Los bucaneros que surcaban los territorios españoles y los piratas que saqueaban el Caribe y el océano Índico durante la Edad de Oro de la piratería (1690-1730) necesitaban un lugar de refugio donde pudieran repartirse los botines y disfrutar de ellos. Los refugios piratas como Port Royal en Jamaica, Tortuga en La Española y Nueva Providencia en las Bahamas ofrecían puertos seguros y posibilidades de vender la mercancía saqueada a comerciantes sin escrúpulos, además de encontrarse cerca de las rutas marítimas principales. A medida que las autoridades coloniales fueron controlando la piratería a partir de 1720, estos refugios fueron desapareciendo y muchos de ellos se convirtieron en el último puerto de escala de los piratas: el lugar de su ejecución.
Los piratas necesitaban puertos seguros donde poder esconderse de las autoridades y repartirse el botín. Lo ideal era que la base estuviera cerca de las rutas mercantes, el objetivo principal de los piratas, y, mejor aún, cerca de un estrecho que tuvieran que atravesar los barcos objetivo. También debía ser un lugar de refugio durante el invierno o la temporada de tormentas. Los piratas necesitaban poder reparar sus barcos, por lo que una base con aguas poco profundas era ideal, ya que así era más fácil carenar una embarcación. Esos lugares tenían la ventaja añadida de que los grandes buques de guerra no podían acceder a ellos con facilidad.
Los refugios eran un lugar seguro donde los piratas podían descansar relajarse. Allí gastaban rápidamente su botín mal habido en vino, mujeres y juegos de azar. Los piratas vendían los cargamentos capturados a comerciantes sin escrúpulos que habían establecido sus negocios en los diversos refugios piratas del Caribe y el océano Índico. A los comerciantes les salía muy rentable, ya que adquirían las mercancías a un precio mucho más barato que el que pagaban los buques mercantes legítimos en cualquier otro puerto, y los piratas se conformaban con obtener su dinero, aunque se vieran obligados a vender a un precio muy inferior al valor real. A continuación, los comerciantes introducían de contrabando sus mercancías de dudosa procedencia en puertos legítimos, donde se vendían a través de los canales a los que habrían llegado si los piratas no hubieran interrumpido el proceso comercial.
Siempre que podían, entablaban acuerdos con funcionarios coloniales corruptos, con lo que conseguían mejores precios por su botín de los que habrían obtenido en un refugio. Quizá el más infame de esos gobernadores corruptos fuera Charles Eden, gobernador de Carolina del Norte, quien concedió el indulto a piratas tan notorios y impenitentes como Edward Teach (alias Barbanegra, fallecido en 1718) y Stede Bonnet (fallecido en 1718), e incluso llegó a permitirle al primero establecer una base pirata en la isla de Ocracoke. Otro gobernador infame que se dedicaba a vender el botín de los piratas fue el coronel Benjamin Fletcher en Nueva York, antes de su destitución en 1698.
Ya antes de la Edad de Oro, la piratería llevaba tiempo siendo una práctica habitual en el Caribe. Barbados y San Cristóbal fueron las primeras posesiones británicas en las Indias Occidentales, y se utilizaron, precisamente por su lejanía, como un lugar idóneo para desterrar a los indeseables, asegurándose de que muy pocos pudieran regresar jamás a la madre patria. Durante las guerras civiles inglesas (1642-1651) y también después, Oliver Cromwell envió a cautivos irlandeses y galeses al Caribe como sirvientes contratados. La falta de un verdadero aparato de gobierno colonial hizo que las islas quedaran prácticamente al margen de la ley hasta alrededor de 1720, cuando los gobernadores comenzaron a perseguir activamente a piratas como Bartholomew Roberts (en torno a 1682-1722).
Ile-a-Vache («Isla de las Vacas») era un refugio pirata frente a la costa suroeste de Haití, utilizado por muchos piratas franceses y por sir Henry Morgan (en torno a 1635-1688), el más exitoso de todos los bucaneros (corsarios y piratas que atacaban a los enemigos de su Estado).
