Durante la Primera Guerra Mundial (1914‑1918), los Gobiernos pretendieron desplegar los mayores ejércitos posibles, para lo que llamaron al frente de batalla a millones de varones, con lo que el papel de las mujeres en la sociedad se amplió enormemente. Las mujeres trabajaron de enfermeras y como personal sanitario; desempeñaron labores de apoyo en las fuerzas armadas; y sustituyeron a los hombres tanto en las fábricas como en los servicios públicos. Aunque la mayoría de las nuevas libertades volvió a restringirse tras la guerra, en una cosa se progresó definitivamente y es que las mujeres consiguieron votar por primera vez en varios países, entre los que cabe destacar Rusia, Alemania, los Estados Unidos y Gran Bretaña.

Durante la Primera Guerra Mundial, Rusia fue la excepción a la hora de autorizar que las mujeres se alistasen en las fuerzas de combate del Ejército. Es famoso el caso de María «Yashka» Bochkareva (1889‑1920), que le solicitó permiso al zar para hacerlo. «Bochkareva fue un éxito rutilante… Cuatro veces la hirieron y tres la condecoraron… La capturaron y se escapó; ascendió a cabo y después a sargento» (Shukman, 308). Cuando el Gobierno provisional tomó el poder tras la abdicación del zar en marzo de 1917, a Bochkareva le asignaron la tarea de formar el Primer Batallón Femenino de la Muerte. La idea principal era que este batallón de 300 mujeres tan bien instruidas y disciplinadas (todas con la cabeza rapada) dejase en evidencia a los soldados varones, que querrían volverse más disciplinados, y que moviese a más hombres a alistarse en las fuerzas armadas. El batallón de Bochkareva le infligió una dura derrota a una hueste alemana en el frente sudoccidental en julio, una victoria que supuso la captura de 2.000 prisioneros. Otros batallones de mujeres se crearon en el verano de 1917, incluido un destacamento naval.

En Gran Bretaña, las mujeres que querían ayudar en el mismísimo frente de batalla no podían alistarse como combatientes en las fuerzas armadas, pero a finales de 1916 se formó el Cuerpo Auxiliar Femenino del Ejército (Women's Army Auxiliary Corps, WAAC), rebautizado más adelante como el Cuerpo Auxiliar del Ejército de la Reina María (Queen Mary's Army Auxiliary Corps, QMAAC). Aunque el WAAC actuaba en el frente interno, empezó a enviar a sus mujeres a Francia en 1917, para que desempeñasen labores como preparar y servir la comida y la bebida de los soldados. Al año siguiente, se creó el Servicio Femenino de la Marina Real (Women's Royal Naval Service, WRNS) y, en 1918, la Real Fuerza Aérea Femenina (Women's Royal Air Force, WRAF). Estas tres organizaciones femeninas tenían más de 100.000 miembros ya en 1918, pero sus mujeres no portaban armas: su misión era más bien de apoyo (como cuando conducían vehículos o realizaban trabajos de oficina, cáterin o mantenimiento), para que los hombres, liberados de estas tareas, pudiesen unirse a las tropas de combate.

Lo más habitual en general era que las mujeres trabajasen de enfermeras asalariadas totalmente formadas o como personal sanitario voluntario en los hospitales militares que estaban detrás (aunque a menudo muy cerca) de la primera línea de batalla. Más de 17.000 enfermeras británicas sirvieron en hospitales de campaña en el frente occidental. Daisy Spickett, que fue una de estas enfermeras, nos explica por qué se alistó como sanitaria:

Siempre tuve en mente que quería ser enfermera y, en cuanto me enteré de que hablaban de montar hospitales de la Cruz Roja, empecé a indagar. Me enteré también de la posibilidad de que el Ministerio de Guerra necesitase voluntarios para los hospitales militares y decidí que eso era lo que quería yo. Me pareció que era la única esperanza que tenía de meterme en el meollo de todo esto, ir al extranjero y hacer lo que hubiese que hacer, así que la idea del ejército me atrajo: estar en el Ejército. Como me pareció que eso era lo que yo quería por encima de todo, así fue como me inscribí en los hospitales militares y conseguí mi puesto en julio de 1915.

