El siglo XIV fue una época de crisis y transformación en todo el planeta. La peste, las guerras, las estructuras de poder cambiantes y el gérmen intelectual redibujaron las sociedades de Asia, África, Europa y América. A pesar de la profunda inestabilidad, surgieron nuevos centros de influencia y se intensificaron las conexiones a larga distancia, lo que forjaría un paisaje global más interconectado a la vez que fracturado.

La peste negra asoló la región desde China hasta Europa, decimando la población y alterando las economías, mientras el Sultanato de Delhi se expandía hacia el interior del subcontinente indio y el Imperio de Malí alcazaba su apogeo con Mansa Musa. El Imperio mongol se fracturó, el Imperio bizantino empezó a flaquear y otras dinastías nuevas, como la Ming en China, surgieron de los escombros. En África Occidental floreció la erudición musulmana en Tombuctú; en los Andes, los centros regionales consolidaron el poder; y en Mesoamérica se empezaron a establecer los cimientos de futuros imperios. Las rutas comerciales transportarían mercancías, historias y contagios a través de los continentes, vinculando culturas distantes, incluso cuando los conflictos y los cambios estaban sacudiendo sus estructuras internas.