El Reparto de África describe la competición entre las potencias imperiales europeas por hacerse con el control en África, primero del comercio y después del territorio durante las dos últimas décadas del siglo XIX. Los recursos del continente, tales como el marfil, el oro o el aceite de palma, además del control de las rutas comerciales y el prestigio que brindaba poseer un imperio mundial eran algunos de los motivos por los que Europa se interesó por África. Otras motivaciones fueron el deseo de difundir el cristianismo y lo que los europeos denominaban «civilización». Las potencias dominantes en esta carrera fueron Gran Bretaña, Francia, Alemania, Bélgica, Portugal e Italia.

El resultado del Reparto de África sería un continente dividido con regla sobre el mapa, pero con una realidad física marcada por divisiones perjudiciales entre los pueblos locales y las redes comerciales tradicionales. Los europeos explotarían los recursos naturales y a los pueblos indígenas sin piedad con fines lucrativos. Para principios del siglo XX, tan solo dos Estados africanos estaban libres de cualquier tipo de control europeo.

El aceite de palma, el marfil, el caucho, los cacahuetes y el oro no eran más que algunos de los recursos africanos que codiciaban los Estados europeos. Durante mucho tiempo, África había sido una fuente de esclavos, pero para la segunda mitad del siglo XIX este comercio en concreto se estaba sustituyendo por otros. Los diamantes se sumaron a la lista de riquezas tras su descubrimiento en Kimberly, en el sur de África, en 1867. En 1886 se descubrirían en Witwatersrand, también en el sur de África, enormes yacimientos de oro que cambiarían el mundo. Los descubrimientos de oro y diamantes animaron a otros buscadores y colonos a probar suerte por toda África con la esperanza de encontrar un tesoro similar, pero que, en la mayoría de los casos, acabaron decepcionados.

El acceso a los recursos naturales de África y a sus pueblos como fuente de esclavos se había restringido tradicionalmente a las zonas costeras y a los intermediarios africanos que comerciaban con el interior. Esto cambió con los avances en medicina, como la quinina, que prevenía algunas de las enfermedades africanas que afectaban gravemente a los europeos. Un segundo avance que abrió el interior de África fue el descubrimiento y la cartografía de vías fluviales útiles, como los ríos Congo, Zambeze y Níger. La larga y agotadora búsqueda del nacimiento del Nilo, que finalmente en la década de 1860 se confirmó que era el lago Victoria, supuso otra ventaja para los comerciantes, los misioneros y los futuros colonos. Ahora los barcos de vapor podían transportar mercancías mucho más rápido y de forma mucho más rentable hasta la costa, desde donde podían enviarse a otros continentes. Estos avances también significaron la apertura de nuevos mercados para los comerciantes, donde podían vender mercancías importadas a África, normalmente procedentes de otros rincones de los imperios europeos.

Todos estos avances llegaron en el momento justo para muchas economías europeas, tal y como explica La enciclopedia histórica de Cambridge:

La «Gran Depresión» de la economía capitalista internacional durante las tres últimas décadas del siglo XIX provocó inestabilidad en los precios y los beneficios; los comerciantes que operaban en África advirtieron a sus Gobiernos de que su prosperidad futura podría depender del desarrollo de nuevos mercados africanos para las exportaciones y la inversión.
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A medida que se intensificaba la competencia entre las potencias europeas por hacerse con los recursos de África y controlar sus grandes ríos, estas reconocieron la necesidad de establecer ciertas normas de conquista para evitar que los imperios se pisaran los talones y provocaran una guerra entre ellos que pudiera extenderse al continente europeo. Esto era especialmente cierto en el caso de los tres principales rivales: Gran Bretaña, Francia y Alemania. El resultado de esta preocupación fue la Conferencia de Berlín de 1884-1885. Para los principales delegados resultaba de especial interés la cuestión de quién controlaría África Central y los ríos más grandes del continente. Se pueden apreciar las actitudes de la época en el hecho de que no se invitara a Berlín a ningún representante de los Estados africanos.

Aunque en realidad no dividió el continente, la conferencia proporcionó un marco mediante el cual las potencias europeas se prodían repartir varias áreas de control en África, por lo que en general se considera el inicio de una aceleración clara de la carrera por dividirse el continente que, estrictamente hablando, ya estaba en marcha. Lo que hicieron los acuerdos de Berlín, además de indicar que los principales ríos debían ser accesibles para todos, fue establecer que «las reivindicaciones de un Gobierno europeo sobre una región concreta solo se reconocerían si la potencia europea en cuestión ya ejercía un control efectivo sobre dicha región» (Reid, 153). Esta definición no dejaba nada claros los derechos coloniales tal y como los entendían las potencias imperialistas. Además el significado de términos como «ocupación» o «control efectivo» estuvo muy discutido.

