Juliana de Norwich (1342-1416, también conocida como dama Juliana, señora Juliana de Norwich) fue una mística y anacoreta cristiana más conocida por su obra Revelaciones del amor divino (título original de Juliana: Visiones). Se conoce poco de su vida, ya que, como una anacoreta (mujer que vive en aislamiento, dedicada por completo a Dios), habría preferido no discutir los detalles de cualquier vida anterior que había tenido en el mundo. Incluso se desconoce su verdadero nombre, ya que «Juliana de Norwich» deriva de su residencia en la iglesia de San Julián en Norwich, Inglaterra.
De acuerdo con su libro, cuando Juliana tenía 30 años y medio, sufrió una enfermedad tan severa que supo que no sobreviviría. El curato de la parroquia le proporcionó la extremaunción y ella comenzó a experimentar visiones de Dios. Estas revelaciones duraron toda la tarde del 13 de mayo de 1373 (15 de ellas) y tuvo una última la noche siguiente (con un total de 16); poco después de despertar completamente curada, las redactó.
Esta primera versión de las visiones se conoce hoy en día como el Texto corto. En algún momento de la década de 1390, Juliana retomó la obra y la expandió para crear el manuscrito ahora conocido como el Texto largo. Al parecer, ninguna de las versiones se habría difundido mientras vivía, pero ella era muy solicitada para brindar consejo espiritual y se hizo famosa por su sabiduría y devoción. Hacia 1413, la mística cristiana Margery Kempe (vivió en torno a 1373 hasta alrededor de 1438) la visitó en busca de consejo y, junto con los legados dejados a su nombre en testamentos, corrobora la historicidad de Juliana.
Su libro de brillantes revelaciones místicas ha intrigado e inspirado a las audiencias lectoras desde que fue publicado por primera vez por el monje benedictino Serenus de Cressy (vivió en torno a 1605-1674) bajo el título Dieciséis revelaciones sobre el amor de Dios en 1670. La belleza de la obra y la completa falta de información biográfica sobre la autora han alentado a escritores y académicos posteriores a construir sus propias biografías sobre ella basadas en «pistas» que encuentran en el libro y que luego relacionan con lo que se conoce de la vida en la Edad Media.
Estas historias de vida la describen de diversas maneras como una viuda que perdió a su familia a causa de la peste y renunció al mundo, una académica que le dio la espalda a la sociedad y una persona lega que solo se convirtió en anacoreta después de las visiones, entre otras posibilidades. En realidad, no se puede afirmar nada sobre la vida de Juliana, ya que todo lo que se conoce es lo que ella menciona en su obra y de allí uno aprende que vivió en Norwich como una anacoreta, experimentó una enfermedad casi fatal, tuvo una madre que cuidó de ella mientras estaba enferma y fue atendida por una criada.
Su historicidad se establece a través de legados dejados a su nombre en testamentos entre 1394 y 1416. Uno de estos menciona a la criada llamada Sarah, quien la atendió, y a una anterior llamada Alice. La mística Margery Kempe también la menciona, en términos elogiosos, en su autobiografía (la primera en el idioma inglés), El libro de Margery Kempe. Kempe experimentó visiones y voces que sostuvo que provenían de Dios, pero las personas se burlaban y dudaban de ella constantemente. Por lo tanto, fue a Norwich, donde las apariciones le dijeron que localizara a Juliana para ser validada. Su testimonio relata:
Y luego fui encomendada por nuestro Señor a ir con una anacoreta en la misma ciudad que se llamaba dama Juliana… puesto que la anacoreta era una experta en el tema y podría ofrecer buenos consejos. (Capítulo 18)
La descripción hecha por Kempe sobre las respuestas de Juliana a sus preguntas coincide por completo con las propias visiones de Juliana incluidas en su obra. Este detalle valida la historicidad de la autora, ya que Kempe nunca menciona el libro de Juliana en ninguna parte de su autobiografía, a pesar de que no pierde la oportunidad de contarle al lector acerca de cualquier obra espiritual de la que estuviera al tanto. En algún punto, Juliana le comenta a Margery:
El Espíritu Santo nunca exigió nada contra la caridad y, si lo hiciera, se contradeciría consigo mismo, porque él es pura caridad. (Kempe, cap. 18)
Este sentimiento fácilmente podría interpretarse como uno proveniente de las Sagradas Escrituras, pero Margery, además, relata a una Juliana que hacía referencias a san Pablo y san Jerónimo, y vincula estos a su énfasis en la trascendencia y la inmanencia del «amor divino», que se asemeja a las visiones de Juliana.
