar un sistema de seguridad en su hogar, asegurarse de que las puertas y las cerraduras sean seguras e incluso colocar cerca de la puerta un símbolo religioso o un talismán de carácter totémico. Los Perros de Nimrud son piezas arqueológicas significativas porque poseen un carácter muy personal.
Nakamura reflexiona sobre su creación y uso, señalando cómo «un lenguaje de protección surge mediante la materialización de la memoria» (33). En el pasado, esta «materialización de la memoria» tenía que ver con el despertar del espíritu del perro en la figurilla. Hoy, sin embargo, los Perros de Nimrud evocan el espíritu del pasado y la memoria de quienes crearon estas figuras para protegerse a sí mismos y a sus seres queridos de cualquier daño.