Las Tesmoforiantes (también conocida como El poeta y las mujeres o Las mujeres en las Tesmoforias) es una obra cómica en dos actos escrita en el año 411 antes de Cristo por el gran dramaturgo cómico griego Aristófanes. La obra se centra principalmente en el dramaturgo trágico griego Eurípides y su enfrentamiento con las mujeres en las Tesmoforias, una fiesta exclusiva para mujeres que se celebraba en toda Grecia durante varios días de otoño. La fiesta rendía homenaje a las diosas Deméter, hermana de Zeus y diosa de la agricultura, y a su hija Perséfone. Promovía la fertilidad tanto en los campos como en el hogar. Era una celebración de otoño, ya que era en esta época del año cuando Perséfone descendía al inframundo para convertirse en la esposa del dios Hades. La obra narra la difícil situación de Eurípides, ya que las mujeres de Atenas se han cansado de la forma en que las retrata en sus obras y, finalmente, han conspirado para matarlo. Temiendo por su vida y sintiendo curiosidad por cómo puede que muera, Eurípides convence a su anciano pariente Mnesíloco para que acuda a la fiesta disfrazado de mujer y hable en su nombre. Como era de esperar, las cosas no salen bien para el anciano y solo el ingenio y la sabiduría de Eurípides, recurriendo a escenas de sus propias obras, salvan a su amigo de una posible desgracia.
Se sabe muy poco de la juventud de Aristófanes; incluso su fecha de nacimiento, posiblemente el 447 o el 445 antes de Cristo, es objeto de debate. Aunque su familia poseía tierras en la isla de Egina, Aristófanes, hijo de Filipo y Zenodora, era natural de Atenas. Tuvo dos hijos, de los cuales Aróses fue un dramaturgo de menor importancia. Para cuando Aristófanes empezó a escribir, el drama griego se encontraba en grave declive. Por desgracia, solo han sobrevivido once de sus más de cuarenta obras. El editor Moses Hadas, en su obra Greek Drama (Teatro griego), afirmó que Aristófanes era capaz de escribir poesía delicada y refinada, pero que también podía mostrar picardía y alegría. Su comedia se consideraba una mezcla magistral de ingenio atrevido e inventiva. Por desgracia, para muchos otros, rebajó el nivel de la tragedia griega respecto a las altas cotas alcanzadas por Esquilo con su uso de la parodia, la sátira y la vulgaridad. Aristófanes era un ferviente opositor de la interminable guerra entre Atenas y Esparta, y el estadista y defensor de la guerra Cleón se convirtió en un blanco fácil de su ira. El dramaturgo llegaría incluso a acabar ante los tribunales por sus ataques verbales contra Cleón en la obra Los babilonios.
Aunque a menudo se critican por su humor grosero y su tono sugerente, las obras de Aristófanes eran populares entre el público ateniense. En su libro El camino de los griegos, la clasicista Edith Hamilton afirmó que en sus obras se refleja toda la vida ateniense: la política y los políticos de la época, el pacifismo, la reforma fiscal, el voto femenino y las conversaciones sobre religión y literatura. Él lucía la «auréola de Grecia». Según el historiador Thomas R. Martin en su obra Ancient Greece (La antigua Grecia), una característica significativa de las comedias del dramaturgo es que las mujeres utilizaban su ingenio y su solidaridad para obligar a los hombres de Atenas a derrocar el orden político establecido de la ciudad. Y en ninguna de ellas se hace más evidente que en las Tesmoforiantes.
Eurípides, el dramaturgo trágico griego, está preocupado. Se ha enterado de que las mujeres del festival de las Tesmoforias están ya cansadas de la imagen que da de ellas en sus obras, y teme que estén tramando su muerte. Le pide a su amigo y compañero dramaturgo trágico, el afeminado Agatón, que acuda al festival disfrazado y descubra sus planes, pero este se niega. Por suerte, Mnesíloco, buen amigo y pariente de Eurípides, acceede a ir. Tras pedirle prestada la ropa necesaria a Agatón, rapan a Mnesíloco y lo envían a la fiesta. Una vez allí, se sienta y escucha en silencio a varias mujeres hablar mal de Eurípides y al final tiene la oportunidad de intervenir y defiende al dramaturgo. Les explica que su comportamiento cotidiano es mucho peor que como las ha presentado Eurípides en cualquiera de sus obras. Las mujeres se enfurecen y entonces aparece el ateniense Clístenes, que les informa de que puede que haya un hombre disfrazado espiándolas. Con esto, no tardan en descubrir a Mnesíloco disfrazado. Cuando intenta escaparse, las autoridades lo detienen y lo atan a una tabla. Tras varios intentos fallidos de rescate, utilizando parodias de varias de sus propias obras, Eurípides aparece por fin en persona y negocia con las mujeres del coro la liberación de Mnesíloco, prometiendo no volver a insultarlas en ninguna de sus futuras obras.
- Eurípides,.
- Mnesíloco, un amigo de Eurípides,.
- Agatón, el dramaturgo,.