Un argumento adicional para la historicidad de Juliana es que los legados y los detalles mencionados en su obra concuerdan con la vida de una anacoreta en la Edad Media. El tratado Ancren Riwle (Regla del anacoreta, una guía para un anacoreta, escrito en torno a 1127-1135) estipula cómo debe comportarse un anacoreta, cómo deberían ser encerrados luego de tomar sus votos y cómo deberían ser cuidados por cualquier institución a la que estuvieran vinculados. La académica Margaret Deanesly comenta:
Antes de que un ermitaño o anacoreta se estableciera, debía pedir permiso del obispo, demostrar que tenía una dotación suficiente, o alguna posibilidad de manutención, y que era adecuado en carácter. Los anacoretas debían tener suficientes para mantener a uno o dos sirvientes, ya que no podían buscar comida por su cuenta. Muchos tenían celdas en pueblos, donde se les concedían dádivas… Su tarea principal era rezar, aunque podían dar consejo espiritual a aquellos que lo buscaran. La anacoresis en general consistía en dos o tres habitaciones junto al presbiterio de una iglesia. (211)
Un aspecto interesante de la vida de Juliana, como lo demuestra Margery Kempe, es que, al parecer, tenía permitido hablar con las personas cara a cara, en lugar de hacerlo a través de una pequeña ventana en la pared (similar a la de un confesionario católico). Es probable que ella proviniera de una familia acomodada que fue capaz de respaldar la anacoresis durante la mayor parte de su vida, porque las herencias para su apoyo no aparecen hasta más tarde, después de 1394 (aunque se debe considerar la posibilidad de que se hayan perdido legados anteriores). El hecho de que su madre estuviera presente durante su enfermedad también sugiere que provenía de una familia adinerada de clase alta, dado que estas siempre tenían asignados privilegios especiales que se les negaban a los de clase baja y, con certeza, ninguna anacoreta de recursos modestos habría tenido permitidas las visitas familiares.
Una vez que una anacoreta había entrado a su celda, el mundo la consideraba muerta. Los investigadores Frances y Joseph Gies describen el ritual que le daba inicio a sus servicios y cómo luego pasaban a vivir:
Las mujeres se comprometían a vivir sus vidas como anacoretas encerradas en celdas unidas a iglesias, monasterios, conventos, a veces hasta castillos. Se confinaban en sus celdas con el pronunciamiento de una misa, por lo general, como con los leprosos encerrados en sus colonias, igual a la de los muertos; se rociaba agua bendita en la celda, la reclusa se postraba en un féretro, le esparcían tierra y el sacerdote oficiante abandonaba la celda con las instrucciones: «Bloqueen la entrada a la casa». Las celdas solían tener más de una habitación y a menudo dos o más anacoretas vivían en celdas adyacentes, con sirvientes que les proveían alimentos y otras necesidades. El tiempo de las reclusas se utilizaba para rezar y a veces en tareas como el bordado; a menudo, recibían consultas como mujeres sabias y consejeras espirituales. (92)
Todo esto coincide con la vida de Juliana, como se revela en su libro y en el de Margery Kempe. Es posible, incluso probable, que Juliana tomara los hábitos a una edad temprana, ya que muchas jóvenes aristocráticas elegían esa vida por sobre las intrigas de la corte, la dominación dentro del matrimonio y la idea de morir joven durante el parto. Otra mística cristiana famosa de la Edad Media, Hildegarda de Bingen (1098-1179), fue registrada en un convento por su familia a los siete años y felizmente pasó el resto de su vida lejos de la suerte común.
Quienquiera que fuese, y cual sea que fuese su origen, tuvo una experiencia cercana a la muerte a los 30 años, lo que la llevaría a escribir el libro que la hizo famosa. Juliana expresa:
Y cuando tenía 30 años y medio, Dios me envió una dolencia corporal por la que permanecí en reposo por tres días y tres noches; y, en la cuarta noche, recibí todos los ritos de la Santa Iglesia, y no esperaba vivir hasta el amanecer. Pero, luego de esto, mi sufrimiento continuó por dos días y dos noches, y, en la tercera noche, consideré varias veces que estaba a punto de morir; y quienes estaban a mi alrededor también lo creían. A pesar de esto, estaba muy afligida y me rehusaba a morir; no es que hubiera algo sobre la Tierra por lo que me agradara vivir, o algo a lo que le tuviera miedo, pues confiaba en Dios. Era porque quería continuar viviendo para amar mejor y por más tiempo a Dios y, al vivir así, obtener la gracia de conocer y amar más a Dios, pues él está en la dicha del cielo. Parecía que todo el tiempo que había vivido aquí era muy poco y corto en comparación con la dicha, que es eterna. (Texto corto, cap. II; Texto largo, cap. III)
En el primer capítulo, Juliana narra cómo oraba por este tipo de enfermedad desde que era una niña después de conocer la historia de santa Cecilia, quien recibió tres heridas de espada en el cuello, falleció y fue trasladada al cielo. Juliana comenta que, luego de eso, rezó por las tres gracias de Dios:
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Tener una memoria de la Pasión de Cristo.
