Mahmud II fue uno de los sultanes más influyentes del Imperio otomano. Fue un reformista radical que trató de implementar cambios de índole militar y gubernamental para prevenir el colapso de su imperio. La disolución de los jenízaros, la creación de nuevas instituciones gubernamentales y nuevas medidas relacionadas con la vestimenta y el aspecto físico fueron cambios radicales en la sociedad y ejército otomanos, razón por la cual también se le conoció como «el sultán infiel». Sentó las bases de la estructura estatal moderna no sólo mediante reformas militares, sino también a través de otras medidas como la introducción del censo poblacional, el primer periódico oficial (Takvim-i Vekayi), la creación de ministerios modernos (del Interior, de Asuntos Exteriores, etc.) y la modernización de la burocracia.
La era en la que nació Mahmud II (1785-1839) fue un periodo de crisis para el Imperio otomano: además de la precariedad económica, los turcos se encontraban en un estado de colapso militar, y ya no existía rastro alguno de sus antiguos días de gloria. Por aquel entonces, los ejércitos occidentales se habían desarrollado en tácticas y tecnología, mientras que el sistema militar otomano se había quedado obsoleto. En consecuencia, se perdieron vastos territorios a manos de los imperios ruso y austríaco a causa de las constantes derrotas contra ellos. El Estado otomano trató de solucionar este problema de varias maneras: algunos estadistas suscribían la necesidad de antiguas formas de administración, en parte por la nostalgia de un pasado en el que el Estado funcionaba con mayor eficacia; otros creían que la solución no era mirar al pasado, sino adaptarse a los tiempos.
El tío de Mahmud, Selim III (reinó desde 1789 hasta 1807), fue uno de los gobernantes otomanos más reformistas. Para revertir el declive de su imperio, Selim III no sólo acometió reformas, sino que además constituyó un ejército moderno y al estilo de otras naciones europeas, llamado Nizam-ı Cedid, que significa «orden nuevo». Sin embargo, esta decisión provocó reacciones muy negativas por parte de los jenízaros (tropas de élite del Ejército otomano), cuyos intereses se veían en peligro al percibirla como una disolución o sustitución de los mismos. Los defensores de este viejo orden apoyaron a Kabakçı Mustafa (1770-1808), lo cual obligó a Selim a abdicar y ceder el trono a su primo más conservador, Mustafá IV (1779-1808). Mientras Selim III vivía confinado en su palacio, los notables provinciales (ayan), como Alemdar Mustafa Pachá (1765-1808), marcharon hacia Constantinopla para intentar rescatar a Selim. Kabakçı, un soldado que había conseguido ascender en el ejército y llegó a formar parte de altos cargos del Estado al haber instalado a Mustafá IV en el trono, fue capturado en un ataque repentino por parte de las tropas de Alemdar y posteriormente decapitado.
Alemdar pretendía restaurar al sultán reformista Selim III en el trono. Mientras las tropas de Alemdar trataban de forzar las puertas del palacio, Mustafá IV pensó que si tanto Selim III como Mahmud (con 23 años por aquel entonces) morían, no habría ninguna alternativa para asegurar la continuidad de la dinastía otomana, y consecuentemente, las tropas de Alemdar no se atreverían a matarle. Ordenó una búsqueda por todo el palacio para encontrarles. Se acababa el tiempo.
Cuando los soldados de Alemdar irrumpieron en el palacio, los verdugos, bajo órdenes de Mustafá IV, ya mataron a Selim III nada más capturarle. La situación, no obstante, discurrió de otra manera para Mahmud: Cevri Kalfa, una de las concubinas del palacio, arrojó ceniza a los rostros de los soldados que pretendían asesinar a Mahmud. La confusión le concedió a Mahmud el tiempo necesario para escapar y consiguió esconderse en el tejado del palacio; de este modo, el próximo sultán otomano consiguió sobrevivir por los pelos. Si Cevri Kalfa no hubiera estado allí, ¿quién podría decir cómo habría cambiado el curso de la historia?
