La Conferencia de Berlín, también conocida como la Conferencia de Berlín sobre África Occidental, se celebró entre noviembre de 1884 y noviembre de 1885. Las potencias imperiales europeas, con un papel mayor de Gran Bretaña, Francia, Bélgica y Alemania, se reunieron para dirimir sus reivindicaciones y aspiraciones al control de ciertos territorios africanos. La conferencia, aunque realmente no repartió el continente, sí acordó unas líneas o plan maestro que establecía y regulaba un futuro reparto de África en una serie de territorios sometidos al control efectivo de ciertas potencias europeas. Por ello, muchos estudiosos consideran esta conferencia el comienzo de una carrera acelerada para expandir y adquirir nuevas posesiones coloniales, un movimiento conocido en su conjunto como el «Reparto de África». El imperialismo en África ya existía mucho antes de la Conferencia de Berlín, pero, a lo largo de la segunda mitad de la década de 1880 y toda la década de 1890, las potencias occidentales se adentraron desde las costas a territorios interiores, de manera que para 1914 todo el continente africano con la excepción de Abisinia y Liberia estaba bajo el control europeo.
Lo que espoleó la Conferencia de Berlín fue la creciente ambición, desde el final de la década de 1870, de las potencias europeas por el control de territorios africanos. En particular, los países europeos más poderosos, que durante siglos habían estado implicados de una manera u otra en el comercio costero a lo largo de África comenzaron a mostrar mucho más interés en lo que podría ofrecer el interior del continente. El aceite de palma, el marfil, el café, el caucho y el oro eran algunos de los recursos africanos que ambicionaban los países europeos.
Dos eventos claves dispararon las ambiciones británicas en África: Los diamantes descubiertos en Kimberly (Sudáfrica, 1867) y las exploraciones de Henry Morton Stanley (1841-1904) que en 1877 había navegado desde el lago Victoria, la fuente del Nilo, corriente abajo hasta el mar en la costa este de África, demostrando que el interior del continente era accesible gracias a sus grandes ríos. En 1879, Francia envió una expedición desde Senegal para reclamar derechos sobre el Alto Níger y el Congo, dos de las más importantes vías fluviales, y luego firmó tratados con los gobernantes locales. Alemania reaccionó enviando sus propios representantes a la región en 1884 y reclamando derechos similares sobre el Sultanato de Zanzíbar y África del Este. Gran Bretaña estaba dispuesta a mantener su propia influencia también en estas tres regiones, pero hasta entonces se había limitado a los canales diplomáticos y a una vaga idea de «esferas de influencia». En Egipto fue mucho más activa, tomando el control del país en 1882, con grave ofensa a Francia, preocupada por quien controlaría el canal de Suez. Además, Francia también se sintió agraviada por los intereses italianos en Túnez, otra área dónde reclamaba derechos.
A medida que los europeos se introducían más tierra adentro y lejos de la costa, el África más profunda, más negra como decían ellos, era cada vez más accesible y un poco menos intimidante para las mentes europeas, un cambio favorecido por desarrollos médicos, tales como la quinina, que protegían contra las enfermedades más mortales de África. Una mayor accesibilidad significaba mayor competencia. Tomar posesión de territorios apoyándose en reivindicaciones tan vagas como el mantener relaciones comerciales prolongadas o el establecimiento de misiones se había vuelto una forma aparentemente legítima de política exterior. Era evidente que, a medida que más y más piezas del puzle africano se veían sometidas a la ambición de dos o más potencias imperiales, había que acordar algún tipo de marco regulatorio general que estableciera las reglas maestras de la expansión imperialista europea en África a fin de evitar posibles conflictos armados entre las potencias colonialistas.
