En la mitología griega, Penélope es la esposa de Odiseo, rey de Ítaca, y madre de Telémaco. Se la conoce sobre todo por la lealtad inquebrantable que mostró hacia su esposo durante los veinte años que estuvo ausente y por el ingenioso plan con que eludió a los numerosos pretendientes que intentaron ganar su mano durante la ausencia de Odiseo. Su historia se narra en La Odisea de Homero (en torno a 750 antes de Cristo).

Penélope era hija de Icario, miembro de la casa real espartana, y la náyade Peribea. Tenía cinco hermanos: Toante, Damasipo, Imeusimo, Aletes y Perileo.

En un principio, Odiseo era uno de los pretendientes de Helena de Esparta, pero llegó a un acuerdo con el padre de Helena, Tíndaro: si Tíndaro ayudaba a Odiseo a ganar la mano de Penélope, él idearía un plan para evitar un conflicto entre los muchos hombres que se disputaban la mano de Helena. Siguiendo el consejo de Odiseo, Tíndaro hizo jurar a todos los pretendientes que acudirían en auxilio del que resultara elegido si otro de ellos atentaba contra su matrimonio. Fiel a su palabra, Tíndaro le pidió a su hermano Icario que diera a Penélope en matrimonio a Odiseo. Odiseo y Penélope tuvieron un único hijo, Telémaco, nacido poco antes de que comenzara la guerra de Troya.

En el comienzo de La Odisea, Penélope lamenta la ausencia de su esposo a la vez que numerosos pretendientes se instalan en el palacio de Ítaca, con la esperanza de ganar su mano. Una noche, mientras el célebre bardo Femio canta sobre el desafortunado viaje de regreso de los aqueos, Penélope desciende de sus aposentos acompañada de sus leales criadas y le suplica que deje de cantar, pues le resulta demasiado doloroso que le recuerden la pérdida de Odiseo.

¡Tal es la persona de quien padezco soledad, por acordarme siempre de aquel varón cuya fama es grande en la Hélade y en el centro de Argos!

(Homero, La Odisea, Canto 1, p. 19. Trad. de Segalá y Estalella)

Telémaco intenta tranquilizar a su madre y la envía a sus aposentos, donde llora por su esposo hasta que Atenea la sume en un plácido sueño.

En el Canto II de La Odisea, antes de partir de Ítaca en busca de respuestas sobre su padre, Telémaco convoca a los aqueos a una asamblea, la primera sin Odiseo, y se dirige a sus conciudadanos. Furioso, se lamenta de la multitud de pretendientes que ha ocupado el palacio, matado a su ganado, devorado su carne y bebido su vino.

Antínoo, uno de los pretendientes presentes, se indigna por el arrebato de Telémaco y acusa a Penélope de haber engañado con astucia a los hombres, a quienes ha entretenido con falsas esperanzas durante casi cuatro años. Penélope había prometido a los pretendientes que elegiría un nuevo marido una vez que terminara de tejer un sudario para su suegro, Laertes. Los pretendientes le creyeron y esperaron en el palacio durante tres años mientras ella tejía en las estancias reales. Cuando Penélope iba por el cuarto año tejiendo el sudario, a los hombres finalmente se les agotó la paciencia y una de sus criadas reveló su secreto.

Penélope había ideado un astuto plan para retrasar la elección de un pretendiente cuanto fuera posible: de día tejía el sudario para Laertes, pero por las noches deshacía el tejido y a la mañana siguiente volvía a empezar. Una vez que los pretendientes descubrieron el engaño, la obligaron a terminar el sudario. Antínoo continúa su diatriba: los pretendientes nunca habían conocido a una reina tan enigmática como Penélope, de agudo ingenio y manos hábiles, pero sus artimañas habían ido demasiado lejos. Mientras siguiera postergando lo inevitable, los pretendientes se quedarían en el palacio. Antínoo le implora a Telémaco que convenza a Penélope de volver a la casa de su padre en Esparta y casarse con quien él elija para ella.

Telémaco replica que jamás echaría a Penélope de su propia casa y que si los pretendientes tuvieran algo de vergüenza se irían por su cuenta del palacio. Jura que Zeus castigará a los pretendientes por su falta de respeto. Para mostrar que ha oído los rezos de Telémaco, Zeus envía a dos águilas que, para asombro de los presentes, se enzarzan en una violenta pelea. Los hombres discuten entre ellos el significado del presagio y Telémaco los calla, anunciando que continuará la búsqueda de su padre durante otro año. En caso de obtener pruebas de su muerte, entregará a su madre en matrimonio a otro hombre. Antes de embarcarse en esta misión, Telémaco se asegura de que Penélope no sabrá de ella hasta que hayan transcurrido doce días.