Situada a unos 400 km (250 millas) de la costa del sur de África, Madagascar era el refugio pirata más importante del océano Índico; entre otros figuraban la cercana isla de Santa María, la isla Johanna (Anjouan), Mathelage, la isla de Reunión y Mauricio. Los británicos habían intentado tomar el control de Madagascar, pero fracasaron en 1645, al igual que los franceses, que abandonaron sus esfuerzos en 1674. Los bucaneros del Caribe comenzaron a utilizar Madagascar como base a partir de la década de 1680, al darse cuenta del potencial que ofrecía para la piratería contra los barcos del océano Índico.
Aunque la isla estaba habitada, los piratas se beneficiaron de las continuas guerras tribales, que impedían que un único grupo indígena dominara la isla y, por tanto, intentara expulsar a los extranjeros. En realidad, los piratas eran bienvenidos como fuente de armas de fuego y como clientes para comprar o traficar con esclavos. Pudieron aprovechar al máximo los numerosos puertos ocultos de la isla, que además era rica en agua dulce, carne y fruta. Desde allí, atacaban los barcos del tesoro del Imperio portugués, así como los ricos barcos de peregrinos de los estados de la India. También había numerosos buques mercantes cargados hasta los topes que regresaban a Europa desde Asia, la mayoría de ellos propiedad de las Compañías de las Indias Orientales francesas, neerlandesas y británicas.
A principios del siglo XVII, había alrededor de 1.500 piratas en la isla. Entre los famosos piratas de la Edad de Oro que utilizaron Madagascar como base de operaciones en algún momento de su carrera delictiva se encontraban Henry Every (nacido en 1653), Edward England, Thomas Tew y el capitán Kidd (en torno a 1645-1701). Cuando la piratería se volvió mucho más difícil debido a la mayor presencia de la Armada Real británica, la mayoría de los piratas se convirtieron en colonos en la isla, aunque sin gran éxito. Los visitantes de 1711 señalaron que las comunidades europeas allí estaban muy empobrecidas, muy lejos de la imagen romántica promovida por la prensa y la literatura británicas de reyes piratas que vivían una vida de lujo y desenfreno en una isla tropical.
El puerto de Nueva Providencia, en la isla del mismo nombre, sustituyó a Tortuga como principal base pirata de la región. La pequeña isla alcanzó su apogeo como refugio pirata a partir de la década de 1670, primero para los bucaneros expulsados de las aguas jamaicanas y luego, a partir de alrededor de 1713, para piratas que atacaban a quien les apetecía, independientemente de su nacionalidad. La isla contaba con buenos puertos y abundaba en agua dulce, carne, madera y fruta. La ciudad principal pasó a llamarse Nassau a partir de 1695. Piratas como Barbanegra, Jack Rackham (fallecido en 1720), Benjamin Hornigold (fallecido en 1719) y Samuel Bellamy (fallecido en 1717) utilizaron la isla como base. En total, había unos 600 piratas que zarpaban desde Nassau y asaltaban buques y puertos desde el Caribe hasta Maine.
A partir de 1718, el gobernador Woodes Rogers (1679-1732), acérrimo enemigo de la piratería, reconstruyó la fortaleza y colocó cañones en puntos estratégicos del puerto para ahuyentar a cualquier pirata que pensara en regresar. Las Bahamas sufrieron otro periodo de abandono bajo el mandato del sucesor de Rogers y volvieron a convertirse en un pequeño refugio pirata hasta que se restableció plenamente el control colonial.
Petit Goâve era un puerto situado en la costa suroeste de Saint Domingue (la actual Haití). Atrajo a bucaneros a partir de la década de 1670, tras el declive de Tortuga, y fue especialmente popular entre los piratas franceses y el famoso holandés Laurens de Graff, ya que se encontraba lejos de las autoridades coloniales francesas (no corruptas), pero cerca de la Tierra Firme española. Hacia 1700, los bucaneros habían sido sustituidos por auténticos piratas, y Petit Goâve pasó a ser poco más que una mera nota al pie en los asuntos franceses del Caribe.