Otto von Bismarck (1815-1898), canciller y primer ministro de Alemania, adoptó una idea propuesta primero por Portugal y, después de sondear los intereses de varias potencias, invitó a delegados de Gran Bretaña, Francia, Alemania, Rusia, Bélgica, Portugal, Austria-Hungría, El Imperio otomano, Italia, los Estados Unidos y otros varios países europeos a reunirse en Berlín para decidir las reglas diplomáticas con respecto África. Varios países europeos, como hemos visto, ya compartían reivindicaciones sobre territorios del continente. De particular interés a los principales delegados, era el control del África Central, especialmente la cuenca del río Congo. Tanto Portugal como Bélgica buscaban el control de esta región. Otro tema importante de discusión en Berlín fue la regulación del control de algunas rutas comerciales importantes en varios puntos a lo largo de la costa del continente y de ríos vitales como el Congo y el Níger. Por último, Gran Bretaña buscaba justificar con argumentos más bien pobres su control sobre Egipto como una mera restauración del orden anterior a la revuelta nacionalista de 1881.
Las discusiones preliminares comenzaron en Berlín el 15 de noviembre de 1884 y los debates siguieron hasta el 26 de febrero del año siguiente. En total, 14 Estados estuvieron representados en Berlín. No hubo representantes de reinos, Estados o culturas Áfricanas cuyos territorios iban a ser víctimas del mayor reparto y toma de posesión de territorios en la historia. Sin embargo, eso no quiere decir que los Estados africanos se mostraran totalmente pasivos ante el gran Reparto de África, ya que muchos gobernantes locales habían estado dispuestos a apoyar a una determinada potencia para mantener apartada a otra o para asegurar apoyo militar o conexiones comerciales que aumentaran su posición de poder contra rivales locales, y en el futuro seguirían estando dispuestos.
El resultado principal de la Conferencia de Berlín fue el Acta General de Berlín que contenía seis cláusulas principales. La cuenca del río Congo se consideraba desde ese momento bajo la autoridad del rey Leopoldo II de Bélgica (reinó en el periodo 1865-1909) pero todas las naciones tendrían libre acceso para actividades comerciales y de navegación. De acuerdo con lo anterior, se creó el Estado Libre del Congo (État indépendant du Congo). Tanto el río Congo como el Níger quedaron abiertos a todas las potencias para usos comerciales. El Congo representa un caso curioso donde un monarca constitucional, actuando más allá de sus atribuciones, creó un imperio esencialmente propio desoyendo los deseos de su propio Gobierno que no quería tener parte en ningún imperio africano. El rey Leopoldo estaba decidido a hacerse con una tajada de lo que él describió como «esta magnífica tarta de África» (Oliver, 164). Puede que el Gobierno belga quisiera mantenerse alejado del imperialismo, pero los financieros belgas decididamente no y Leopoldo no careció de apoyos para su empresa privada. El minimperio de Leopoldo en el corazón de África primero se revistió de una máscara de decencia pretendiendo favorecer objetivos humanitarios y científicos, pero, en realidad, su brutalidad tenía como único objetivo extraer el máximo de riquezas de la cuenca del Congo, especialmente caucho y marfil.
La Conferencia de Berlín alcanzó otra importante decisión. El Artículo VI del Acta General de Berlín tenía en cuenta a los pueblos africanos y prometía alguna consideración por su bienestar:
Todas las potencias que ejerzan derechos soberanos o influencia en los antedichos territorios se comprometen a vigilar la preservación de las tribus nativas y cuidar de la mejora de sus condiciones morales y materiales, y ayudar a suprimir la esclavitud, especialmente el tráfico de esclavos.
(Chamberlain, 114)
La gran mayoría de estas fastuosas ambiciones nunca se materializaron, pero dan alguna explicación de por qué los líderes europeos sentían que tenían todo el derecho de intervenir en África sin consultar a los africanos, una actitud difícil de comprender hoy día. Los gobernantes creían que sus economías industrializadas les daban el poder, y por tanto el derecho, de intervenir. Esta actitud se veía como una especie de darwinismo social dónde las naciones más «evolucionadas» tenían el derecho de intervenir en las naciones más «atrasadas». Además, los europeos se sentían con una superioridad moral y por ello con una obligación de actuar; se veían como agentes superiores que podrían «mejorar» y «civilizar» los pueblos africanos considerados «primitivos» y «salvajes». El Artículo VI contiene la siguiente frase: «llevar a sus hogares (los de los africanos) las bendiciones de la civilización» (ibidem).
