Thomas Paine (1737-1809) fue un pensador angloamericano de la Ilustración cuyas ideas radicales inspiraron a los revolucionarios de la guerra de Independencia de los Estados Unidos (1765-1783) y de la Revolución francesa (1789-1799). Padre fundador por su influencia en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, entre sus obras más famosas se cuentan Sentido común (1776), Los derechos del hombre (1791 y 1792) y La edad de la razón (1794 y 1795).
Thomas Paine nació el 29 de enero de 1737 en Thetford, en el condado de Norfolk (Inglaterra). Su madre era anglicana y su padre, cuáquero. Thomas no recibió educación formal, algo poco habitual en alguien cuya obra tendría tanta influencia en el último cuarto del siglo XVIII. Se ganaba la vida haciendo corsés, como su padre. Se casó y abrió su propio negocio, pero sufrió la doble tragedia de la muerte de su esposa y la quiebra de su tienda. Desde entonces le costó asentarse en una profesión y pasó por empleos como el de empleado de aduanas, vendedor y maestro. En 1771 se casó de nuevo. Tres años después, Thomas se encontró sin trabajo y separado de su esposa. Era hora de cambiar. Un nuevo conocido, un tal Benjamin Franklin (1706-1790), lo animó a dar el paso decisivo de dejar Inglaterra en 1774 y empezar una nueva vida en Norteamérica, por entonces sede de varias colonias británicas.
La vida en Norteamérica parecía mucho más fácil que en Inglaterra. Paine consiguió un puesto de maestro y después trabajó como periodista en The Pennsylvania Magazine (Revista de Pensilvania), donde, por ejemplo, escribió artículos que condenaban la esclavitud. En enero de 1776, Paine publicó un panfleto titulado Sentido común. El título, bastante prosaico, ocultaba un contenido ultrarrevolucionario, ya que Paine pedía nada menos que la independencia total de las Trece Colonias del dominio británico. Era la primera obra pública que hacía tal llamamiento, y se vendió como pan caliente: unas 100.000 copias. Propuso un sistema republicano como la mejor forma de gobierno para sustituir al monarca británico, Jorge III de Gran Bretaña (reinó entre 1760 y 1820). Paine sostenía con vehemencia que las colonias debían liberarse de lo que él llamaba «el bruto real de Gran Bretaña» (Robertson, 710). Se ha atribuido a menudo a Sentido común el mérito de haber «inclinado la opinión en esa dirección » (Chisick, 306).
En Sentido común, Paine se opone a la idea de la separación de poderes, defendida por pensadores como Montesquieu (1689-1757), es decir, la separación entre el ejecutivo, el legislativo y el judicial. Paine sostenía que este sistema no funcionaría, pues no se podía confiar en ninguna de las ramas por sí sola, y mucho menos para controlar a otra parte del Gobierno. Defendía una única asamblea general, pero se consideró una solución demasiado simplista. El padre fundador y futuro presidente de los Estados Unidos John Adams (1735-1826) llegó a decir que Paine era «muy ignorante en la ciencia del gobierno» (Robertson, 714).
A lo largo de 1776, Paine escribió varias obras más a favor de la independencia, una causa que por entonces flaqueaba un tanto. La principal fue La crisis americana, cuya primera línea, famosa, decía: «Estos son los tiempos que ponen a prueba el alma de los hombres» (Chisick, 306). Las Trece Colonias, como es sabido, se separaron de Gran Bretaña al firmar la Declaración de Independencia el 4 de julio de 1776.
Paine podía ser popular entre radicales y revolucionarios, pero no logró integrarse en el nuevo orden establecido. Era un auténtico marginado en los asuntos políticos, y quizá por eso su obra atraía tanto a quienes carecían por completo de representación.
