El fuego de San Antonio (FSA) es una enfermedad causada por la ingestión de centeno contaminado con el hongo ergot o cornezuelo, cuyas toxinas causan un envenenamiento denominado ergotismo. El nombre común de la enfermedad procede de los monjes benedictinos medievales que, bajo la advocación de San Antonio ofrecían tratamientos a los que sufrían la enfermedad, a veces usando reliquias del santo. La palabra «fuego» se refiere a la sensación de quemazón que los enfermos sentían con frecuencia en las extremidades del cuerpo. Aunque menos conocido que la plaga de la peste negra, el FSA ocurrió constantemente a lo largo de la Edad Media. No hay datos sobre el número de enfermos que podrían haber muerto de FSA, aunque solo en un brote en Francia, en el año 994 después de Cristo, murieron entre 20.000 y 40.000 personas en todo el país. El FSA, frecuentemente asociado a síntomas de gangrena, convulsiones, llagas e incluso alucinaciones, fue una plaga medieval sumada a las ya miserables condiciones de vida de muchas personas.
El fundador del movimiento monástico y patrón de los sepultureros, san Antonio (San Antonio el Grande) era de familia noble, pero a la edad de 25 años, siguiendo el consejo de san Mateo cedió todas sus posesiones a los pobres. Se retiró a un área desierta de Egipto, en la ribera del Nilo, cerca del monte Pispir (actual Der-el-Memum) dónde vivió en soledad desde el año 286 hasta el 305 después de Cristo Se cuenta que en este periodo luchó contra el demonio y resistió sus tentaciones, quedando todo ello incorporado a la teología cristiana.
En honor a la vida y lucha de san Antonio, se fundó en 1100 la Orden de los Hospitalarios de San Antonio, en Grenoble (Francia). Los monjes llevaban hábitos negros con una cruz azul. En Grenoble establecieron un centro para tratar a las personas que sufrían de ergotismo; las paredes del hospital estaban pintadas de rojo en evocación a la sensación de quemazón que sufrían los enfermos de FSA. Se fundaron hospitales nuevos a lo largo y ancho de la Europa Medieval para atender el creciente número de enfermos. El tratamiento de choque en estos hospitales era una dieta a base de cereales libres de ergot y sus esporas.
El fuego de San Antonio, también llamado «fuego sagrado» o «fuego interno» fue una enfermedad común en la Edad Media. Varias oleadas de brotes se sucedieron en esta época enfermando a millones y matando miles de personas. El incremento del cultivo del centeno originó un mayor consumo de harina contaminada y por tanto de enfermos de ergot. El causante de la enfermedad es el hongo del ergot, Claviceps purpurea, productor de una serie de toxinas muy potentes. Claviceps crece sobre el centeno y es especialmente visible en sus espigas, la harina de este cereal fue muy usada en la Edad Media para fabricar pan. En 1596, el médico alemán Wendelin Thelius estableció una conexión entre el hongo del ergot y los granos de centeno. Sin embargo, este hongo no era un desconocido para la ciencia, en 1582 otro médico alemán, Adam Loncier, había descrito el uso de pequeñas dosis de 3 granos de ergot (el grano es una antigua unidad usada en farmacopea, equivalente aproximadamente a 65 miligramos) para producir fuertes contracciones durante el parto en mujeres a término.
Los registros más antiguos sobre esta enfermedad se remontan al año 1100 antes de Cristo, en escritos chinos que señalan su utilidad en obstetricia. Una tablilla asiria, con escritura cuneiforme, datada en el año 600 antes de Cristo, describe unas pústulas o granos negros que crecían en los granos de centeno. La primera epidemia documentada de envenenamiento por ergot ocurrió en la región de Aquitania en Francia, en 944-945. En el primer brote, casi 20.000 personas se contaminaron y murieron. En el segundo brote, 40 años más tarde, murieron cerca de 40.000.
El ergotismo es una enfermedad causada por la toxina ergotamina, presente en granos de centeno contaminados por el hongo del ergot. El ergotismo presenta dos síntomas característicos: gangrena (en casos crónicos) y convulsiones (en casos agudos). La composición química de las toxinas del ergot a menudo causan síntomas parecidos a la «locura». Si no se trata la enfermedad, se restringe el flujo de sangre a las extremidades, lo que causa una sensación de quemazón y, en los últimos estados, se produce gangrena, que lleva a la pérdida de dedos, manos y pies. Otros síntomas adicionales del ergotismo son alucinaciones, temblores, llagas, calambres musculares, náuseas, insomnio y convulsiones. Estos síntomas pueden ser el origen de las «epidemias de danzantes». Las epidemias de danzantes (también conocidas como plagas de danzantes o tarantismo) ocurrieron entre los siglos XIV y XVII. Varias crónicas medievales describen grupos de gentes atacados por esta conducta algunas veces hasta meses enteros. Las danzas o bailes parecían involuntarias y posiblemente el resultado del envenenamiento por el ergot, la creencia supersticiosa en la venganza de espíritus, miedos sobrenaturales, la picadura de una tarántula o un escorpión, la dificultad de la pobreza y la dureza de la vida cotidiana, todo ello combinado con la ocurrencia de desastres naturales. Estos síntomas, especialmente al comienzo del envenenamiento, hicieron que la gente confundiese la enfermedad con la peste bubónica.
Muchas personas pensaban que los síntomas y la enfermedad eran un preludio del infierno. Por ello, en la Alta Edad Media, la religión y la fe jugaban un papel importante en el combate a la enfermedad. El colapso de las instituciones del Imperio romano de Occidente permitió que la Iglesia católica dominara la sociedad, incluida la práctica de la medicina. En la Edad Media, se abordaba la curación de la enfermedad con una mezcla de ortodoxia cristiana, de supersticiones y de consejos extraídos de textos médicos griegos y romanos.
