El ascenso de Constantino I «el Grande» (en torno a 272-337 después de Cristo; reinó entre 306 y 337 después de Cristo) tuvo lugar en medio de la inestabilidad política de la etapa tardía del Imperio romano, tras el colapso del sistema tetrárquico de Diocleciano. Proclamado emperador por sus tropas en Eboracum (York) en el año 306 después de Cristo, tras la muerte de su padre, Constancio I Cloro, Constantino se vio envuelto en casi dos décadas de guerra civil contra sus rivales al trono. Su victoria en la batalla del Puente Milvio (28 de octubre de 312 después de Cristo) sobre Majencio (su rival italiano) supuso un punto de inflexión decisivo, famoso por estar asociado a su conversión inicial o a su apoyo público al cristianismo. Al derrotar a Licinio (su coemperador de Oriente) en el año 324 después de Cristo, Constantino se convirtió en el único gobernante del mundo romano.
Como único emperador (324-337 después de Cristo), Constantino llevó a cabo reformas que reorientaron de manera fundamental la trayectoria política y religiosa del imperio. Perfeccionó el marco administrativo de Diocleciano y reformó las fuerzas armadas creando un ejército de campaña móvil (comitatenses). Su reinado es histórico por el Edicto de Milán (313 después de Cristo), un acuerdo conjunto con Licinio que legalizó el culto cristiano y puso fin a la persecución patrocinada por el Estado. Además, fundó Constantinopla en el emplazamiento de Bizancio como nueva capital imperial; inaugurada en el año 330 después de Cristo, desplazó el centro de gravedad estratégico y cultural del imperio hacia el Mediterráneo oriental.