Tras sobrevivir a estas circunstancias tan peligrosas, el reinado de Mahmud II estaba destinado a ser, sin duda, difícil. Cuando ascendió al trono, todavía se libraban en Europa las guerras de Coalición. La Sublime Puerta (denominación empleada para referirse al Gobierno otomano) se había aliado, tradicionalmente, con Francia, lo cual la enemistó con Reino Unido y Rusia. Consecuentemente, el Imperio otomano fue a la guerra con ambas naciones, y mientras que en 1809 se firmó la paz con el Reino Unido, el conflicto con la Rusia zarista duró hasta 1812.
Cuando Mahmud subió al trono, la Sublime Puerta era incapaz de gobernar casi cualquier territorio dentro de sus vastas fronteras. Todo se había descontrolado. Alemdar, quien ahora ostentaba el cargo de gran visir, tenía un plan para revivir al imperio. Invitó a Constantinopla a los notables provinciales más poderosos y el 29 de septiembre de 1808 se firmó el Sened-i Ittifak («Pacto de Alianza»), un tratado que limitaba los poderes del sultán. Por ende, los notables provinciales reconocían la autoridad absoluta del sultán, y el sultán la autoridad de los notables. Algunos historiadores han equiparado este documento con la Carta Magna inglesa de 1215.
Mahmud nunca apoyó al hombre que le concedió su trono y que limitó su poder. Tampoco quería tener ninguna deuda con Alemdar o verse obligado a compartir el poder con nadie. No mucho tiempo después, antes incluso de que concluyera 1808 (el año de su ascenso al trono), los jenízaros se alzaron contra Alemdar con el objetivo de reinstaurar a Mustafá IV en el trono. Mahmud, por su parte, no intervino en este conflicto entre los jenízaros y Alemdar. Mientras escapaba de ellos, Alemdar acabó en un almacén de pólvora. Al darse cuenta de que no había escapatoria, le prendió fuego, y la explosión se llevó por delante al gran visir y a varios cientos de jenízaros. Posteriormente, Mahmud ordenó la ejecución de Mustafá IV, tras la cual se convirtió en el único heredero al trono otomano.
El reinado de Mahmud II no iba a ser sencillo y, de hecho, estuvo plagado de revueltas; sus rivales no sólo se encontraban en Constantinopla, sino también en varias regiones de su imperio. Las ideas nacionalistas comenzaron a propagarse como una identidad política, en gran medida debido a la Revolución francesa, y el Imperio otomano, al igual que el austríaco, contaba con diversas etnias y naciones dentro de sus fronteras. El Estado otomano atravesaba una gran crisis y había perdido el control de la mayoría de sus provincias. La presión ejercida por parte de los jenízaros sobre el sultán, así como el gobierno arbitrario que desempeñaban los notables provinciales, denotaban la debilidad del Estado.
Serbia se alzó en rebelión en 1804 para conseguir su independencia de la Sublime Puerta. Como el Imperio otomano estaría en guerra contra Rusia desde 1806 hasta 1812, se vio obligado a combatir simultáneamente en dos frentes y dispersar sus tropas a lo largo de ambos. Cuando Napoleón invadió Rusia en 1812, se firmó un tratado de paz entre los otomanos y Rusia, mientras que, en 1813, los turcos consiguieron desplegar sus tropas en el frente serbio y derrotar al líder de la rebelión, Karađorđe (1762-1817). Los esfuerzos de uno de los rivales de Karađorđe, Miloš Obrenović (1780-1860), fueron recompensados por asegurar la sumisión local con su nombramiento como gran knez («gran duque») del distrito de Šumadija, en Serbia central (Shaw, 14).
La primera insurrección serbia (1804-1813) fue un fracaso que muchos serbios no estuvieron dispuestos a aceptar. Miloš Obrenović, ahora gran knez, observó que muchos serbios seguían resistiéndose al dominio otomano, lo cual lo llevó a rebelarse contra los turcos una vez más. No obstante, hacia el año 1817, Miloš se percató de que obtener la independencia no iba a ser tan fácil y comenzó a negociar con el Gobierno otomano para conseguir la autonomía de Serbia. Dicha autonomía no se reconoció oficialmente hasta el tratado de Edirne (1829); si bien no se había logrado la independencia, se habían dado los primeros pasos.