Port Royal era el principal puerto de Jamaica, posesión británica desde 1655. Conocido en sus inicios por su nombre caribe-español Cayagua («Isla del Agua») y posteriormente anglicanizado como Cagway, los británicos lo dotaron de una poderosa fortaleza, pero la retirada de la Royal Navy lo dejó expuesto a los buques de guerra españoles. A partir de 1657, el gobernador Edward D’Oyley animó a bucaneros de varias nacionalidades a convertir el puerto en su base y a centrar sus saqueos en los barcos españoles, expidiéndoles patentes de corso como autorización para ello. La guerra de Inglaterra contra España terminó en 1660, pero muchos de los bucaneros continuaron sus ataques contra la navegación legítima. Los gobernadores posteriores solían fomentar la piratería, ya que la presencia de numerosos barcos bien armados en el puerto reducía significativamente la amenaza procedente de España, los Países Bajos y Francia.
Port Royal se convirtió en un foco de piratería en la segunda mitad del siglo XVII, simplemente porque se encontraba muy lejos de las autoridades de Londres y los funcionarios de la isla eran más pragmáticos. Entre sus ventajas figuraban un puerto protegido de forma natural con capacidad para hasta 500 barcos y una ubicación estratégica justo en medio de las rutas marítimas entre el Caribe y el continente.
Bucaneros como sir Henry Morgan, que atacó repetidamente barcos españoles y puertos coloniales, tenían su base en Jamaica. Morgan llegó incluso a ser nombrado vicegobernador en 1675. Port Royal se vio inundado de mercancías y riquezas, hasta tal punto que un autor de la época lo describió como un lugar con más dinero en efectivo que Londres. Para 1680, la prosperidad del puerto quedaba patente por la presencia de más de 100 tabernas. Había, además, tantas casas de juego y burdeles que un clérigo de visita describió Port Royal como «la Sodoma del Nuevo Mundo» (Breverton, 260), en referencia a la ciudad bíblica infame por su libertinaje. Este clérigo ni siquiera se molestó en quedarse, sino que regresó a Inglaterra en el mismo barco en el que había llegado, «puesto que la mayoría de su población está formada por piratas, asesinos, prostitutas y algunas de las personas más viles de todo el mundo, sentí que mi permanencia allí no servía de nada» (ibidem).
En 1681, las autoridades jamaicanas prohibieron finalmente la piratería, y los piratas se trasladaron a otros refugios, como Nueva Providencia. Port Royal quedó destruida el 7 de junio de 1692 por una combinación de un terremoto y un tsunami. Varios miles de personas perecieron en la catástrofe. Aunque la mitad de Port Royal se hundió para siempre en el océano, el lugar acabaría recuperando su protagonismo como sitio donde fueron ahorcados varios piratas notorios y como base naval británica.
La isla de Providencia y la vecina Santa Catalina son islas situadas frente a la costa de Centroamérica que los piratas utilizaban por su ubicación estratégica, justo en medio de las rutas marítimas entre Cuba y Venezuela. La isla de Providencia contaba con un buen puerto, fácil de defender desde sus altos acantilados. Fue colonizada por primera vez por los ingleses a partir de 1630. Al igual que en otros lugares, se fomentaba la piratería, ya que traía comercio y servía como medio de defensa contra los ataques españoles. De hecho, las islas quedaron bajo control español desde 1641 hasta 1666, y no se liberaron por completo del dominio español hasta que sir Henry Morgan utilizó Providence como base para sus ataques contra Panamá en 1670 y 1671.
Los puertos de Providence y Newport, en Rhode Island, se utilizaron como refugios de piratas durante la segunda mitad del siglo XVII y las primeras décadas del XVIII. Acogieron a criminales tan infames como Barbanegra, Henry Every y Thomas Tew. Tras la instauración de un gobierno menos corrupto y más severo, Rhode Island perdió su atractivo para los piratas, especialmente tras una serie de juicios y ahorcamientos públicos.
Tortuga (Ile de la Tortue), situada en el noroeste de La Española (las actuales Haití y República Dominicana), recibió su nombre por el parecido de la isla con una tortuga cuando se observa desde lejos. La isla se convirtió en un refugio de cazadores de ganado y, posteriormente, en una importante base pirata a mediados del siglo XVII, cuando los bucaneros franceses la eligieron por su proximidad a las principales rutas marítimas regionales. La base contaba con la ventaja adicional de que disponía de abundante carne de ganado vacuno y porcino, introducida allí por los primeros colonos españoles, y, en caso necesario, los piratas podían replegarse a las montañas del interior, como hicieron cuando las fuerzas españolas atacaron desde Santo Domingo en 1630-1631, 1635 y 1638.