La Iglesia consideraba la enfermedad como la consecuencia del pecado. El sufrimiento se aceptaba como una parte de la vida. Las curas y los tratamientos a menudo reflejaban una mezcla de nociones ignorantes derivadas de tiempos antiguos, de la idea del destino y del plan de Dios para la humanidad. La mayoría de los diagnósticos y tratamientos estaban influidos por la tradición griega del equilibrio entre los cuatros humores (la bilis amarilla, la flema, la bilis negra y la sangre), junto con la prescripción de determinadas dietas y las posiciones de la Luna y otros cuerpos celestes. Las plantas, especialmente las hierbas y las flores, eran una fuente médica para el tratamiento de los enfermos. La Iglesia medieval razonaba que esta forma de tratamiento reflejaba la promesa de Dios de ofrecer una cura adecuada a cada enfermedad.
En cuanto a hospitales y otras instituciones para tratar a enfermos, fue Carlomagno (742-814) quién pidió a catedrales y monasterios construir hospitales y escuelas para enseñar medicina. Hasta 1300, los monasterios eran mayoritariamente los lugares para el cuidado de enfermos y pobres siguiendo las reglas de San Benito que daban prioridad al cuidado de los enfermos sobre cualquier otra actividad. Era frecuente encontrar que los hospitales estaban bajo la advocación de diferentes santos a quien monjes y enfermos apelaban con la esperanza de curación. Varias órdenes militares (caballeros hospitalarios) y no militares (Orden del Espíritu Santo, Orden Hospitalaria de San Juan de Dios) establecieron hospitales en toda Europa y el resto de los países mediterráneos para cuidar de soldados, peregrinos y pobres.
Es poco sorprendente que, para ayudar a los enfermos de FSA, los monjes benedictinos se apoyaran en el uso de reliquias de San Antonio, a las que consideraban dotadas de un poder divino de curación. A ello contribuyó Guérin la Valloire, un noble francés, en el siglo XI que reivindicó el poder sanatorio de las reliquias en su propio caso. Junto con su padre, Guérin fundó el Hospital de los Hermanos de San Antonio en 1095 para tratar específicamente con enfermos de ergotismo. Hacia el final del siglo XV los hermanos habían fundado cerca de 400 hospitales en toda Europa. Los tratamientos incluían ungüentos tópicos con base de grasa animal, llamados agua de San Antonio, medicamentos a base de plantas y el vino de San Antonio (elaborado con uvas procedentes de las cercanías de Vienne (Francia) dónde están reunidas sus reliquias). Se consideraba que el vino poseía propiedades curativas milagrosas. En los siglos XV y XVI, la enfermedad se extendió a través de Alemania, Italia y Flandes dónde los afectados danzaban incontrolablemente. Conocida como la danza de San Antonio, la enfermedad se asociaba con la posesión demoníaca. El fuego de San Antonio disminuyó en toda la población europea cuándo el trigo comenzó a reemplazar al centeno como el cereal principal en la dieta popular.
En el mundo moderno, el ergotismo es un caso raro. Los historiadores han debatido el papel del ergotismo en los síntomas exhibidos por jóvenes muchachas (alucinaciones, sensación de escozor y quemazón) que condujeron a las acusaciones y posteriores ejecuciones en los juicios de las brujas de Salem (1692-1693) en la América colonial. Para principios del siglo XIX, se implantaron diversas medidas para combatir y prevenir el ergotismo: la siembra de semillas libres de enfermedad, promover las buenas prácticas de siembra y recolección, apropiada rotación de cultivos y adecuada fertilización de los cultivos. A pesar de la peligrosidad letal del ergotismo, se siguieron usando derivados del ergot para inducir las contracciones en partos complicados (hasta que aparecieron medicamentos más seguros) y combatir las migrañas. La ciencia médica contemporánea ha explorado también el uso de derivados del ergot para el tratamiento de la demencia y la enfermedad de Parkinson.
La prevalencia del fuego de San Antonio como una enfermedad que afectó a todas las capas de la sociedad invitó a que los artistas medievales incluyeran enfermos de este mal en sus obras. Entre las representaciones más conocidas está el grabado de Martin Schongauer Las tentaciones de san Antonio (1470-75) y el de Hieronymus Bosch La tentación de san Antonio (1501). Quizás la mejor obra de arte es el retablo de Isenheim, obra de Matthías Grünewald y Nikolaus de Haguenau entre 1512-1516, que se encuentra en el Museo Unterlinde en Colmar, Francia. Es un retablo de varios paneles creado para la capilla del hospital de un monasterio en Isenheim que trataba víctimas del FSA. Günewald convivió durante un periodo de tiempo con la orden monástica de san Antonio. El artista creó el retablo como una especie de regalo de «agradecimiento» por los cuidados y alojamiento recibidos de los hermanos. Es una pieza famosa del arte cristiano, que representa a Jesús en el Centro de los paneles de la Crucifixión y la Resurrección y también muestra de manera prominente a san Antonio. Los dos personajes solos representan las ideas de esperanza y consolación. El mensaje global de la obra de arte transmite la idea que el dolor puede llevar al enfermo creyente a estar más cerca de Dios. Una inspección mas detallada del retablo revela que los dedos de san Antonio muestran un tono azul, a menudo un signo que indica un problema vascular periférico. La especulación sugiere que san Antonio sufría el síndrome de Raynaud, una enfermedad en la que las partes externas del cuerpo, especialmente dedos y pulgares, se vuelven insensibles y fríos a causa de un riego sanguíneo pobre en las arterias más estrechas. En algunos casos, el síndrome de Raynaud está también ligado al ergotismo, la causa del fuego de san Antonio.