Los etruscos, que alcanzaron su apogeo en el centro de Italia entre los siglos VIII y III antes de Cristo, destacaban en la Antigüedad por sus suntuosos banquetes, sus fiestas en las que se bebía en abundancia y, en general, por su estilo de vida desenfadado. Aunque es probable que tales placeres se limitaran a la élite adinerada, en muchas pinturas murales de tumbas etruscas y en sarcófagos tallados se aprecian claras pruebas de la popularidad de esta práctica. Cabe la posibilidad de que los banquetes también tuvieran una finalidad política y que, por tanto, los gobernantes los utilizaran como una oportunidad para repartir un poco de alegría entre sus súbditos.
Las pinturas sugieren dos tipos de actividades sociales: banquetes en los que se servía comida y los comensales se recostaban en divanes de un solo brazo cubiertos con coloridas alfombras y almohadas, y fiestas en las que los participantes se sentaban en el suelo sobre esteras. En el arte etrusco temprano hay algunos ejemplos de comensales sentados en sillas erguidas, pero para el siglo VI antes de Cristo, la costumbre había cambiado a divanes bajos al estilo de los que se utilizaban en las fiestas o simposios griegos. Los asientos se disponían alrededor de las paredes de la sala para que todos los invitados pudieran verse entre sí mientras comían. La comida y el vino, servidos por esclavos, se colocaban sobre mesas bajas de tres patas situadas frente a cada comensal.
Los etruscos no solo eran agricultores consumados, sino también grandes comerciantes, que intercambiaban mercancías con todas las culturas mediterráneas de la época, desde Fenicia hasta el sur de España y el norte de África. En consecuencia, para quienes podían permitírselo, las mesas de los banquetes se habrían llenado hasta rebosar con todo tipo de alimentos exóticos, junto con los productos básicos de cosecha propia. Entre las carnes figuraban la ternera, el cordero, el cerdo, el ciervo, el jabalí, la liebre y las aves de caza. Había pescado (especialmente atún) y marisco en abundancia, enormes ruedas de queso de oveja, aceitunas, gachas, tortitas de pan, verduras, fruta, huevos, pasas y frutos secos. Los sabores se realzaban con la adición de hierbas, menta, miel, vinagre, pimienta y otras especias y, como etruscos también eran grandes exportadores de vino, tampoco habría escasez en ese aspecto.
Tal era la magnífica variedad de los banquetes etruscos que Diodoro Sículo, el historiador griego del siglo I antes de Cristo, escribió, con un toque de envidia en su desaprobación:
Puesto que habitan una tierra fértil en frutos de todo tipo y la cultivan con ahínco, disfrutan de una abundancia de productos agrícolas que no solo les basta para sí mismos, sino que, por su exceso, les lleva a un lujo y una indolencia desenfrenados. Dos veces al día disponen de mesas suntuosamente adornadas y dispuestas con todo lo que puede contribuir a una vida refinada; cuentan con manteles bordados con flores y beben vino de copas de plata, además de tener a su disposición un número considerable de esclavos. (Heurgon, 36)
Su contemporáneo, el historiador romano Tito Livio, confirma esta visión al describir a la élite etrusca como un grupo que dedicaba «la mayor parte de su tiempo libre a divertirse en festines de la más fastuosa envergadura» (Keller, 196).
Además de un buen banquete, habría músicos presentes para animar el ambiente tocando liras de carey, castañuelas y la flauta doble aulós. Parece que los comensales se vestían para la ocasión, ya que todos lucían ropas extravagantes, coloridas y de aspecto lujoso, con coronas de mirto en el pelo, y eso solo en el caso de los hombres; las mujeres llevaban todo eso y, además, joyas finas. En las fiestas en las que se bebía, un entretenimiento adicional era el juego griego del kottabos, en el que los bebedores intentaban lanzar los restos de vino a un jarrón situado al otro lado de la sala, a una persona que sostenía dianas de cerámica o incluso a un desventurado esclavo que pasara por allí.
Aunque solo el 2 % de las tumbas etruscas tenían las paredes interiores pintadas con escenas de la vida cotidiana y la mitología, la mayoría de ellas cuenta con al menos una zona dedicada a una escena de comida o bebida. La tumba de las Leonas de Tarquinia, construida entre 530 y 520 antes de Cristo y cuyo nombre puede llevar a confusión, cuenta en realidad con dos panteras pintadas y una gran escena de fiesta con bebida, y resulta interesante por su inusual techo con motivo a cuadros y sus seis columnas de madera pintadas. ¿Recrea esto la antigua costumbre de cubrir a los muertos con tiendas de campaña o simplemente muestra el gusto de los etruscos por comer al aire libre?
