Los alamanes, que significa «todos los hombres» u «hombres unidos», eran una confederación de pueblos de lengua germánica que ocupaban las regiones al sur del río Meno y al este del río Rin, en la actual Alemania. Muchos historiadores sostienen que los alamanes aparecen por primera vez en los registros históricos en el año 213 después de Cristo, cuando Dion Casio narra las campañas de Caracalla y sus tratos engañosos con los alamanes. Es cierto que el nombre «alamanes» aparece por primera vez en Dion Casio, pero, si se acepta que los alamanes y los suevos (que aparecen en registros anteriores) eran el mismo pueblo (algo con lo que no todos están de acuerdo), entonces su primera mención se remonta al año 98 después de Cristo en Germania de Tácito. Fueron una amenaza constante para el Imperio romano desde el año 213 después de Cristo hasta que fueron derrotados por Juliano en la batalla de Estrasburgo en el año 357 después de Cristo y, posteriormente, por Valentiniano I en el año 367. Tras la batalla de Estrasburgo, Juliano firmó tratados con los francos de la Galia, a quienes Roma dejó tranquilos de ahí en adelante. Pudieron estabilizar sus comunidades y aumentar su poder hasta que, en el año 496, el rey franco Clodoveo conquistó las tribus alamanas y las incorporó a su reino. A partir de entonces, su nombre perduró en el idioma de la región que alguna vez habitaron y en el nombre dado a Alemania en francés (Allemagne) y otros idiomas.

El senador e historiador romano Tácito (56-117) escribió sobre los suevos en el siglo I, afirmando que controlaban la mayor parte de la región conocida como Germania. Él vinculó a los alamanes con los hermunduros, otra tribu germánica, pero esta afirmación ha sido cuestionada por los académicos actuales. Los suevos que describe Tácito guardan un gran parecido con los posteriores alamanes, ya que constituían una confederación de distintas tribus que incluso pudo haber incluido a los queruscos, famosos porque su caudillo Arminio aniquiló las tres legiones de Varo en el bosque de Teutoburgo en el año 9 después de Cristo Tácito fue el primer autor en mencionar los peinados y las prácticas religiosas característicos de los suevos. Escribió:

Ahora hemos de decir de los suevos, los cuales no son una gente sola, como los catos o los tencteros, sino muchas y diferentes naciones, y con propios nombres cada una, aunque en común se llaman suevos: ocupan la mayor parte de Germania. La insignia de esta gente es echarse atrás el cabello y atarle con un nudo.

Con esto se diferencian los suevos de los demás germanos; y los libres de ellos, de los esclavos. Entre las otras naciones se usa poco esto, a no ser alguna que, o han emparentado con los suevos, o quieren imitarlos como se suele; pero ninguno lo hace pasados los años de la mocedad.

Los suevos, aun después de canos, retuercen el cabello que causa horror, y muchas veces le atan solamente en lo alto de la cabeza. Los príncipes le traen con más curiosidad, y este cuidado tienen de la compostura de su rostro; pero sin mala intención ni culpa, porque no se adornan de esta manera para amar o ser amados, sino que, habiendo de ir a las batallas, piensan que, con traer el cabello en esta forma, han de causar terror al enemigo cuando pusiere los ojos en ellos. (Tácito, 98/ 1794)

En cuanto a la religión, Tácito escribió que los suevos eran paganos y parecen haber practicado una forma de druidismo. Sus jefes procedían de una tribu de la confederación conocida como los semnones, quienes también desempeñaban el cargo de sumos sacerdotes:

Los semnones dicen que son ellos los más antiguos y más nobles de los suevos, y confírmase la fe de su antigüedad con una ceremonia religiosa. En cierto tiempo del año se juntan todos los pueblos de aquella nación por sus embajadores en un bosque consagrado de sus antepasados con supersticiones y agüeros, y, matando públicamente un hombre, celebran los horribles principios de su bárbaro rito. Reverencian asimismo este bosque sagrado con otra ceremonia. Que ninguno entra en él sino atado como inferior, y mostrando y confesando en eso la potestad de Dios. Y si acaso cae, no le es lícito levantarse, y se ha de ir revolcando por el suelo. Y toda esta superstición se endereza a mostrar que allí ha tenido origen su gente; que Dios, señor de todos, habita allí, y que todas las demás cosas están sujetas y obedientes. Añade autoridad a esto la multitud de los semnones, porque habitan cien ciudades, y por su grandeza se tienen por cabeza de los suevos. (Tácito, 98/ 1794)