- Clístenes, un homosexual notorio,.
- un sirviente, un magistrado y un agente escita,.
- la mujer ateniense Mica,.
- una segunda mujer, Critila, amiga de Mica,.
- Eco (un personaje de una de las obras de Eurípides),.
- el coro de mujeres atenienses, y.
- los personajes que no hablan: Mania, Filista y Artemisia..
En el primer acto, primera escena, el dramaturgo Eurípides y su anciano pariente Mnesíloco se acercan en silencio a la casa del dramaturgo Agatón, un viejo amigo de Eurípides. Este le dice al anciano que guarde silencio y escuche. El anciano se pregunta adónde van; se esconden y pronto ven a un sirviente salir de la casa. Eurípides sale de su escondite y pide ver a Agatón. «Tienes que traerlo aquí a toda costa.» (79) Eurípides está visiblemente alterado: se avecinan problemas. Es evidente que Mnesíloco no sabe por qué están allí. Eurípides intenta explicarlo: «Este día decidirá si Eurípides vive o muere.» (80) En la fiesta de las Tesmoforias, las mujeres van a decidir su caída, pues, a sus ojos, las denigra en sus obras. Luego también explica: «Pensé en convencer a Agatón para que fuera a las Tesmoforias… Podría sentarse en la asamblea con todas las mujeres y, si fuera necesario, hablar en mi defensa» (80). Por supuesto, añade Eurípides, iría disfrazado.
Vestido con ropas de mujer y con una máscara, Agatón aparece desde el interior de la casa y, tras discutir con Mnesíloco, el anciano dice que el poeta tiene hormigas en la laringe, se dirige directamente a Eurípides: «¿Qué tienes en mente? … ¿Qué puedo hacer por ti?» (83). Eurípides suplica a su compañero tragédico, le cuenta a Agatón cómo las mujeres del festival van a condenarlo a muerte y le ruega que asista a las Tesmoforias y «hables en mi favor y salves mi vida. Nadie más que tú puede pronunciar un discurso digno de mí» (85). Agatón se pregunta por qué el dramaturgo no va él mismo a hablar en defensa propia. Eurípides responde que es demasiado conocido y demasiado mayor para acudir en persona, pero que Agatón es «guapo, de tez clara y bien afeitado. Tienes voz de mujer y modales delicados; eres bonito a la vista» (83). A pesar de los halagos, Agatón se niega rotundamente. El desdichado Eurípides exclama que está perdido, pero, de improviso, Mnesíloco se ofrece voluntario para acudir al festival disfrazado. «…utilízame a mí en su lugar. Haré lo que sea». (84). Por desgracia para él, para resultar convincente como mujer, debe rasurarse por completo. Tras pedirle prestados un vestido y una peluca a Agatón, Eurípides se dirige a su amigo: «Bueno, ahora sí que pareces una mujer. Solo asegúrate de poner voz femenina cuando hables» (87).
La segunda escena comienza en el templo de Deméter Tesmófora. Las mujeres van entrando poco a poco. Mnesíloco se mezcla entre la multitud. Es el segundo día de la fiesta y se ha propuesto castigar a Eurípides, a quien ya se ha declarado culpable por unanimidad. La ateniense Mica toma la palabra: «¿Hay algún delito del que no nos haya acusado? Dondequiera que haya un escenario y un teatro lleno de espectadores, allí está él, soltando sus calumnias, llamándonos hipócritas, rameras, borrachas, estafadoras, chismosas, malas personas y una maldición para la humanidad». (91). Una segunda mujer toma la palabra y cuenta cómo su negocio se fue a pique por culpa de Eurípides: antes vendía coronas de mirto en la plaza del mercado, pero cuando Eurípides proclamó que no existían los dioses, perdió a sus clientes. «Os lo digo a todas y cada una de vosotras, señoras: ese hombre debería ser castigado por todo lo que ha hecho; es muy cruel con nosotras». (92).
Mnesíloco se pone de pie y comienza a hablar, alegando que él también está molesto con Eurípides. Sin embargo, les pregunta a las mujeres por qué están tan enfadadas con el dramaturgo. ¿Podría ser porque ha desenmascarado todos sus trucos? Hablando como una mujer, dice que todas ellas, entre otras cosas, engañan a sus maridos. «Os pregunto, señoras, ¿hacemos estas cosas? Por supuesto que sí. ¿Por qué estar tan enfadadas con Eurípides? No sufrimos nada peor de lo que nos merecemos.» (94). Las mujeres se indignan y amenazan con arrancarle y chamuscarle el pelo. Mnesíloco continua imperturbable. «Nunca reveló nada sobre la mujer que mató a su marido con un hacha; ni sobre la que le dio a su marido una droga que lo volvió loco…» (95). Luego añade que ya no quedan mujeres como Penélope.