Ya fuera por su origen social, su excesiva independencia o algún otro motivo, Paine no consiguió encajar en la élite de terratenientes y empresarios que gobernaba los recién independizados Estados Unidos de América. Aunque mantuvo una buena relación personal con figuras tan importantes como George Washington y Thomas Jefferson, se retiró a una propiedad que le había cedido el estado de Nueva York para dedicarse a la agricultura y a sus inventos. (Chisick, 306)
Fue uno de los inventos de Paine lo que lo llevó de vuelta a Inglaterra en 1787. Había estado trabajando en un proyecto de ingeniería que permitía construir puentes de hierro de un solo tramo. La idea del puente terminó siendo un éxito, pero fueron las opiniones políticas de Paine las que iban a desatar otra tormenta. Se hizo amigo del filósofo irlandés Edmund Burke (1729-1797), pero ambos se hallaban en las antípodas en cuanto al pensamiento ilustrado.
Paine escribió su célebre obra Los derechos del hombre, primera parte, en 1791. Tuvo tanto éxito como Sentido común y también vendió 100.000 ejemplares, sobre todo en ediciones baratas que la hacían asequible para las mismas personas de las que hablaba Paine. La obra respondía a Reflexiones sobre la Revolución francesa, de Burke (publicada en 1790), quien defendía el papel de la religión en el mantenimiento del orden social y desaprobaba que se derrocaran con tanta pasión instituciones consagradas por el tiempo en Francia. Paine señala que, por ser demasiado reverente con el pasado, «el señor Burke defiende la autoridad de los muertos sobre los derechos y la libertad de los vivos» (Robertson, 740).
La segunda parte de la obra salió en 1792. Paine atacó entonces prácticamente todos los niveles de la sociedad, pero sobre todo la monarquía y la aristocracia. Se oponía a cualquier forma de privilegio y creía que el Estado debía ayudar a los menos favorecidos con educación gratuita, pensiones e incluso prestaciones de maternidad. Pensaba que una sociedad más igualitaria sería menos corrupta, pues afirmaba que «donde no hay distinciones no puede haber superioridad; la igualdad perfecta no ofrece tentación» (Robertson, 715). Con este fin, quería suprimir los títulos nobiliarios y abolir la Cámara de los Lores de Inglaterra, cuyos legisladores solo tenían por mérito que sus padres también lo habían sido. Según Paine, los monarcas contaban con un conjunto de méritos igualmente pobre para ocupar sus posiciones de poder.
Aún más radicales eran sus ideas sobre la reforma electoral. Paine propuso que todos los hombres tuvieran derecho a voto. Sostenía que «todo derecho civil nace de un derecho natural, que jamás deben vulnerar las autoridades, cuya única función era reforzarlo» (Yolton, 459). Sus opiniones radicales lo obligaron a abandonar Inglaterra para no enfrentarse a un juicio por traición.
Paine se mudó a Francia en 1792 con la esperanza de presenciar allí una revolución por la libertad y un reparto más justo de la riqueza de la nación. Su fama de radical lo precedía, y lo recibieron bien quienes ya tenían su revolución en pleno apogeo. Le concedieron la ciudadanía francesa y lo eligieron miembro de la Convención en representación de Paso de Calais (aunque hablaba muy poco francés). La Convención acababa de redactar una nueva constitución. Paine llegó a asistir a las sesiones y participó con regularidad en el Comité de la Constitución, presumiblemente con la ayuda de un traductor. Quería que se aboliera la monarquía en Francia, pero se detuvo antes de pedir la ejecución de Luis XVI (reinó entre 1774 y 1792).
A la larga, Paine encontró Francia tan incómoda como Inglaterra. Desaprobaba con firmeza el rumbo que estaba tomando la Revolución francesa, sobre todo cuando comenzó el Terror, las persecuciones promovidas por el Estado con las que la revolución alcanzó su punto culminante y sangriento en 1793-1794. En mayo de 1793 escribió en una carta privada:
Ahora desespero de ver cumplido el gran objetivo de la libertad europea; y mi desesperación no nace de las potencias extranjeras coaligadas, ni de las intrigas de la aristocracia y del clero, sino de la conducta tumultuosa con la que se manejan los asuntos internos de la presente revolución. (Cameron, 294)
Mientras el Estado llevaba a cabo ejecuciones y encarcelamientos masivos, Paine quedó atrapado en la red de la histeria y estuvo preso entre 1793 y 1794. Le atribuyó a la divina providencia haber escapado de la cárcel y de una condena a la guillotina (los carceleros no habían advertido la marca de tiza en la puerta de su celda que indicaba que debía ser ejecutado). Quizá desilusionado, seguía creyendo que «las revoluciones de América y de Francia han arrojado sobre el mundo un haz de luz que penetra hasta el interior del hombre» (Robertson, 741).
