Andrew Johnson (1808-1875) fue el 17.º presidente de los Estados Unidos, que llegó de forma repentina al cargo en 1865, tras el asesinato de Abraham Lincoln. Demócrata sureño de carácter áspero, Johnson era partidario de poner fin cuanto antes a la Reconstrucción (en torno a 1863-1877), lo que lo enfrentó a los republicanos radicales, que controlaban el Congreso. Su oposición a la «Reconstrucción radical» lo llevó a un juicio político en 1868, del que se salvó por un solo voto. Tras dejar la presidencia en desgracia el 4 de marzo de 1869, planeó volver a la política nacional, pero murió el 31 de julio de 1875, poco después de ganar las elecciones al Senado de los Estados Unidos. Con frecuencia se lo sitúa entre los peores presidentes del país, incapaz de estar a la altura del momento decisivo de la Reconstrucción.

Johnson nació en la pobreza. De hecho, como recordaría más tarde un conocido, su vida fue «una lucha ascendente intensa, incesante y desesperada» (citado en Foner, 176). Nació en una cabaña de dos habitaciones en Raleigh, Carolina del Norte, el 29 de diciembre de 1808. Su padre, Jacob Johnson, murió cuando Andrew tenía solo tres años. Era un portero de hotel pobre y analfabeto, y cayó fulminado por un infarto después de salvar de morir ahogados a dos ricos huéspedes. Su madre, Mary «Polly» McDonough, quedó viuda y fue entonces el único sustento de la familia: trabajó sin descanso como lavandera para dar de comer a Andrew y a su hermano mayor, William (una tercera hija, Elizabeth, ya había muerto de bebé).

Quizá para aliviar su carga económica, Polly decidió poner a sus dos hijos de aprendices con James Selby, un sastre de la zona. Con solo 14 años, Andrew quedó obligado por contrato a trabajar en el taller de Selby hasta cumplir los 21. Mientras tanto, aprendió el oficio y llegó a dominarlo bastante bien. Muchas veces, mientras trabajaba, los vecinos entraban en la tienda y les leían a él y a los demás aprendices; así nació en él un amor por la lectura y el aprendizaje que le duraría toda la vida y que le serviría mucho en su desarrollo político. En 1826, Johnson, que tenía 17 años, se aburría en el taller de Selby. Él y William rompieron el contrato de aprendizaje y huyeron a New Carthage, en Carolina del Norte, donde empezaron a trabajar como sastres. Selby pidió su arresto por incumplimiento del contrato, lo que llevó a Johnson a volver con su madre. Poco después, toda la familia se mudó hacia el oeste y se instaló en Greeneville, Tennessee. Allí, Johnson abrió su propia sastrería delante de su casa. Conoció a Eliza McCardle, la hija de 16 años de un zapatero. Empezaron a cortejarse casi de inmediato y se casaron al poco tiempo. Eliza ayudó a su marido a completar su educación: le enseñó a leer, escribir y hacer cuentas, y le leía mientras trabajaba.

Johnson no tardó en ganarse a la comunidad de Greeneville. Los vecinos quedaron impresionados por su forma de hablar rústica y campechana, y por su condición de hombre hecho a sí mismo y autodidacta. Su taller se convirtió en un lugar de reunión para debatir de política, y Eliza lo animó a buscar un cargo público. En 1829, con 21 años, lo eligieron concejal y, pocos años después, alcalde de Greeneville. En 1835 lo eligieron para la Cámara de Representantes de Tennessee, y durante los ocho años siguientes forjó una carrera en la política estatal. Durante su paso por Nashville, la capital del estado, se forjó una reputación como defensor del hombre común y pobre. Se ganó el apoyo de los mecánicos, los artesanos y los agricultores rurales, que constituían el núcleo de su electorado. Su política se fue alineando cada vez más con la de los demócratas jacksonianos y, de hecho, hablaba a menudo a favor del Gobierno populista del presidente Andrew Jackson.