El nacionalismo tuvo un papel importante en el estallido de la rebelión griega. Una sociedad secreta llamada Filiki Eteria («Sociedad de Amigos»), fundada en Odesa en 1814, trajo las ideas de libertad y de Estado-nación a Grecia, procedentes de la Revolución francesa. El movimiento de la Megali Idea («Gran Idea»), cuya meta era la resurrección de la antigua civilización griega y del legado bizantino (oséase, establecer un gran Estado griego con su centro en Constantinopla), se convirtió en el móvil fundamental de la rebelión, así como un Estado que los propios griegos pudieran gobernar.
Mientras Mahmud trataba de restablecer el control centralizando las provincias en las que la autoridad del sultán se había erosionado, Ali Pachá de Yánina (1740-1822), el poderoso gobernador de Yánina (ciudad griega), creó un Estado con su propio ejército dentro de otro Estado. Mahmud lo destituyó tanto a él como a sus hijos de sus cargos con el propósito de eliminar su gran influencia en Grecia. Esta decisión incitó una rebelión por parte del gobernador en 1820, sublevándose este contra su propio Estado.
Mientras el ejército otomano estaba ocupado con Ali Pachá, en la Filiki Eteria se consideraba que esta era la mejor oportunidad para hacerse con la independencia, y comenzaron su propia rebelión en el Peloponeso en el año 1821. Ahora, había dos rebeliones con las que lidiar al mismo tiempo. Después de que los otomanos hubieran matado a Ali Pachá en 1822, el ejército turco intentó poner fin a la revuelta del Peloponeso; sin embargo, la situación se encontraba en punto muerto. El sultán Mahmud le pidió ayuda al gobernador de Egipto, Kavalalı Mehmet Ali Pachá (1769-1849), quien envió a su hijo, Ibrahim Pachá, con una flota para asistir a los ejércitos de la Sublime Puerta. Todo ello, estipuló Kavalalı, estaba bajo condición de que, si conseguía aplastar la rebelión, se le concedería el gobierno de las regiones de Creta y el Peloponeso. Capturó Navarino con una flota constituida por 25 naves en marzo de 1825, con un asedio tanto por tierra como por mar. Tal y como apunta el historiador Shaw:
En cualquier sentido práctico, la revolución griega se había acabado. Con Ali Pachá de Yánina muerto y los serbios amedrentados, Mahmud II había conseguido restablecer un control centralizado en la mayoría de su imperio.
(Shaw, 19)
No obstante, aunque Mahmud consiguió sofocar la rebelión, las potencias occidentales como Francia, Reino Unido y Rusia decidieron que Grecia debería permanecer dentro del Imperio otomano y ser un principado vasallo. Para que esto sucediera, se destruyó la flota egipcia-otomana en Navarino sin ningún tipo de declaración de guerra o advertencia previa. En 1828, Rusia libró la guerra contra los otomanos en el Cáucaso y en los Balcanes, con ejércitos que avanzaron hasta Edirne. Aunque el tratado de Edirne de 1829 enfiló a Grecia en su sendero hacia la soberanía, no fue hasta el Protocolo de Londres de 1830 que Grecia fue reconocida como un Estado plenamente independiente, constituido como un reino más tarde en 1832.
Resultaba evidente que tanto el Ejército como el Estado otomano requerían reformas urgentes. Sin embargo, se consideraba a los jenízaros como uno de los mayores obstáculos para la Sublime Puerta a la hora de implementarlas. Eran obstinadamente conservadores y no tenían ningún deseo de que se modificase el sistema existente. Aunque en su época fueron una fuerza poderosa y competente en los gloriosos días del Imperio otomano, el devenir del tiempo había vuelto obsoletos a los jenízaros y se habían convertido en un gasto innecesario para las finanzas del Estado.