Tras recuperar la libertad, pudo dirigir su pluma contra un nuevo enemigo: la Iglesia cristiana, en especial la católica. Como muchos pensadores ilustrados de su época, entre ellos David Hume (1711-1776) y Voltaire (1694-1778), Paine era deísta, es decir, creía en la existencia de Dios, pero solo como un creador que no está disponible para comunicarse ni interactuar en el mundo que ha creado, de modo que la religión organizada resulta más bien inútil. Paine defendió sus creencias señalando que «todos somos infieles según la creencia de nuestros antepasados» (Gottlieb, 81).
En La edad de la razón, escrita en la cárcel en Francia pero publicada en dos partes en 1794 y 1795, Paine atacó la injerencia de la Iglesia en los asuntos mundanos, defendió con firmeza los principios de la Ilustración y, sobre todo, como sugiere el título, defendió el valor de la razón. Valoraba de forma positiva las creencias religiosas privadas, pues las consideraba un derecho inalienable. Además, abogaba por algo más que la tolerancia hacia las diversas opiniones religiosas:
La tolerancia no es lo contrario de la intolerancia, sino su falsificación. Ambas son despotismos. Una se arroga el derecho de negar la libertad de conciencia, y la otra, el de concederla. Una es el papa armado con fuego y leña, y la otra es el papa que vende o concede indulgencias. (Robertson, 133)
Paine escribió otra obra en la que exponía su visión de cómo debía organizarse la sociedad, Justicia agraria, publicada en 1796. Esta obra se adelantaba mucho a su tiempo y reclamaba un sistema de impuestos progresivos que pudiera financiar una sociedad más justa, y repetía las ideas de Los derechos del hombre sobre un sistema estatal de seguridad social que permitiera al Estado cumplir una de sus funciones principales según Paine: velar por el bienestar de sus ciudadanos. Paine regresó a América en 1802, pero no gozaba de popularidad por La edad de la razón, ya que los colonos no simpatizaban con los ataques a la religión cristiana.
Las obras más importantes de Thomas Paine son las siguientes (entre paréntesis, la fecha de publicación):
Sentido común (1776)
Los derechos del hombre, primera parte (1791)
Los derechos del hombre, segunda parte (1792)
La edad de la razón, primera parte (1794)
La edad de la razón, segunda parte (1795)
Justicia agraria (1796)
Los últimos años de Paine transcurrieron en relativo anonimato. Murió en Nueva York el 8 de junio de 1809. Su funeral fue de lo más discreto para un hombre cuya obra había contribuido a inspirar dos revoluciones trascendentales. Ni siquiera se le permitió al radical descansar en paz, pues William Cobbett, otro pensador radical, se encargó de exhumar sus restos y trasladarlos a Inglaterra para incluirlos en un monumento conmemorativo. Por desgracia, Cobbett perdió los restos de Paine por el camino.
El legado de Paine, como indica su adopción por los revolucionarios a ambos lados del Atlántico, es haber sido uno de los primeros pensadores en apartarse de las preocupaciones habituales de los filósofos ilustrados, de formación elevada, para abordar los temas de la Ilustración con referencia directa a un sector de la población hasta entonces ignorado: el trabajador. El historiador H. Chisick resume así la contribución única de Paine al pensamiento ilustrado:
…su voz sigue siendo distintiva… y refleja… las experiencias vitales de un hombre indudablemente inteligente que llegó a la política a través de los conflictos laborales, una vida laboral variada, una sociedad de debate en una taberna y puestos de maestro y periodista que fueron el destino de tantos en los márgenes de la comunidad ilustrada. Desde ese trasfondo, y con los recursos de su propia personalidad, Paine fue capaz de dirigirse tanto a los eruditos de su época como a los sectores artesanos de la población sobre cuestiones de las que estos últimos habían quedado en gran medida excluidos. Su logro es notable y marca los límites democráticos y radicales del pensamiento ilustrado. (Chisick, 308)