En 1843, Johnson ganó las elecciones a la Cámara de Representantes de los Estados Unidos y partió hacia Washington D. C. Tuvo que dejar a Eliza en casa, pues había contraído tuberculosis, una enfermedad que la había debilitado y le impedía viajar. Aun así, ella siguió apoyándolo desde lejos e incluso lo ayudaba a escribir sus discursos. En el Congreso, Johnson se puso siempre del lado del Partido Demócrata en los asuntos relacionados con la esclavitud y los derechos de los estados. Él mismo era propietario de esclavos: compró a su primera persona esclavizada, una niña de 14 años llamada Dolly, el mismo año en que llegó al Congreso. En aquella época creía que los esclavos eran propiedad personal y que, por ese motivo, la Constitución de los Estados Unidos prohibía a los gobiernos federal y estatales abolir la esclavitud.

Apoyó las políticas expansionistas del «destino manifiesto» de los demócratas, entre ellas la guerra mexicano-estadounidense (1846-1848), aunque personalmente no soportaba al presidente James K. Polk y a menudo discutía con él. En general, Johnson apoyó el Compromiso de 1850, que permitiría a California entrar en la Unión como estado libre; sin embargo, se opuso a la cláusula que prohibía la esclavitud en Washington D. C. En 1852 perdió su escaño en el Congreso, cuando sus opositores lograron, mediante el fraude electoral, que su distrito desapareciera. Al principio, Johnson se desanimó y se lamentó de que su carrera había terminado.

Sin embargo, se recuperó enseguida, pues al año siguiente lo eligieron gobernador de Tennessee. De vuelta en Nashville, descubrió que el cargo lo dejaba como poco más que una figura decorativa, sin autoridad real. Aun así, aprovechó la poca influencia que tenía para impulsar las bibliotecas públicas e implantar el primer sistema de escuelas públicas de Tennessee. En 1856 regresó al Congreso, esta vez como senador de los Estados Unidos. Una vez más acató la línea del Partido Demócrata: defendió la rebaja de aranceles y se opuso a las medidas antiesclavistas.

Para entonces, el país se precipitaba hacia la guerra civil; la cuestión de la esclavitud había dividido la nación por regiones y había enfrentado a los «estados libres» del Norte con los «estados esclavistas» del Sur. Aunque Johnson era sureño y también esclavista, era además un unionista convencido y se estremecía ante la mera idea de que los estados esclavistas pudieran separarse y formar su propio país. En diciembre de 1859, tras el ataque de John Brown a Harpers Ferry, Johnson pronunció un discurso en el pleno del Senado en el que reprendió a los norteños y a los abolicionistas por negarse a transigir en la cuestión de la esclavitud y culpó a su intransigencia de la crisis que se avecinaba.

Las tensiones siguieron aumentando hasta noviembre de 1860, cuando el candidato del nuevo Partido Republicano antiesclavista, Abraham Lincoln, ganó las elecciones presidenciales. Esto desencadenó el llamado «invierno de la secesión» de 1860-1861, durante el cual siete «estados esclavistas» se separaron de la Unión y declararon su independencia como Estados Confederados. Johnson se opuso con vehemencia a la secesión y se horrorizó al saber que su estado natal se planteaba unirse a la Confederación. En la primavera de 1861 volvió a Tennessee para argumentar en contra de la secesión. Su postura a favor de la Unión le valió numerosas amenazas de muerte, y a menudo tenía que pronunciar sus discursos con una pistola sobre el atril, por si lo atacaban. A pesar de sus esfuerzos, Tennessee votó a favor de la secesión y se unió a la Confederación en junio de 1861. A diferencia de otros muchos políticos sureños que, aunque en un principio hubieran sido unionistas, siguieron siendo leales a su estado, Johnson se negó a aceptar la decisión de Tennessee y permaneció desafiante en el Senado de los Estados Unidos.

Su postura unionista intransigente lo convirtió en un héroe para los republicanos y los norteños. Pasó el invierno de 1861 abogando por una acción militar para recuperar su estado natal y se sintió satisfecho la primavera siguiente, cuando las fuerzas de la Unión ocuparon gran parte del centro y el oeste de Tennessee y capturaron Nashville. En marzo de 1862, el presidente Lincoln nombró a Johnson gobernador militar de Tennessee y le encargó la administración de las zonas del estado ocupadas por la Unión. Cuando Johnson aceptó, los confederados tomaron represalias: se apoderaron de sus tierras, confiscaron a sus esclavos y convirtieron su casa en un hospital militar.