En la práctica, lo único que supuso la redacción ambigua y el carácter informal de los acuerdos alcanzados en Berlín, según los cuales toda África estaba disponible, era que a partir de entonces las potencias imperialistas tendrían la obligación de tener una presencia efectiva en las zonas de África que querían, en vez de limitarse a señalarlas con el dedo en un mapa y decir: «esta parte es mía». Esta consecuencia encierra cierta ironía, ya que los líderes que se reunieron en Berlín esperaban simplemente controlar la actividad colonial de la época en África, poner en tela de juicio unas reivindicaciones históricas bastante imprecisas (en particular las de Portugal) y limitar la actividad futura al comercio. Sin embargo, tal y como acabó demostrando el tiempo, solo habían logrado acelerar, ampliar y profundizar el proceso de adquisición territorial. Las potencias europeas estaban ahora más que dispuestas a demostrar una «ocupación efectiva» por cualquier medio necesario y, en algunos casos, estaban dispuestas a quedarse con una porción del continente simplemente para impedir que uno de sus rivales europeos se hiciera con él. Cuando las reivindicaciones estaban claras, las potencias europeas firmaban tratados en los que a menudo reconocían sus respectivas reivindicaciones, en una especie de acuerdo que básicamente decía «tú te quedas con esa porción y nosotros con esta».

La colonización adoptó inicialmente la forma de puestos comerciales (también conocidos como «fábricas»), que controlaban o incluso monopolizaban el comercio regional de determinados bienes, especialmente cuando dichos puestos eran propiedad de una única empresa comercial privada. Al mismo tiempo, con mucha frecuencia los misioneros establecían misiones, hospitales y escuelas cuando los jefes locales se lo permitían. Cuando quedaba claro que una región contaba con recursos lucrativos, los Gobiernos europeos comenzaban a mostrar un interés más directo, financiando proyectos como carreteras, puentes, ferrocarriles y sistemas telegráficos para facilitar el comercio y el control.

Una consecuencia de la inversión estatal era, a menudo, la necesidad de proteger militarmente dichos activos, por lo que se enviaron ejércitos a África y se formaron milicias locales y fuerzas policiales. En ocasiones estallaban guerras cuando las poblaciones locales se oponían a esta apropiación de tierras y recursos, pero pocas naciones africanas podían competir con las armas europeas modernas, tales como los fusiles, las ametralladoras y la artillería. La robustez de las economías europeas suponía que estas se podían permitir librar guerras poco rentables para asegurarse futuras ganancias provenientes de los recursos. Los dos actores más poderosos en este escenario, Gran Bretaña y Francia, también contaban con grandes flotas navales con las que podían reabastecer y apoyar a sus ejércitos terrestres.

A medida que crecían las comunidades de colonos europeos, también se fueron desarrollando las instituciones políticas locales que, por lo general, excluían a los africanos. Finalmente, un Gobierno europeo podía otorgarle a una región el estatus de colonia o, si se trataba de una región codiciada o que tenía un valor estratégico importante para otras potencias europeas, entonces le concedía el estatus de protectorado, menos restrictivo. Un ejemplo de ello es Egipto, con su control del canal de Suez).

Las potencias africanas no se mantuvieron del todo pasivas en el Reparto de África, ya que muchos gobernantes locales habían estado, y lo seguirían estando, más que dispuestos a favorecer a una potencia imperialista con el fin de mantener a otra fuera, o a utilizar las conexiones militares y comerciales extranjeras para reforzar sus propias posiciones de poder frente a sus rivales locales. Aquellos líderes que decidieron luchar abiertamente contra los colonizadores europeos, tarde o temprano acabaron perdiendo su Estado o viendo cómo lo absorbía colonia. No obstante, en ocasiones estallaban rebeliones contra el dominio colonial, como por ejemplo la guerra mahdista en Sudán y la revuelta del Mau Mau en Kenia. Los activistas clandestinos continuaron trabajando y reclutando para que, algún día, pudieran formarse movimientos populares capaces de sustituir a los gobiernos coloniales.