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Tener una dolencia corporal tan grave que parezca mortal.
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Tener tres heridas de nombre de Dios: contrición, compasión y anhelo por Dios.
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La memoria de la Pasión de Cristo y las tres heridas, explica, surgirían del padecimiento que la acercaría más a comprender y amar a Dios. Ella manifiesta:
En esta enfermedad, quería sufrir todo tipo de dolencia, corporal y espiritual, que tendría si estuviese muriendo, cada miedo y agresión de los demonios, y cualquier otro tipo de dolor, excepto por la partida del espíritu, ya que deseaba que este me fuese beneficioso cuando muriese, porque deseaba pronto estar con Dios. (Texto corto, cap. I; Texto largo, cap. II)
Después de recuperarse del padecimiento, Juliana escribió el Texto corto, que más tarde expandió. El Texto corto es el recuento escueto de lo que vio y lo que pensó que las visiones significaban, sin mayor elaboración. Juliana fue una hija de la Iglesia católica de la Edad Media cuando se creía que la palabra de la Iglesia católica y de Dios eran sinónimas. Muchas de las visiones parecían contradecir y criticar las acciones del clero medieval, o hasta la enseñanza misma de la Iglesia católica (en especial con respecto a las mujeres), pero le tomaría a Juliana años de oración y meditación para reconciliar su fe aprendida con su fe experimentada en las visiones. Los investigadores de Juliana, Edmund Colledge y James Walsh, comentan:
En 1388, si no más tarde, finalmente comprendió por primera vez la totalidad de las revelaciones, y lo que se encuentra hoy en el texto largo, pero no está representado en el texto corto ni en el capítulo introductorio sintetizador del texto largo, nos muestra aquellos misterios en las revelaciones que se desbloquearon para ella y que describió solo después de alcanzar la iluminación. (26)
Entre estos misterios, se encuentra la famosa interpretación de Juliana de que, a pesar de que parezca lo contrario, Dios le asegura a la humanidad que todo estará bien al final. Dios es amor eterno, dilucida Juliana, y solo puede ofrecer de sí mismo lo que él es; en Dios, por lo tanto, no hay condena, solo aceptación.
Juliana recibe este mensaje en la 13.ª revelación, registrada por completo en el capítulo 27 del Texto largo. Ella comprende que «todo habría estado bien» en la vida, para todos, si no se hubiera pecado, pero, como esto sucedió, Jesús tuvo que sufrir y morir y las personas sufrían y morían todos los días. Reconoció que esta es una forma de pensar peligrosa porque cuestiona la voluntad de Dios y destaca que ella entiende «el impulso de pensar que esto sería algo muy rechazado», pero no pudo evitar lamentar el sufrimiento de la humanidad causado por el pecado y la muerte.
No obstante, Jesús la consuela y le dice que el pecado es necesario, pero que «todo estará bien, y todo estará bien, y toda clase de cosas estarán bien». Entonces, ella comprende que la naturaleza del pecado es transitoria y que no tiene «ningún tipo de sustancia, ninguna forma de existir, ni puede ser reconocido salvo por el dolor causado por este» y reconoce además que lo que uno llama «pecado» es un aspecto importante de la vida en carne y hueso en el sentido de que «nos hace conocernos a nosotros mismos y pedir misericordia». Ella internaliza las palabras de Jesús y concluye con la idea reconfortante de que, debido al amor que Dios ofrece libremente a todos, «es verdad que el pecado es la causa de todo este dolor, pero todo estará bien y toda clase de cosas estarán bien».
Describe de manera constante a Jesús como un guía amable y amoroso que explica y escucha con paciencia y sin juzgar. El Jesús de Juliana es consistente con la figura de los evangelios bíblicos, pero no tanto con la figura del Cristo de la Edad Media, que era representada constantemente por los clérigos como inspiración y justificación de varias matanzas y otras injusticias. Al igual que Hildegarda de Bingen, Juliana reconoce un aspecto femenino en lo «divino», tan vital como el masculino, una fuerza que nutre, que es inmanente en la naturaleza, que atrae a las almas cerca de sí, que consuela y eleva.