Johnson se dispuso a suprimir la influencia confederada en Tennessee. Exigió a los funcionarios públicos que juraran lealtad a la Unión, cerró los periódicos partidarios de la Confederación y trabajó en la fortificación de Nashville. A pesar de su lealtad a la Unión, Johnson no era en absoluto abolicionista; de hecho, había convencido a Lincoln de que eximiera a Tennessee de la Proclamación de Emancipación de 1863, que liberaba a los esclavos de todos los demás estados rebeldes. Sin embargo, acabó comprendiendo que había que acabar con la esclavitud si se quería derrotar algún día a la Confederación, y apoyó a regañadientes los esfuerzos por reclutar a antiguos esclavos para el ejército de la Unión.

En la antesala de las cruciales elecciones presidenciales de 1864, que muchos consideraban que decidirían literalmente el desenlace de la guerra, Johnson se incorporó a la candidatura de Lincoln como compañero de fórmula. Como era sureño y demócrata, se creía que su presencia calmaría las inquietudes de los copperheads del Norte, que quizá temieran que Lincoln y los republicanos se estuvieran volviendo demasiado radicales. Además, la presencia de Johnson en la candidatura reforzaría, con suerte, el mensaje de unidad nacional que la administración de Lincoln quería transmitir.

Esta coalición entre Lincoln y Johnson, conocida como Partido de Unión Nacional, ganó las elecciones en noviembre de 1864 al derrotar al candidato demócrata, George B. McClellan. Su victoria selló prácticamente el destino de la Confederación, que había contado con una presidencia de McClellan como única forma de evitar la rendición incondicional. Johnson asumió como vicepresidente el 4 de marzo de 1865. La noche anterior se había emborrachado de forma escandalosa en una fiesta en su honor. Todavía con una terrible resaca, pronunció un discurso largo, divagante e incoherente que escandalizó y avergonzó a sus aliados.

Johnson llegó de forma inesperada a la presidencia el 15 de abril de 1865, la mañana en que Lincoln murió a causa de un disparo de John Wilkes Booth, un actor de teatro simpatizante de la Confederación. Johnson, que también había sido objetivo de la conspiración de Booth pero había salido ileso, estaba junto a la cama de Lincoln cuando este murió a las 7:22 de la mañana, y prestó juramento como presidente unas horas después. Los miembros del gabinete, muchos de los cuales lo habían visto por última vez borracho durante la ceremonia de asunción, se sorprendieron por su actitud, que describieron como solemne y digna. Johnson celebró su primera reunión de gabinete ese mismo día y decidió mantener el gabinete de Lincoln. Los días siguientes fueron un torbellino. Johnson presidió las ceremonias fúnebres de Lincoln en Washington D. C. y recibió la noticia de que se había rendido el último gran ejército confederado. La guerra de Secesión había terminado, pero aún quedaba la tarea de reconstruir la nación. Todas las miradas se volvieron hacia Johnson en busca de liderazgo.

Al principio, muchos republicanos se mostraron optimistas ante una presidencia de Johnson. Creían que no solo continuaría la obra que Lincoln había iniciado, sino que también concedería el derecho al voto a los antiguos esclavos (liberados por la Decimotercera Enmienda) y castigaría al Sur; al fin y al cabo, se trataba de un hombre que en su día había dicho que la traición «debe hacerse odiosa, y los traidores deben ser castigados y empobrecidos» (citado en White, 35). Sin embargo, enseguida quedó claro que las opiniones de Johnson sobre la Reconstrucción eran muy distintas de las de los republicanos radicales.

Johnson compartía con su predecesor la convicción de que la secesión era inconstitucional y de que los estados del Sur nunca habían salido realmente de la Unión. Por eso creía que el proceso de Reconstrucción debía ser lo más rápido e indoloro posible. Ofreció a los antiguos estados confederados vías indulgentes para volver a la Unión que no les exigían conceder el derecho al voto ni los derechos civiles a las personas liberadas. Johnson consideraba que la cuestión del sufragio debía dejarse en manos de los estados y, además, opinaba que los estados del Norte, muchos de los cuales todavía no concedían el voto a los libertos, no tenían derecho alguno a obligar al Sur a hacerlo. También ofreció amnistía a cualquier exconfederado cuyas propiedades valieran menos de 20.000 dólares. Esto reflejaba su creencia de que la aristocracia esclavista había engañado al sureño blanco pobre para que se rebelara contra el Gobierno federal.

