El periodo de los Reinos Combatientes (en torno a 475-221 antes de Cristo) representa la fase final y más transformadora de la dinastía Zhou Oriental (770-256 antes de Cristo), caracterizada por la fragmentación política, las continuas guerras entre Estados y profundos cambios institucionales. A medida que la autoridad real de Zhou se debilitaba, los antiguos estados vasallos reivindicaron plena soberanía, adoptando el título de «rey» y persiguiendo la expansión territorial mediante conquistas militares y maniobras diplomáticas. Esta época no solo estuvo marcada por la violencia, sino también por la reestructuración sistémica: los gobernantes llevaron a cabo una centralización administrativa, codificaron las leyes, reformaron el sistema tributario y reforzaron los ejércitos permanentes, acelerando así la transición de las redes feudales aristocráticas a estados territoriales gobernados mediante mecanismos burocráticos.

Para el siglo IV antes de Cristo, el poder se había consolidado en torno a siete reinos principales: Qin, Chu, Zhao, Wei, Han, Yan y Qi, cuya rivalidad reconfiguró el mapa político del norte y el centro de China. El Estado de Qin, fortalecido por las reformas legalistas de Shang Yang (siglo IV antes de Cristo), desarrolló una estructura altamente centralizada y militarizada que resultó decisiva. En el año 221 antes de Cristo, el rey Zheng de Qin (reinó entre los años 247 y 221 antes de Cristo) completó la conquista de sus rivales y se proclamó Qin Shi Huang (reinó entre los años 221 y 210 antes de Cristo), con lo que fundó la dinastía Qin (221-206 antes de Cristo) e inauguró el dominio imperial.