La actitud europea y su vocabulario racista ha sido posteriormente reforzado y repetido por historiadores contemporáneos europeos y estudiosos que han considerado la larga historia de África completamente vacía de cualquier faceta valiosa, y por instituciones y líderes religiosos convencidos de su deber de extender el mensaje de la Cristiandad y borrar las culturas y religiones indígenas anteriores y competidoras con esa evangelización. Todas estas actitudes se recogían en los ideales popularmente conocidos como las «3 C» del imperialismo: Comercio, Cristiandad y Civilización.
Al menos, el Artículo VI representó el primer destello débil de una conciencia internacional sobre las obligaciones que las potencias imperiales tenían sobre los pueblos indígenas como un precio a pagar por las riquezas que extraían de África. Pero el asunto de cómo tratar y proteger las culturas africanas y sus gentes no se consideró con un grado mínimo de seriedad hasta el establecimiento de la Sociedad de las Naciones después de la Primera Guerra Mundial (1914-1918).
Quizás el punto más significativo para el futuro inmediato de África fue un acuerdo formulado en la Conferencia de Berlín por el que las principales potencias con intereses expansionistas en África se comprometían a actuar según un marco acordado de adquisiciones y reconocimientos, un procedimiento que dirimiría cualquier situación de intereses enfrentados. Si un Estado reclamaba autoridad sobre un nuevo territorio, los otros signatarios del Acta General de Berlín debían ser informados y aprobar dicha reclamación. En esencia, «las reclamaciones de un Gobierno europeo sobre una región particular solamente serán reconocidas si la potencia europea en cuestión posee ya un control efectivo sobre dicha región» (Reid, 153). Esta redacción estaba lejos de ser una definición clara de derechos coloniales tal y como lo veían las potencias imperiales en ese momento. Además, qué significaba exactamente poseer control u ocupación efectiva de un territorio era un asunto muy debatido.
En la práctica, lo único que implicaba la redacción imprecisa y la informalidad del acuerdo de Berlín que decía que toda África estaba abierta a las reclamaciones de las potencias imperialistas era que, a partir de entonces, las potencias estaban obligadas a mantener una presencia física real en las zonas reclamadas, en vez de limitarse a poner un dedo diplomático en un mapa y decir, «ese trozo es mío». Esta evolución de posturas es algo irónica ya que los líderes que se reunieron en Berlín al principio solo esperaban controlar la actividad colonial ya en curso, cuestionar reclamaciones históricas más bien imprecisas (especialmente las de Portugal) y limitar la actividad futura al comercio. Pero lo que habían conseguido, como el tiempo lo demostraría, fue acelerar, ampliar y profundizar el proceso de adquisición territorial. Las potencias europeas estaban totalmente decididas a demostrar «ocupación real» por cualquier medio posible. Después de la que se ha descrito como la «pausa cargada» de la Conferencia de Berlín, la conquista militar, económica y política de África comenzó decididamente a partir de 1886.