El indulgente programa de Reconstrucción de Johnson, un período que más tarde se conocería como «Reconstrucción presidencial», enfureció a los republicanos del Congreso, que creían que había que castigar al Sur y que los antiguos esclavos necesitaban protección y ayuda federales para hacer realmente la transición a la libertad. Sin embargo, durante meses no pudieron hacer nada, pues el Congreso no volvería a reunirse hasta diciembre. Durante ese tiempo, los antiguos estados confederados aprovecharon la indulgencia de Johnson para reafirmar su poder.

Eligieron a exconfederados para el Congreso y trataron de limitar los derechos civiles de las personas liberadas mediante los Códigos Negros. Aprobados por prácticamente todos los antiguos estados confederados entre 1865 y 1866, los Códigos Negros resucitaron viejas leyes contra la vagancia para restringir la libertad de movimiento de los estadounidenses negros, y los obligaban a contratarse como jornaleros agrícolas o a enfrentarse a la cárcel. Muchos republicanos se indignaron ante los Códigos Negros, que consideraban esclavitud con otro nombre, pero con el plan de Reconstrucción de Johnson no se podía hacer nada. En esa misma época también empezaron a surgir grupos terroristas supremacistas blancos, como el Ku Klux Klan, que aterrorizaban a los votantes y a las comunidades negras.

Cuando el Congreso volvió a reunirse, los republicanos sabían que debían actuar deprisa para no perder la ventaja que habían obtenido al ganar la guerra. Se negaron a admitir a los congresistas sureños recién elegidos y crearon un Comité Conjunto para supervisar su propio plan de Reconstrucción. Johnson se indignó, pues consideraba que aquello era una usurpación de su autoridad presidencial. Trató de frustrar esta nueva fase de la Reconstrucción, la «Reconstrucción radical», vetando dos medidas del Congreso destinadas a proteger las libertades de los negros. Sin embargo, sus vetos solo lograron profundizar la división partidista y volvieron en su contra tanto a los republicanos moderados como a los radicales.

El Congreso anuló ambos vetos, y las leyes, la Ley de Derechos Civiles de 1866 y una prórroga de la ley de la Oficina de Libertos, entraron en vigor. El Congreso aprobó también la Decimocuarta Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos, que garantizaba la ciudadanía a todas las personas nacidas en suelo estadounidense y les otorgaba igual protección ante la ley. Johnson se opuso a la enmienda, pero fue en vano: la ratificó el número necesario de estados, entre ellos su estado natal, Tennessee.

En respuesta a este desafío del Congreso, Johnson pasó a la ofensiva. Emprendió una gira de 18 días por el Medio Oeste en la antesala de las elecciones de mitad de mandato de 1866, en la que defendió sus acciones y arremetió contra sus adversarios republicanos radicales. Esta gira, que el campechano Johnson llamó «gira circular», resultó un fracaso rotundo: Johnson pronunció discursos autocomplacientes, a veces se comparó con Jesús y con frecuencia se enzarzó en discusiones indignas con quienes lo abucheaban. Al final, los republicanos arrasaron en las elecciones y mantuvieron el control del Congreso.

En enero de 1867, el líder republicano radical Thaddeus Stevens presentó un proyecto de ley para instaurar la ley marcial en el Sur, disolver los Gobiernos estatales y reorganizarlos en cinco distritos militares. Esto desembocó en las Leyes de Reconstrucción, que el Congreso puso en marcha el 2 de marzo de 1867 pese al veto de bolsillo de Johnson. Irónicamente, al intentar acelerar el fin de la Reconstrucción, Johnson la había alargado sin querer y había agravado la división partidista.