Mientras Mnesíloco habla, entra el ateniense Clístenes, vestido de mujer y bien afeitado. Sin aliento, informa a la multitud de que Eurípides ha enviado a un anciano, un pariente suyo, para espiarlas. Su misión era escuchar y descubrir sus planes. Clístenes accede a ayudarlas a encontrar al culpable. Mnesíloco se hace el inocente: «… ¿qué hombre sería tan estúpido como para dejarse quemar?» (96). En ese momento, al darse cuenta de que no tardarán en descubrirlo, cuando Mnesíloco intenta escapar. Como es el único al que nadie conoce, lo interrogan. Al suponer que es el espía, empiezan a desnudarlo; han descubierto su artimaña. Clístenes se marcha inmediatamente para informar al consejo municipal.
En un repentino y desesperado gesto, Mnesíloco agarra lo que cree que es un bebé y lo amenaza a menos que le dejen marcharse, pero se da cuenta con tristeza de que no es más que un odre de vino. Mica y su niñera se marchan a recoger leña, pero no tardan en regresar. Utilizando un truco de una de las propias obras de Eurípides, Mnesíloco escribe mensajes en tablillas votivas de las paredes del templo y las esparce. A continuación, se sienta y espera a que Eurípides venga a salvarlo.
En el segundo acto, Mnesíloco está sentado, nervioso, junto al altar, custodiado por Critila, la amiga de Mica, que le dice que guarde silencio. Curiosamente, Mnesíloco se disfraza de Helena de Troya, esposa del rey Menelao. Eurípides llega vestido como el rey espartano. «¿Hacia qué país hemos puesto rumbo con nuestra nave?» (109) «Egipto», responde el anciano (haciéndose pasar por Helena). Critila, desconcertada, le dice a Eurípides: «Te lo digo, señor, este hombre trama algo malo» (110). Mnesíloco (todavía disfrazado de Helena) le pide a Eurípides (Menelao) que «me cojas en tus brazos». Sin embargo, Critila no cae en la trampa: «Cualquiera que intente sacarte de aquí sentirá el calor de esta antorcha». (111). Al acercarse un magistrado y un guardia escita, Eurípides se marcha. «No te preocupes. No te defraudaré mientras viva y respire. Aún me quedan cientos de trucos». (111) Señalando a Mnesíloco, el magistrado pregunta: «¿Es este el culpable…? Lleváoslo y atadlo a la tabla. Luego ponedlo de pie aquí fuera para que podáis vigilarlo». (111). Mnesíloco pide que no le dejen vestido de mujer: no quiere ser motivo de risa para la multitud. El magistrado se niega. Tras atarlo a una tabla, el escita lo apoya contra una de las columnas del altar.
Entonces aparece Eurípides vestido como el héroe griego Perseo, otro personaje de una de sus obras. Justo cuando se marcha, al ver que regresa el guardia, se oye la voz femenina de Eco. El guardia escita, que no se da cuenta de nada, entabla una larga conversación con Eco, pero, por supuesto, Eco solo puede repetir las últimas palabras que ha oído. Desorientado, el guardia intenta encontrar a Eco, pero no lo consigue. A medida que su voz se desvanece, reaparece Eurípides, aún vestido de Perseo, afirmando tener la cabeza de la Gorgona. Le dice al escita que Mnesíloco es en realidad Andrómeda, hija de Cefeo, y le pide que le quite las ataduras para poder llevársela al lecho nupcial. Sin dejarse intimidar, el escita no le deja marchar. Al darse cuenta de que el guardia es un «necio sin sentido», Eurípides se marcha. El escita se queda dormido. Al poco rato, Eurípides regresa y se dirige al coro:
Señoras, si queréis llegar a un acuerdo a partir de ahora, aquí tenéis la oportunidad. Os prometo solemnemente que nunca más diré nada malo de vosotras. Os lo estoy ofreciendo en serio. (120)
Suplica que liberen a Mnesíloco y las mujeres aceptan. Eurípides reaparece vestido de anciana. Para engañar al escita y liberar a Mnesíloco, sale una bailarina que comienza a bailar ante él. Luego se marcha con el guardia tras ella. Liberan a Mnesíloco de inmediato y huye. Cuando el guardia regresa, ve que su prisionero se ha escapado, así que empieza a buscar a la anciana. Al darse cuenta de que lo han engañado, corre tras Eurípides, todavía disfrazado.
Aunque esta obra se escribió en la época de la guerra de Atenas contra Esparta, las Tesmoforiantes se considera la obra menos política de Aristófanes. Era una época de agitación y desconfianza, y el ambiente en la ciudad no era propicio para la sátira política. Al igual que en varias de sus otras obras (Los arcarnios y Las ranas), utiliza a su compañero de profesión, Eurípides, como uno de sus personajes, aunque solo se considera el personaje principal en esta. Un giro único en la trama hace que Eurípides utilice personajes de sus propias obras trágicas (Helena y Andrómeda) para liberar a Mnesíloco. Según los editores de Aristófanes: Las ranas y otras obras, a Eurípides se lo retrata como un personaje más entrañable. Aunque al principio es un héroe cómico, al final de la obra salva a su pariente de un destino terrible y hace las paces con las mujeres de Atenas.