Las prácticas religiosas se centraban en lugares ctónicos, donde reinaba una deidad principal. Ríos, arroyos, claros y valles eran elegidos como terrenos sagrados por la energía que se manifestaba en ellos. Al igual que en muchas otras civilizaciones antiguas, los suevos creían que el alma debía cruzar un cuerpo de agua para llegar al más allá y que el alma perdura después de la muerte. Las excavaciones de tumbas suevas y alamanas han revelado que eran enterrados completamente vestidos y con objetos personales que necesitarían en el más allá. Estas tradiciones funerarias continuaron después de que se convirtieran al cristianismo en algún momento entre los siglos VI y VIII después de Cristo, aunque, por supuesto, sus prácticas religiosas cambiaron drásticamente.

Aunque se ha identificado a los suevos con los alamanes posteriores, los historiadores advierten que no se debe equiparar a ambos sin reconocer las diferencias que surgieron a lo largo de los siglos que separan el relato de Tácito (98) del de Dion Casio (en torno al 229 después de Cristo). El historiador Guy Halsall escribe: «es poco probable que la situación que pertenecía a la primera mitad del siglo I antes de Cristo fuera importante para el período tardorromano. La Germania de Tácito es un campo de minas que es mejor evitar » (121). El académico Peter Heather también comenta al respecto señalando cuán unificados aparecen los alamanes en la obra de Amiano Marcelino (en torno a 325-391 después de Cristo), mientras que «uno de los aspectos que queda claro incluso tras una lectura rápida de Germania de Tácito es precisamente cuán fragmentado, en términos políticos, estaba el mundo germánico en esa época» (36). Es por esto que los historiadores suelen citar el relato de Dion Casio como la primera mención de los alamanes e ignoran la descripción anterior de los suevos que hace Tácito.

En la época en que Dion Casio escribió su relato, los alamanes estaban en gran medida romanizados debido a su prolongado contacto con los romanos. Halsall (2007/2012) describe cómo, en la región fronteriza del Danubio y el Imperio romano, «algunos de los alamanni que, según se ha sugerido, habían sido formados, al menos en parte, por los propios romanos a partir de los habitantes de los agri decumates y colonos bárbaros autorizados, ocuparon emplazamientos de antiguas villas romanas, como ocurrió en Wurmlingen, en Baden Württemberg» (143).

En esa época, los alamanes se vestían como los romanos y también imitaban sus costumbres sociales. Aun así, no eran «romanos» en el sentido habitual del término y conservaban su propio idioma y su propia cultura. Por lo tanto, cuando en el año 213 después de Cristo le pidieron ayuda al emperador Caracalla para enfrentarse a una tribu vecina, este no encontró ninguna razón por la que no debiera conquistarlos a ellos en su lugar. Dion Casio escribió:

Antonino lanzó una campaña contra los alamanes y donde encontraba un lugar habitable, ordenaba: «Que se erija allí un fuerte. Que se construya allí una ciudad». Y otorgó a esos lugares nombres relacionados con él mismo, aunque no se modificaron las denominaciones locales ya que algunos de los habitantes desconocían los nuevos nombres y otros suponían que bromeaba. En consecuencia, comenzó a despreciar a aquella gente y no les mostró clemencia alguna; por el contrario, trató como a los peores enemigos precisamente a aquellos a quienes afirmaba haber acudido a ayudar. Pues convocó a todos los hombres en edad de combatir con el pretexto de reclutarlos como mercenarios y, a una señal dada —alzando su escudo—, ordenó rodearlos y masacrarlos. Después envió jinetes para capturar a todos los demás. (78.13.4)

Se desconoce si los alamanes ya eran especialmente hostiles a Roma antes de esto, pero a partir de entonces se convirtieron en uno de sus enemigos más acérrimos.