El mismo día en que aprobó las Leyes de Reconstrucción, el Congreso aprobó también la Ley de Permanencia en el Cargo, que restringía el derecho del presidente a destituir a ciertos funcionarios sin la aprobación del Congreso. Esta ley nació como respuesta directa a los rumores de que Johnson pensaba despedir a algunos miembros de su gabinete que apoyaban la Reconstrucción radical. Ya furioso por el poder que estaba perdiendo en favor del Congreso, Johnson decidió desafiar a los republicanos a cumplir su amenaza y despidió al secretario de Guerra, Edwin M. Stanton, un estrecho aliado de los republicanos radicales.

Sin embargo, en lugar de desenmascarar el farol de los republicanos, había caído de lleno en su trampa, pues el Congreso empezó de inmediato a preparar el proceso de juicio político contra el presidente. Nunca antes se había sometido a juicio político a un presidente, y muchos estadounidenses se preguntaban qué significaría aquello para el futuro de la nación. Los republicanos se alegraron ante la idea de que Johnson pudiera ser destituido y sustituido por alguien más favorable a la Reconstrucción radical, mientras que los partidarios de Johnson creían que el Congreso intentaba anular el poder del presidente y asumir poderes dictatoriales.

El 24 de febrero de 1868, la Cámara de Representantes de los Estados Unidos aprobó el juicio político contra Johnson por 128 votos contra 47, al alegar que había violado la Ley de Permanencia en el Cargo. El 5 de marzo comenzó el juicio en el Senado, presidido por el presidente del Tribunal Supremo, Salmon P. Chase; si se declaraba culpable a Johnson, sería destituido. La acusación argumentó que, al despedir a Stanton y nombrar a su propio candidato para el cargo, Johnson había abusado de su poder ejecutivo y había negado la autoridad del Congreso.

La defensa sostuvo que Johnson no había violado la Ley de Permanencia en el Cargo, que, según alegaba, solo se aplicaba a los funcionarios nombrados por el gobierno en ejercicio; como Lincoln había nombrado a Stanton, Johnson no había hecho nada malo. Además, la defensa argumentó que debía permitirse al presidente poner a prueba la constitucionalidad de las leyes del Congreso sin temor a un juicio político. Al final, Johnson fue absuelto, porque a la acusación le faltó un voto para alcanzar la mayoría de dos tercios necesaria para lograr la condena. Se dice que el presidente lloró al conocer el resultado.

Pero, aunque Johnson había salvado el resto de su mandato, su eficacia como líder quedó arruinada. El Congreso seguía controlado por los republicanos radicales, que lo odiaban, y el juicio político había empañado su reputación. Aunque seguía siendo muy popular entre los exconfederados y los blancos pobres del Sur, Johnson no logró que lo volvieran a nominar en la Convención Nacional Demócrata de julio de 1868.

Pasó los últimos meses de su presidencia luchando contra la Reconstrucción radical y concediendo nuevos indultos a antiguos rebeldes. El día de Navidad de 1868 concedió su indulto más amplio hasta la fecha, que incluso otorgó amnistía al expresidente confederado Jefferson Davis. El 3 de marzo de 1869, último día de su presidencia, ofreció una gran recepción pública en la Casa Blanca y se negó a asistir a la ceremonia de investidura de su sucesor, Ulysses S. Grant.

Tras dejar Washington en 1869, Johnson regresó a Greeneville, donde lo agasajaron sus amigos y vecinos. Sin embargo, este regreso pronto se amargó, pues su hijo Robert se suicidó ese mismo año. Abatido por la muerte de Robert e inquieto en la pequeña Greeneville, Johnson quiso volver a la política nacional y reconstruir su reputación. En 1875 ganó las elecciones al Senado de los Estados Unidos y regresó a la capital del país.

Para entonces, la Reconstrucción se acercaba a su fin: los ciudadanos estadounidenses se cansaban de la ocupación militar del Sur por parte de los republicanos, mientras que la popularidad del gobierno del presidente Grant decaía por las dificultades económicas y los escándalos de corrupción. El momento parecía propicio para el regreso de Johnson a la política. Sin embargo, el destino intervino. El 31 de julio de 1875, apenas unos meses después de volver a la política, Johnson murió de un derrame cerebral a los 66 años. Con frecuencia se lo recuerda como uno de los presidentes más débiles e ineficaces del país, incapaz de estar a la altura del momento crítico de la Reconstrucción.