Si Mahmud quería reformar el Estado otomano, tendría que deshacerse de ellos. Ya hubo, no obstante, otros sultanes turcos que intentaron hacer lo mismo y acabaron asesinados; el destino de Selim III era un poderoso recordatorio. Mahmud no estaba dispuesto a repetir los mismos errores que su tío: hasta 1826, estuvo obligado a conformarse con un compromiso tanto con los jenízaros como con los ulemas (la clase social responsable de asuntos educativos y judiciales). Para debilitar y despojar de su poder e influencia a estas instituciones y a sus miembros, nombró a personas que ocupasen cargos esenciales dentro de las mismas; personas que, o bien fueran leales al propio sultán, o bien fueran sumamente incompetentes. Al contrario que Selim, Mahmud optó por ejecutar sus planes en secreto y con una paciencia inmensa, en vez de hacerlos públicos. Tuvo que esperar hasta el verano de 1826 para dar el paso, ya que sabía que sólo iba a tener una única oportunidad para triunfar y no quería acabar como su tío.
En vez de crear un ejército aparte, como Selim III, Mahmud decidió crear una fuerza auxiliar, conocida como «Eşkinci», desde las propias filas de los jenízaros. Mahmud completó las preparaciones y aguardó la rebelión hasta que, el 15 de junio de 1826, los efectivos jenízaros, descontentos ante esta situación, se sublevaron. Era justamente lo que Mahmud II esperaba: dispuso las circunstancias propicias para un alzamiento y, una vez iniciado, podría acabar por fin con los jenízaros. La estrategia de Mahmud se describió de tal forma: «como un maestro cirujano que madura un forúnculo con un cataplasma, antes de realizar la incisión final» (Beydilli).
En una sangrienta masacre, los insurgentes fueron silenciados en sus barracones, situados en Et Meydanı, con el uso de artillería leal al sultán. Sus barracones fueron quemados o demolidos. La resistencia en otras provincias, donde muchos jenízaros estaban apostados en la guarnición de fortalezas, también fue rápidamente sofocada.
(Kreiser, 325).
Entonces comenzó una persecución a escala total: mataban a los jenízaros donde quiera que les vieran, y erradicaron sistemáticamente cualquier rastro de los mismos. Se procedió a la demolición de su cuartel general y a la quema de sus uniformes; se disolvió, incluso, la banda Mehter (su banda militar) y sus respectivas composiciones musicales también se quemaron. Así se eliminó a uno de los mayores obstáculos que evitó la aplicación de reformas en el Imperio otomano durante siglos. Por esta razón, este acontecimiento pasaría a la Historia como el «Incidente Afortunado».
Mahmud introdujo cambios radicales en su Estado, al igual que el zar ruso Pedro el Grande (reinó entre 1682 y 1721), el cual vivió un siglo antes que el sultán. En Rusia, el cuerpo militar de los streltsy, similares a los jenízaros, fue abolido y reemplazado con un ejército nuevo. Siguiendo los mismos pasos, Mahmud disolvió el cuerpo de jenízaros y estableció en su lugar un ejército de estilo europeo conocido como Asakir-i Mansure-i Muhammediye («Los soldados victoriosos de Mahoma») (Shaw, 23). Asimismo, hubo cambios en lo que respecta a la vestimenta y apariencia; concretamente, el largo de bigotes y barbas se reguló de modo que no excediera dos dedos de grosor (Beydilli). Tras la disolución de los jenízaros en 1826, los turbantes y demás prendas antiguas para la cabeza se prohibieron por completo, al estar relacionados con estas antiguas tropas; en su lugar, se introdujo el gorro fez. Esta reforma, la cual comenzó en el Ejército, se extendió a los funcionarios mediante un edicto emitido en 1829. Otras prendas tradicionales, como los pantalones holgados (şalvar) y los turbantes (kavuk) fueron sustituidos por pantalones, chaquetas (levitas) y botas de cuero negro, conforme al estilo occidental. Todas las clases de la sociedad otomana estaban obligadas a ceñirse a estos ajustes. Con estas reformas, Mahmud trató de crear un «único ciudadano otomano» al ocultar la religión, secta y estado social del individuo.
Al mismo tiempo, se llevaron a cabo reformas administrativas: los poderes previamente ejercidos por funcionarios y agentes del Estado se transfirieron a ministerios, de forma que se fundamentaron las bases para las instituciones turcas que han existido hasta día de hoy. Aquí se incluyen el Ministerio del Interior, el de Asuntos Exteriores, el de Justicia, el de Finanzas y el Consejo de Ministros. Asimismo, para promover y dar a conocer estos cambios, Mahmud fundó el Takvim-i Vekayi, el boletín oficial del Estado. Además, se realizó el primer censo moderno del Imperio otomano en esta época.