La derrota de Chonodomario no significó la destrucción total de la alianza que él había liderado, como sí lo habían hecho tres siglos antes las derrotas de sus homólogos del siglo I, como Arminio y Marbod. La diplomacia de Juliano no solo permitió que muchos de los reyes alamanes de menor rango que habían participado en la batalla conservaran su posición, sino que, en menos de una década, un nuevo líder preeminente, Vadomario, ya volvía a inquietar a los romanos. Fue hábilmente eliminado mediante un asesinato, pero luego apareció un tercero en su lugar: Macrino. Amiano registra tres intentos distintos por parte de uno de los sucesores de Juliano, Valentiniano I, de eliminar a Macrino mediante su captura o asesinato, pero finalmente, presionado por los acontecimientos más al este, el emperador cedió. Los romanos y los alamanes se reunieron a orillas del Rin para celebrar una cumbre, en la que el emperador reconoció la preeminencia de Macrino entre los alamanes. A diferencia de lo que ocurrió en el siglo I, ni siquiera una derrota militar importante fue suficiente para destruir la gran confederación alamana. (40-41)

La «derrota militar importante» a la que se refiere Heather no es solo la batalla de Estrasburgo, sino también la posterior batalla de Solicinium, en el año 367 después de Cristo, en la que Valentiniano I derrotó a los alamanes en la región suroeste de Alemania. A pesar de su victoria, los alamanes no fueron derrotados en absoluto y seguían siendo una fuerza formidable unos 80 años después, cuando se unieron a las fuerzas de Atila el Huno y participaron en la batalla de los Campos Cataláunicos contra los romanos al mando de Flavio Aecio en el año 451 después de Cristo Aun así, la batalla de Estrasburgo limitó considerablemente la capacidad de los alamanes para amenazar a Roma durante los años siguientes. El historiador Roger Collins escribe:

Esta única batalla marcó realmente un punto de inflexión en la penetración de los alamanes en la Galia. Desintegró la confederación de tribus alamanas que, en gran medida, se había formado y mantenido unida gracias a la credibilidad militar de Chonodomario, y permitió por primera vez a los romanos tomar la iniciativa… Amenazados con una invasión romana de su propio territorio, los alamanes buscaron una tregua. (35)

Sin embargo, cabe señalar una vez más que la confederación no se disolvió ni los alamanes parecían considerarse un pueblo conquistado.

Primero Juliano y luego Valentiniano I firmaron tratados con la confederación del pueblo conocido como los francos («el pueblo feroz»). En un intento por mantener la recién restaurada ciudad romana de Colonia, Juliano bloqueó el territorio de los francos, privándolos de mercancías esenciales para su comercio, hasta que aceptaron sus condiciones. Collins comenta al respecto:

Cabe destacar que Juliano no hizo ningún intento por penetrar las tierras pantanosas al norte del Mosa que los francos habían ocupado, y los romanos aceptaron tácitamente su ocupación continua de esta zona. A partir de este pequeño comienzo se desarrollaría la posterior ocupación franca de toda la Galia. Se podría decir que este fue «el nacimiento de Francia». Sin embargo, en 357/358 lo que se consiguió fue un tratado de federación: la ocupación franca de territorio romano fue aceptada a cambio de que ayudaran a defender la región. (35)

Este acuerdo fue favorable para los francos, quienes comenzaron a prosperar de manera constante, pero no resultó tan beneficioso para los alamanes. Para cuando los alamanes lucharon junto a los hunos en el año 451 en los Campos Cataláunicos, los francos ya se habían vuelto lo suficientemente poderosos como para ser considerados aliados de los romanos bajo el mando de Aecio. Los francos se unieron bajo el reinado de su primer rey, Clodoveo I (466-511), quien luego expandió las fronteras de la Galia para conquistar Europa occidental. Los alamanes continuaron habitando la región de Germania hasta que fueron derrotados por Clodoveo I en la batalla de Tolbiac en el año 496 y fueron sometidos por los francos. Luego, algunos se asimilaron a la cultura franca y se establecieron en la Galia, mientras que otros continuaron viviendo en su antigua región bajo el dominio franco. Su nombre perdura hoy en día en el dialecto alemánico del alemán, así como denominación de «Alemania» en muchas lenguas modernas.