Aunque la Conferencia de Berlín se considera a menudo como el punto de partida para el «Reparto de África», el proceso de la dominación europea ya había comenzado realmente. Las decisiones tomadas en Berlín ciertamente aceleraron el colonialismo en África ya que las potencias europeas, en la década de 1890, corrieron para anexionarse las mejores partes aún libres del continente. La estrategia típica consistía en que un Estado usara como representante una empresa comercial, apoyada sobre el papel o en la realidad, por una fuerza militar. En resumen, ahora era esencial que cualquier reclamación de soberanía sobre cualquier territorio africano estuviera respaldada por una presencia real y previa. Una región no necesitaba ser una colonia con todos los requisitos sino que podía ser un «protectorado», un término más bien imprecisa que indicaba que una potencia se consideraba a sí misma dominante en esa área, pero sin definir exactamente lo que ello significaba en la práctica. Un protectorado también les permitía a las potencias rivales tener alguna influencia en ese Estado, aunque limitada. Esto era de particular importancia en el caso de aquellos Estados africanos que contenían algo vital para todo el mundo, como un río importante o el canal de Suez en Egipto.
Durante toda la década de 1890 y hasta 1914, las potencias europeas se repartieron África, a la vez que consiguieron evitar una guerra entre ellas. Quizás este fue el logro de la Conferencia de Berlín, si esa palabra es apropiada aquí. En términos de leyes o reconocimientos internacionales, a partir de entonces los tratados se consideraban como el indicador más fuerte que legitimaba el derecho al control de una región particular. Los tratados se firmaban entre los gobernantes locales y una única potencia europea, o entre dos potencias europeas que se concedían mutuamente el control de áreas específicas. Algunos ejemplos fueron el tratado franco-portugués y el alemán-portugués, ambos de 1886 sobre Angola y Mozambique; los tratados anglo-alemanes de 1890 y 1893 sobre el Alto Nilo, el tratado anglo-italiano y el anglo-portugués, ambos de 1891; el tratado entre Gran Bretaña y el Estado Libre del Congo de 1894; la decisión anglo-francesa para dividir el África Occidental en el Acuerdo de Say-Barruwa de 1890 y la convención anglo-francesa de 1899, que dirimió la cuestión de Egipto.
El reparto había sido tan frenético que sólo dos reinos africanos quedaron independientes: Liberia y Abisinia (la moderna Etiopía). Las potencias dominantes y más agresivas fueron Gran Bretaña, Francia y Alemania. Las primeras dos, en particular, se llevaron el mejor pedazo de los protectorados y las colonias ya que ambas trataron de conseguir una banda de territorios conectados entre sí, los franceses desde África Occidental a la costa este de África, y los británicos desde Egipto en el norte hasta Sudáfrica en el extremo sur del continente. Lógicamente, estos objetivos, cuándo se conseguían, sólo podían ser a expensas de otras potencias imperialistas, y así ciertas regiones dónde las dos líneas se cruzaban fueron muy peleadas, principalmente Egipto y Sudán.
Se crearon fronteras rectas que ignoraban completamente no sólo los cambios geográficos locales sino también los derechos territoriales tradicionales de los pueblos indígenas, las lenguas comunes, y culturas que estaban profundamente enraizadas. Para cuando estalló la primera Guerra Mundial en 1914, y después de una serie de invasiones sangrientas, guerras, tratados, y el establecimiento de inmensas compañías mercantiles privadas, la mayoría de África quedó en la manos de seis potencias europeas: Gran Bretaña, Francia, Alemania, Portugal, Bélgica e Italia. Los ejércitos africanos no podían igualar las ametralladoras de las potencias imperialistas, aunque hubo algunas notables excepciones, tales como la derrota del ejército inglés frente al zulú en la batalla de Isandlwana en 1879 y la derrota italiana por los abisinios en la batalla de Adwa en 1896. Además, la resistencia local continuó en muchos Estados en forma de rebelión en contra de los Gobiernos coloniales.
La Primera Guerra Mundial vió como las potencias europeas luchaban entre sí en su propio continente para proteger sus adquisiciones en África, una situación repetida en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). No sería hasta 1957 y posteriormente cuándo los Estados africanos comenzaron a ganar sus independencias pero, aún hoy día, las divisiones artificiales creadas por el «Reparto de África» continúan influyendo en la política del continente, con demasiadas áreas aún sujetas a intensas disputas y enconados y duraderos conflictos.