Si el Imperio deseaba sobrevivir, también era primordial resolver la cuestión educativa. En 1824, el sultán introdujo la educación primaria obligatoria para niños y niñas en Constantinopla. Era obvio que los métodos educativos tradicionales ya no eran eficaces y que se necesitaba un sistema educativo nuevo y más secular. Mientras que las escuelas tradicionales no sufrieron cambios, se conformó un nuevo sistema educativo que comprendía aritmética, ciencia y lenguas extranjeras. A ello se sumó, no obstante, otro problema: la falta de profesores cualificados para educar a la nueva generación de jóvenes. Para resolver este dilema, Mahmud envió a estudiantes con talento al extranjero, y al completar sus estudios, estas personas volvieron y se les otorgó cargos importantes dentro del Estado.
El historiador N. Berkes lo resume de esta forma:
También fue él quien propició los primeros cambios en las vidas de los moradores palaciegos. Al igual que sus monarcas europeos coetáneos, fue él quien se aventuró más allá de la capital, viajó, se subió a barcos de vapor e incluso se interesó por el aprendizaje de lenguas extranjeras. Estos comportamientos le valieron que ciertos sectores de la población le considerasen como un sultán «semejante a los infieles». Fue él quien se abstuvo de un reinado arbitrario, compuesto (entre otras cosas) por la confiscación de propiedad y por ordenar ejecuciones, un legado que había persistido como hábito de gobierno en sultanes anteriores.
(Berkes, 173).
El jedive de Egipto había enviado a sus tropas en 1824 para apoyar al Ejército otomano contra la rebelión griega. Sin embargo, la campaña fue desastrosa tras la destrucción de toda su flota y la muerte de miles de sus soldados en la batalla de Navarino. En 1831, el jedive egipcio, Mehmed Ali Pachá, exigió al sultán Mehmet los eyalatos (gobernaciones) de Siria, Creta y Adana como compensación por sus pérdidas. La respuesta del sultán fue una negativa rotunda. Mehmed Ali Pachá, que no estaba dispuesto a aceptar un «no» por respuesta, ordenó a su hijo, Ibrahim Pachá, que se hiciera con el control de Palestina y Siria. Posteriormente, derrotó a un ejército otomano en 1832 en la ciudad de Konya, situada en el corazón de Anatolia. El sultán Mahmud, ante una situación tan crítica ya que el ejército egpicio se dirigía a Constantinopla, accedió a las reivindicaciones de Mehmet Ali; asimismo, también le concedió el control de Yidda. El gobernador provincial había conseguido derrotar al sultán.
Pese a este fracaso, Mahmud no estaba dispuesto a aceptar la derrota sin más. ¿Cómo podía un gobernador derrotar al mismísimo sultán? En 1839, había llegado el momento para un ajuste de cuentas: se emprendió una campaña militar para hacer frente al jedive egipcio. El 24 de junio de 1839, los dos ejércitos se enfrentaron en Nezib, y el resultado fue una catástrofe total para las fuerzas otomanas: la mayoría de los soldados habían muerto y solo unos cuantos pudieron escapar. Mientras tanto, el almirante Ahmed Fevzi Pachá, al mando de la flota que había partido de Constantinopla para atacar las fuerzas egipcias, rindió su armada a Egipto al recibir la noticia de que el sultán estaba en su lecho de muerte. Mahmud falleció el 30 de junio de 1839, seis días después de la aniquilación de su Ejército. Murió sin siquiera saber lo que le sucedió a su Ejército y a su Armada.
Mahmud II fue un reformista radical que transformó al Estado otomano de una forma que nadie había logrado antes. Sus reformas, no obstante, no obtuvieron aceptación pública: la población las recibió con reticencia al sentirse asfixiada por tantos cambios. Aunque el alcance del éxito de las mismas siga siendo objeto de debate, no hay duda de que las instituciones y el sistema que estableció fueron la piedra angular para la actual República de Turquía. En ese contexto, es uno de los sultanes más importantes de la historia otomana.