En el capítulo 60 del Texto largo, Juliana habla sobre la penetración de lo «divino» en la conciencia humana y revela:
A mi entender, hay tres maneras de contemplar la maternidad en Dios. La primera es el fundamento de la creación de nuestra naturaleza; la segunda es la toma de nuestra naturaleza, donde comienza la maternidad de la gracia; la tercera es la maternidad del trabajo. Tanto es así que, por la misma gracia, todo es penetrado en longitud y anchura, en altura y en profundidad sin fin, y todo es un único amor. (Texto largo, cap. 60)
La maternidad de la creación se hace evidente, ya que Dios da nacimiento a todas las cosas; la maternidad de la naturaleza es Dios al personificarse en Cristo; la maternidad del trabajo es la relación continua de Dios con la humanidad, a través de la cual lleva a las personas a tener un propósito más elevado. Juliana describe a Dios como a la «Madre de todo» que cría a sus hijos:
El servicio de la madre es el más cercano, más preparado y más seguro: más cercano porque es el más natural, más preparado porque es el más amoroso y más seguro porque es el más sincero. Nadie podría o tendría la capacidad de desempeñar esta función plenamente excepto por él. Sabemos que todas nuestras madres nos paren para el dolor y para la muerte. Oh, ¿qué es eso? Pero nuestro verdadero Madre Jesús, él solo nos pare para el júbilo y para la vida eterna; bendito sea él. Así que nos lleva dentro de sí con amor y esfuerzo, hasta el tiempo completo en que quiso sufrir las espinas más afiladas y dolores más crueles que alguna vez fueron o serán, y al final murió… Y él reveló esto en estas grandes y superadoras palabras de amor: Si pudiera sufrir más, sufriría más. (Texto largo, cap. 60)
El Jesús de Juliana es una madre, un amigo, un confidente, un protector y un salvador, siempre presente, pero nunca entrometido; está disponible para aconsejar y guiar, pero nunca juzga ni hostiga. Las visiones le mostraron un Dios trascendente que también era cercano como el amor de una madre y amable como el mejor de los amigos.
Incluso si su obra hubiese sido popular mientras vivía, habría sido ignorada por la Iglesia medieval católica, que necesitaba un Jesús mucho más fuerte y furioso, lleno de una ira justa y masculina, para sus propósitos. Al parecer, su libro Visiones debió ser conocido por lo menos dentro de su comunidad, porque el Texto corto sobrevive en una copia, mientras que el Texto largo en más de una; estas son el resultado de la labor de las escribas que aseguraron la preservación de las visiones. Sin embargo, ningún escritor medieval ha mencionado su trabajo y, si no fuese por la publicación de Serenus de Cressy en el siglo XVII, el nombre de Juliana podría no haberse conocido nunca y se hubiese perdido la obra de una de las místicas más importantes de todos los tiempos.
Aunque a lo largo de Revelaciones del amor divino Juliana se describe a sí misma como una «iletrada», esto no es más que un simple recurso retórico utilizado comúnmente por escritores de la época que pedían la indulgencia del lector si se cometía alguna ofensa (Colledge y Walsh, 19). Era una buena escritora y, sin duda alguna, era culta, ya que su obra demuestra un gran conocimiento de la Biblia, los escritos de los santos padres (como san Jerónimo), la filosofía agustinista y la famosa Consolación de la filosofía de Boecio, que es probable que leyese en la traducción realizada por Geoffrey Chaucer (vivió en torno a 1343-1400), su contemporáneo.
Su obra se volvió a publicar en 1901 en una versión completa, modernizada e introducida por Grace Warrack, quien se encargó con mucho esmero de transcribir a mano el libro de Juliana. La labor de Warrack encontró una audiencia admiradora en los escritores y pensadores de la época. El poeta T. S. Eliot en Cuatro cuartetos (1941) popularizó la línea: «Todo estará bien y toda clase de cosas estarán bien»; otros artistas han encontrado inspiración en Juliana antes y después del libro de Eliot. Juliana ha recibido elogios por grupos demográficos tan diversos como la Iglesia católica moderna y los supuestos seguidores de la Nueva Era y de la wicca, porque su voz es atemporal y su concepto de un amor divino y universal resuena más allá de las diferencias doctrinales, los dogmas o las divisiones artificiales al articular la visión de un Dios en la que todos son bienvenidos.