Aprovechando que Telémaco ha partido en busca de Odiseo, Antínoo trama un siniestro plan para tenderle una emboscada en el estrecho entre Ítaca y la escarpada Same y finalmente deshacerse de él. Los pretendientes acogen el plan con entusiasmo. Afortunadamente, el heraldo Medón escucha sus planes e informa a Penélope, quien se muestra atónita y angustiada. Se pregunta por qué su hijo la ha abandonado y teme por el destino que le espera.

Penélope colapsa y llora sus pérdidas: primero su amado esposo y ahora su hijo. Furiosa ante el silencio de sus criadas, les increpa que ninguna le haya advertido del viaje de Telémaco e implora que le informen a Laertes para que pueda idear un plan para rescatarlo. Su anciana criada, Euriclea, se apiada de Penélope y le suplica que la perdone por haber guardado el secreto. Le implora a Penélope que le rece a Atenea para que mantenga a Telémaco a salvo y le asegura que los dioses no permitirán que muera otro heredero del Rey Arcesio. Siguiendo su consejo, Penélope eleva una plegaria a Atenea:

¡Óyeme, hija de Júpiter que lleva la égida; indómita deidad! Si alguna vez el ingenioso Ulises quemó en tu honor, dentro del palacio, pingües muslos de buey o de oveja; acuérdate de los mismos sálvame el hijo amado y aparta a los perversos y ensoberbecidos pretendientes.

(Homero. La Odisea, Canto IV, p. 65. Trad. de Segalá y Estalella)

Penélope, demasiado angustiada para pensar en otra cosa que no sea su hijo, se rehúsa a comer y beber. Atenea deja que el dulce alivio del sueño la alcance y se le aparece bajo la forma fantasmal de su hermana Iftime para consolarla y asegurarle que a Telémaco no le ocurrirá ningún mal, pues él nunca ha ofendido a los dioses. Adormecida y convencida de que está hablando con su hermana, Penélope vuelve a lamentarse por su esposo e hijo. Atenea, bajo la apariencia de Iftime, le revela que la poderosa Atenea la ha llevado allí para decirle que vela por Telémaco y que, bajo su amparo, él estará a salvo. Penélope pregunta qué le espera a Odiseo y Atenea replica que no puede decirle si vivirá o no, pues no sería justo darle falsas esperanzas. Atenea se esfuma en una brisa y Penélope despierta, con el alma por fin más serena.

Al quinto día de haberse ido Telémaco, un heraldo llega al palacio a anunciarle a Penélope que su hijo ha llegado a casa a salvo. A los pretendientes no les complace esta noticia. Se reúnen frente al palacio para ver cómo la nave de Telémaco arriba a puerto. Antínoo vuelve a sembrar el descontento entre los pretendientes y sostiene que deben matar a Telémaco para robarle sus tierras y su fortuna y repartírselas, mientras que Penélope y su nuevo esposo seguirían viviendo en el palacio. Anima a los demás hombres a disputarse la mano de Penélope colmándola de regalos y haciendo alarde de sus riquezas. Aquel que pudiese ofrecerle más sería el elegido por los dioses para ser su marido.

Ella finalmente reúne el valor para increpar a sus pretendientes por su plan de asesinar a Telémaco. Acompañada de sus criadas, entra al salón principal y descarga su ira contra Antínoo: lo desenmascara y lo tacha de insensato. Le recuerda que en una ocasión su padre buscó refugio en el palacio de Ítaca, cuando se unió a unos piratas tafios para atacar a unos aliados. Otro de los pretendientes, Eurímaco, intenta tranquilizar a Penélope con la promesa de que ningún hombre vivo le pondrá una mano encima a Telémaco mientras él esté presente. Más tranquila, Penélope se retira a sus aposentos, donde vuelve a llorar por Odiseo, y Atenea la sume en un sueño.

Telémaco vuelve al palacio real de Ítaca y se reúne con Penélope, quien le pregunta si ha averiguado algo sobre Odiseo. Telémaco, conmovido, le cuenta que acaba de salvarse de la muerte y le pide que se dé un baño, les rece a los dioses y les prometa un generoso sacrificio si Zeus le concede venganza. Le explica que debe ir a buscar a un huésped que ha venido con él a Ítaca. Penélope ignora que este "huésped" es su adorado esposo Odiseo, bajo la apariencia de un mendigo.