En 1642, las autoridades francesas de San Cristóbal nombraron gobernador de Tortuga a Jean Le Vasseur, un noble y talentoso ingeniero, pero este decidió actuar por su cuenta. Construyó una fortaleza equipada con más de 40 cañones y declaró la independencia de su colonia. Durante la década siguiente, Tortuga se convertiría en el refugio más importante de bucaneros y piratas del Caribe. Le Vasseur se hizo rico gracias a su generosa participación en todos los negocios piratas de su miniestado. Una fuerza española volvió a probar suerte en 1655, pero una flota inglesa rescató Tortuga, que acogió tanto a los colonos franceses como a los ingleses. Sin embargo, los piratas no se habían marchado y seguían sintiéndose atraídos por las ventajas de la base. Los franceses retomaron el control en 1665, pero se dieron cuenta de que los piratas constituían un excelente elemento disuasorio frente a los españoles, por lo que dejaron Tortuga prácticamente tal y como estaba, centrándose en cambio en colonizar la otra parte de La Española, Saint Domingue. François L’Olonais (1630-1668) utilizó Tortuga como base desde la que atacar Venezuela en 1667. La isla fue atacada repetidamente por las fuerzas francesas y españolas en la década de 1670, por lo que muchos piratas se trasladaron a Petit Goâve a finales de siglo, aunque unos pocos piratas permanecieron fieles a Tortuga hasta que las autoridades francesas prohibieron allí la piratería en 1713.
Los piratas también utilizaron otro sitio con un nombre similar como lugar de descanso y desde el que atacar a los buques mercantes: las Dry Tortugas, una serie de bancos de arena de los Cayos de Florida.
Cuando las autoridades, presionadas por las empresas legítimas y los armadores, cerraron refugios como Nueva Providencia en 1718, la piratería en el Caribe se volvió mucho más difícil, ya que no había ningún lugar donde vender los bienes robados. En la década de 1710, gobernadores coloniales como Woodes Rogers, en las Bahamas, fueron enviados desde Londres específicamente para acabar con la piratería en su jurisdicción. La nueva oleada de gobernadores en el Caribe y en las colonias de la costa este de América del Norte disponía tanto de la fuerza como de la tentación para cumplir su misión. La fuerza consistía en buques de guerra, informantes y la soga del verdugo, mientras que la tentación era un indulto real del rey Jorge I de Gran Bretaña (que reinó en 1714-1727) y la promesa de tierras y trabajo en las colonias.
Al Gobierno británico le preocupaba enormemente que la piratería estuviera tan extendida que estuviera ahuyentando a los colonos honrados de sus colonias y dejándolas tan despobladas que se convirtieran en una gran tentación para que las potencias extranjeras se apoderaran de ellas. Muchos piratas aceptaron el indulto, pero otros no, entre los que destacaban Jack Rackham, Charles Vane y Edward Teach; sin embargo, tales hombres tenían los días contados, y o bien la Armada Real o bien el verdugo acabarían con ellos muy pronto. Aunque algunos lugares sufrieron económicamente con la retirada de los piratas y el comercio que estos traían consigo, la mayor presencia de la Marina Real en el Atlántico, de la Compañía de las Indias Orientales en el océano Índico y la erradicación de los gobernadores corruptos o negligentes hicieron que la piratería se convirtiera en un medio de vida mucho más difícil a medida que avanzaba el siglo XVIII. Además, muchos bucaneros, piratas y contrabandistas se habían enriquecido tanto con la piratería que, para entonces, ya habían invertido sus ganancias en negocios legítimos y plantaciones. Las colonias ya no eran esos lugares sin ley al estilo del Salvaje Oeste que habían sido, ya que los puertos y las ciudades ganaron finalmente en prestigio y respetabilidad cuando se consolidaron firmemente las instituciones del derecho y la justicia. Estas colonias llegaron a parecerse cada vez más a las comunidades de los países de origen que habían enviado inicialmente a los colonos, y los piratas ya no molestaban a nadie, salvo a los escritores de ficción.