La tumba del Mono de Chiusi, construida entre 480 y 470 antes de Cristo, presenta otra escena de fiesta en la que se ve a una figura femenina bailando mientras mantiene en equilibrio un incensario sobre la cabeza, a fin de que sirva de blanco para que los bebedores jueguen al kottabos. La tumba de Golini en Orvieto (Volsinii) ofrece una rara visión entre bastidores: en una de sus paredes se muestran las cocinas con once esclavos, tanto hombres como mujeres, ocupados preparando la cena con carne y aves colgadas, listas para ser troceadas por un joven esclavo que hace las veces de carnicero. Otra figura está amasando o moliendo algo en un cuenco al son de la música de un flautista cercano.
Las escenas de banquetes también aparecen con frecuencia en los relieves etruscos de piedra que adornan los laterales de las urnas funerarias y los sarcófagos. Dos magníficos ejemplos proceden de Chiusi. Datados en los siglos VI y V antes de Cristo, respectivamente, ambos presentan escenas en las que los comensales se recuestan en divanes de un solo brazo mientras sostienen copas con pie, con grandes cráteras para mezclar vino, músicos e incluso un perro al fondo. Estas escenas festivas conviven alegremente con relieves más serios de escenas de luto en otros lados del mismo sarcófago. Por último, en ocasiones las placas moldeadas en terracota que se utilizaban para decorar edificios representan escenas de banquete muy similares a las ya descritas. Un ejemplo es una placa del siglo VI antes de Cristo procedente de Acquarossa, que, de nuevo, muestra comensales masculinos y femeninos, músicos y perros buscando sobras bajo las sillas.
En conjunto, estas escenas sociales ofrecen una perspectiva importante sobre la condición social de las mujeres etruscas, ya que ilustran que podían asistir a estos eventos cuando sus homólogas griegas no podían. Allí solo las cortesanas (hetairas) podían entretener a los invitados, pero las inscripciones de algunas escenas indican que las mujeres respetables participaban en pie de igualdad con los hombres en estas veladas etruscas. Esto resultaba bastante escandaloso para los escritores griegos, como se aprecia en este extracto de Ateneo, quien cita al escritor Teopompo, del siglo IV antes de Cristo, en su Banquete de los eruditos:
Ellas se sientan a la mesa no junto a sus propios maridos, sino junto a cualquiera de los invitados, e incluso brindan por la salud de quien les plazca. Además, son grandes bebedoras de vino y muy hermosas a la vista. (Heurgon, 34)
No podemos más que especular sobre el verdadero significado de los banquetes pintados. ¿Son representaciones del difunto en un momento feliz ya pasado o de los dolientes celebrando un banquete fúnebre en honor a su ser querido fallecido? ¿Podrían incluso ser una visión del más allá, donde la comida, la bebida y la alegría nunca cesan? El hecho de que se depositaran vajillas de cerámica bucchero con tazas, cuencos y utensilios, todos cuidadosamente colocados en una bandeja junto al difunto, así lo sugiere. Quizás nunca lleguemos a conocer realmente el vínculo entre el arte etrusco y la vida.
Una cosa está clara: el arte y la vestimenta etruscos recibieron la influencia de las culturas del Cercano Oriente y de Jonia, gracias a sus vínculos comerciales, por lo que parecería natural que también se hubieran adoptado las costumbres de los banquetes. Debemos tener en cuenta, además, que los banquetes podrían haber sido ocasiones importantes para que los gobernantes mostraran su generosidad ante el pueblo llano y se aseguraran de su apoyo continuado al statu quo. Se trataba de una práctica que se remontaba a la cultura villanovense de la Edad del Hierro en Etruria.
Sea cual sea la función de los banquetes, cuandoquiera que se celebraran y quienquiera que los disfrutara, de las pinturas se desprende claramente que los disfrutaban, pues rara vez se ha representado de forma tan vívida en el arte antiguo el puro placer de comer y beber. Los etruscos sabían cómo desinhibirse, de eso no cabe duda.