Penélope cena con su hijo y vuelve a suplicar noticias de Odiseo. Telémaco le relata sus viajes y por fin le da a su madre la noticia que lleva años esperando: a Odiseo lo han visto en una isla donde la ninfa Calipso lo tiene como prisionero y no tiene cómo regresar a casa. El vidente Teoclímeno, quien ha oído la conversación, jura que Odiseo se encuentra en Ítaca y trama la ruina de los pretendientes de Penélope. Ella le promete afecto y regalos si su profecía se cumple.

Odiseo, bajo la apariencia de un mendigo, ingresa al palacio suplicando alimento. Si bien algunos pretendientes se apiadan de él, Antínoo no muestra compasión alguna: lo insulta y le golpea la espalda con un escabel. Penélope se entera de ello y le ruega a Apolo que lo golpee como él hizo con el mendigo. Penélope le cuenta a su ama de llaves, Eurínome, que todos los pretendientes son detestables, pero que Antínoo es el peor de todos: es como la negra muerte. Ordena al porquerizo Eumeo que traiga al mendigo ante ella, pues desea darle una cálida bienvenida y preguntarle si tiene novedades de su esposo. Si percibe que sus respuestas son sinceras, le dará ropa limpia para vestirse. Odiseo, bajo su disfraz, acepta reunirse con Penélope siempre y cuando sea al anochecer, de modo que puedan hablar a solas.

Penélope planea reunirse con sus pretendientes y su hijo antes de encontrarse con el mendigo. Atenea la adormece y la agasaja con regalos inmortales; le da una figura más alta y robusta y le limpia el rostro. Penélope se despierta renovada y se promete no seguir consumiéndose de pena. Cuando se presenta ante sus pretendientes, estos quedan atónitos y enloquecen de lujuria. Penélope reprende a Telémaco por haber permitido que maltrataran al mendigo y él replica que también siente pena por él y que está harto de los pretendientes y sus perversos planes.

El pretendiente Eurímaco se acerca a Penélope, alaba su belleza y asegura que no hay mujer que se le compare. Ella replica que los dioses le habían arrebatado su belleza el día que Odiseo zarpó rumbo a Troya. Les reprocha a los pretendientes que, en el pasado, los hombres que cortejaban a una mujer le llevaban regalos y traían sus propios alimentos y provisiones, mientras que los suyos se han apropiado de la comida de Ítaca y agotado sus recursos. Odiseo escucha la conversación y rebosa de orgullo al oír cómo Penélope pone en su sitio a los pretendientes. Antínoo anima a Penélope a aceptar sus regalos y afirma que no volverán a sus hogares hasta que uno de ellos la despose.

Uno por uno, los pretendientes le traen regalos caros y exuberantes a Penélope: una resplandeciente túnica, una cadena con engarces de ámbar, pendientes y un collar. Se retira con sus criadas, quienes cargan los regalos.

Penélope se sienta en su silla favorita junto al fuego. Al oír que una de sus criadas arremete contra Odiseo disfrazado, la amenaza e invita al mendigo a tomar asiento. Le pregunta de dónde ha venido, le cuenta que añora a su esposo y hace caso omiso a sus pretendientes. Le confiesa su estratagema con el tejido y que los pretendientes tardaron tres años en advertirla. El mendigo relata que se encontró con Odiseo de camino a Troya: dice la verdad sobre su viaje, a pesar de que miente sobre su identidad. Penélope solloza y sigue haciéndole preguntas sobre su esposo. Él le asegura que Odiseo vive y que regresará a Ítaca. Aunque desea creerle, en el fondo sabe que Odiseo nunca volverá.

A la mañana siguiente, Penélope y Odiseo, aún disfrazado, vuelven a reunirse. Ella le pregunta por el significado de un sueño que ha tenido. Una vez se lo cuenta, el mendigo le responde, a sabiendas, que es una señal de que Odiseo vendrá a rescatar a Penélope de sus pretendientes.

Inspirada por Atenea, Penélope les propone una prueba a sus pretendientes para ver quien será capaz de tensar el arco de Odiseo y disparar una flecha a través de los ojos de doce hachas. Va a buscar el preciado y poderoso arco al recinto donde está escondido y se echa a llorar ante él. Se presenta ante sus pretendientes y les explica el desafío, con la promesa de casarse con el hombre que consiga disparar a través de las doce hachas.