En la carrera por el Reparto de África, las colonias se crearon teniendo en cuenta exclusivamente los intereses europeos. Una consecuencia de esta actitud fue la creación de fronteras rectilíneas que, muy a menudo, ignoraban por completo no solo las dificultades de la geografía local, sino también los derechos territoriales tradicionales de los pueblos indígenas, las lenguas comunes y las culturas profundamente arraigadas. Otras consecuencias fueron un fuerte impacto medioambiental, como la deforestación, y la erradicación en algunas zonas de determinados animales, como los elefantes, que morían por millares cada año por sus colmillos de marfil.

Los líderes, comerciantes y colonos europeos se convencían muy a menudo a sí mismos de que la colonización de África no se reducía únicamente al dinero. Esgrimían diversas motivaciones; algunas se las creían sinceramente, mientras que otras no eran más que una fachada para enmascarar una explotación sin escrúpulos. Entre las motivaciones utilizadas se contaban difundir la religión para salvar almas, erradicar el comercio de esclavos, realizar descubrimientos científicos (especialmente en los campos de la geografía, la biología y la antropología) que beneficiaran a la humanidad, erradicar las enfermedades que asolaban las vidas de los africanos y compartir los beneficios de la Revolución Industrial.

Las delegaciones presentes en la Conferencia de Berlín habían prestado cierta atención al bienestar de los africanos, prometiendo preservar las tribus nativas y mejorar sus condiciones de vida y su bienestar material. En gran medida no eran más que promesas vacías, pero sí ofrecen cierta explicación de por qué los líderes europeos consideraban que tenían todo el derecho a intervenir en África sin consultar a los africanos, una actitud difícil de comprender hoy en día. Los estadistas creían que sus economías industrializadas les otorgaban el poder y, por lo tanto, el derecho a intervenir. Esto se consideraba y explicaba como una especie de darwinismo social, según el cual las naciones más «evolucionadas» tenían derecho a interferir en las naciones «atrasadas». Además, muchos europeos también sentían una superioridad moral y la obligación de actuar, ya que se percibían a sí mismos como agentes superiores capaces de (por usar sus propias palabras) «mejorar» y «civilizar» a los pueblos africanos que consideraban «primitivos» y «salvajes».

Como señala la historiadora M. E. Chamberlain, una opinión muy extendida entre la población europea del siglo XIX, bastante ajena a nuestra visión moderna, era la siguiente:

Era a la vez correcto e inevitable que los más avanzados conquistaran y gobernaran a los menos avanzados. Al fin y al cabo, redundaría en beneficio de ambos. Pero, sobre todo, era ineludible… esta les proporcionaba tanto la reconfortante seguridad de que estaban en el bando ganador como una especie de absolución por cualquier acto dudoso que pudieran cometer al cumplir un destino inevitable y, en última instancia, benevolente.
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La actitud europea y su vocabulario racista se verían reforzados y repetidos por historiadores y estudiosos europeos de la época, que consideraban erróneamente que la larga historia de África carecía por completo de cualquier elemento digno de mención, y por instituciones y líderes religiosos convencidos de que su deber era difundir el mensaje del cristianismo y barrer de la faz de la tierra las religiones y culturas indígenas rivales. Todas estas actitudes quedan resumidas en los ideales de lo que popularmente se denominaban las «3 Ces» del imperialismo: Comercio, Cristianismo, Civilización. Estas actitudes también estaban muy extendidas en todas las naciones europeas entre personas de todas las clases sociales, ya que el propósito, los beneficios y el orgullo del imperio se ensalzaban en la literatura (incluida la infantil), el teatro, la música, la publicidad y el material educativo.

Al final del Reparto de África, las principales potencias europeas controlaban las siguientes colonias y protectorados importantes:

Después de todo esto, a principios del siglo XX tan solo Liberia y Abisinia (Etiopía) seguían siendo Estados independientes en África. En apenas un par de décadas, más de 100 millones de africanos se vieron sometidos al dominio europeo. Posteriormente, a medida que las potencias europeas se enfrentaban a los retos de dos guerras mundiales en el siglo XX y los movimientos nacionalistas africanos comenzaban a ganar fuerza, se desató la lucha por conservar las colonias. Poco a poco, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, los Estados africanos fueron recuperando su independencia. Mientras África intentaba recuperarse de décadas de explotación desenfrenada y superar los problemas causados por fronteras caprichosas que habían establecido fronteras artificiales entre comunidades, la gente común volvió a sufrir y sigue sufriendo hoy en día agitaciones sociales, económicas y políticas, que con demasiada frecuencia han dado lugar a guerras civiles, dictaduras y crisis humanitarias.