Uno a uno, los pretendientes intentan completar la prueba, pero todos fracasan. Odiseo, aun bajo la apariencia de un mendigo, decide probar suerte, ante el desprecio de los demás. Penélope promete que si supera la prueba lo vestirá con finas ropas, le dará una espada y le permitirá seguir su camino. Consciente de la matanza que estaba por ocurrir, Telémaco envía a Penélope a sus aposentos antes de que él y Odiseo asesinen a los pretendientes.

La anciana nodriza de Penélope la despierta y anuncia que Odiseo ha regresado y asesinado a los pretendientes. Como es natural, Penélope teme que la anciana nodriza haya perdido el juicio, pese a que esta insiste en que dice la verdad. Le hace muchas preguntas: quiere creerlo, pero todavía no se atreve. Decide bajar las escaleras y verlo por sí misma. Telémaco le pregunta por qué no se dirige a su padre y ella replica que no le alcanzan las fuerzas para mirarlo a los ojos, pero si es el verdadero Odiseo, lo reconocerá, pues tienen señas secretas que solo ellos dos conocen.

Odiseo se da un baño y Atenea lo colma de esplendor, por lo que emerge del baño con el aspecto de un dios. Acusa a Penélope de ser desalmada, a lo que ella responde que no se dejará engañar por su aspecto al salir del baño, muy parecido al de su esposo cuando zarpó rumbo a Troya hace tantos años.

Penélope ordena a su criada Euriclea que traiga de la alcoba nupcial el lecho que compartía con Odiseo. Él, enfurecido por esta orden, pregunta como alguien podría mover el lecho que el mismo construyó, si lo había tallado en el tronco de un olivo. Penélope se da cuenta por fin de que aquel hombre es su esposo y corre a abrazarlo, y ambos rompen en llanto. Odiseo le dice que le queda una prueba por enfrentar: un viaje en honor a Poseidón, el dios de los mares. Ella le responde que, con suerte, eso significa que vivirán felices de ahora en adelante. Se retiran a su lecho, donde Odiseo le relata todas sus aventuras. Penélope no cierra los ojos hasta haber escuchado todo su relato.

Según algunas fuentes, como el poeta Píndaro (en torno a 518 antes de Cristo) y el historiador griego Hecateo de Mileto (en torno a 550 a 476 antes de Cristo), Penélope fue la madre de Pan, ya sea con Hermes, Apolo o Mercurio, mientras que el historiador Duris de Samos (en torno a 350 antes de Cristo) relata que Pan nació de la unión de Penélope con todos sus pretendientes. Esto contradice la representación de la esposa casta y fiel que presenta la Odisea de Homero y que repite el viajero Pausanias (en torno a 110 a en torno a 180 después de Cristo), quien afirmaba que los mantineos del Peloponeso contaban una historia muy distinta de la que se narra en la Odisea: que Odiseo, a su regreso, se encontró con que Penélope le había sido infiel y la expulsó de Ítaca. Sin embargo, muchos autores rechazan este relato al presentar a Penélope como víctima de una seducción, ya sea por parte de sus pretendientes o de Hermes, y no como una adúltera.

Hoy en día, la opinión más extendida es que la Penélope considerada madre de Pan era en realidad una ninfa a la que, por compartir su nombre, se ha confundido a lo largo de la historia con la Penélope más celebre.

A lo largo de la historia, se ha admirado y respetado a Penélope por su lealtad a Odiseo. Con el tiempo dejó de ser solo la esposa de Odiseo y se transformó en una heroína por sus propios méritos. Los etruscos la representaban en su arte. El poeta romano Ovidio (en torno a 43 antes de Cristo a 17 antes de Cristo) la consideraba un símbolo de amor y fidelidad, y las mujeres de la antigua Roma aspiraban a ser igual de sabias y fieles que ella. Incluso se hablaba de ella en el antiguo Egipto.

La fascinación por Penélope perdura hasta nuestros días: aparece en cuentos, novelas y poemas, entre ellos Penélope y las doce criadas (2005), de Margaret Atwood, donde recuerda su vida desde el Hades en pleno siglo XXI. Los escritores y académicos de la actualidad suelen retratar a Penélope como una mujer poderosa en sí misma y celebran su papel fundamental en la Odisea.

Los poemas épicos de Homero siguen siendo fuente de inspiración y admiración. La tan esperada Odisea, de Christopher Nolan, tiene su estreno previsto para julio de 2026 y cuenta con un reparto estelar. Penélope será interpretada por la actriz estadounidense Anne Hathaway.

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Traducciones de las citas de La Odisea:

Homero. Traducción de Luis Segalá y Estalella, (1910), La Odisea. Consultado Wikimedia.org el 27 de octubre de 2026.