(Museo Imperial de la Guerra)

Las sanitarias no solo cuidaban a los enfermos y los heridos, sino que desempeñaban otras muchas tareas necesarias, como conducir ambulancias o trabajar de mecánicas u oficinistas.

Como los Ejércitos estaban reclutando a los trabajadores varones, a las mujeres de Gran Bretaña, Francia, los Estados Unidos y Alemania, entre otros países, las contrataron para sustituirlos en las fábricas. Las normas sociales habían cambiado porque, de repente, las mujeres encajaban en funciones que antes solo se consideraban adecuadas para los hombres. Las mujeres ya trabajaban en las fábricas antes de la guerra; sin embargo, la expectativa de que estas trabajadoras dejasen sus puestos cuando se casasen o la idea preconcebida de que el trabajo femenino valía menos que el masculino (por lo que estaba peor pagado) empezaron a cuestionarse durante la Primera Guerra Mundial, al menos en cuanto a las mujeres de la clase obrera. Aun así, «cuestionar» no es lo mismo que «cambiar», ya que la mayoría de los empresarios siguieron obstinándose en considerar como trabajadoras temporales a las mujeres, cuya mera presencia en la plantilla solía verse como una necesidad de guerra.

La mayoría de la gente estaba segura de que, cuando por fin llegase la paz, las trabajadoras volverían a sus sectores laborales tradicionales y al hogar familiar. No obstante, se habían puesto en marcha unos sutiles cambios culturales que, si bien no tenían la fuerza suficiente como para provocar un cambio permanente en el mundo inmediatamente posterior a la guerra, sí que sentaron las bases para los avances que se darían en las oportunidades de las mujeres en décadas posteriores. Por ejemplo, a las mujeres de las fábricas británicas las animaron a practicar deporte tanto por salud como para garantizar que siguiesen siendo trabajadoras eficientes. En consecuencia, se crearon los primeros equipos y ligas de fútbol femenino. A estos partidos solían asistir muchos espectadores. En resumidas cuentas, los hombres (y los sindicatos de predominio masculino en particular) ya no podían argumentar de forma convincente que las mujeres no sabían desempeñar ciertos trabajos y funciones, cuando era evidente que los habían estado ejerciendo con excelentes resultados durante los muchos años de la guerra.

Sin duda, las mujeres ayudaron a ganar la guerra o, en el caso de los perdedores, a prolongarla. En todos los países beligerantes, hubo una demanda insaciable de trabajadores en las fábricas de municiones, cuyos puestos de trabajo solían estar mejor pagados que en otras industrias. En Francia, 75.000 mujeres trabajaban en las fábricas de municiones en 1915 y, para 1918, un tercio de la mano de obra de estas fábricas eran mujeres. En Gran Bretaña, 520.000 mujeres trabajaban en las industrias de la metalurgia y la ingeniería en 1916, más del doble que en 1914. Para 1918, Gran Bretaña contaba con más de 7,3 millones de mujeres como mano de obra y el 90 % de la mano de obra de las fábricas de municiones eran mujeres. En la Rusia de 1917, las mujeres constituían alrededor del 43 % de la mano de obra industrial. Aquí, la mayoría de los nuevos empleos femeninos eran manuales o agrícolas y solo hubo un pequeño incremento de las mujeres en las profesiones de oficina.

En Alemania, animaron a las mujeres a trabajar en las fábricas desde los primeros estadios de la guerra. La campaña para promover la mano de obra femenina la dirigió la Dra. Gertrud Bäumer (1873‑1974), una veterana activista por la mejora de los derechos y las oportunidades de las mujeres. El número de mujeres que trabajaban en la industria química alemana ascendió de 26.749 en 1913 a 208.877 en 1918. Hubo un incremento similar en las industrias mecánica y armamentística.

Las nuevas oportunidades no carecían de riesgos. El trabajo en las fábricas solía ser peligroso. No solo era peligroso manejar las máquinas, sino que las averías podían provocar lesiones cuando salían volando fragmentos de la maquinaria. Todos los accidentes sucedían con demasiada frecuencia por culpa de la fatiga, ya que los trabajadores, incluidas las mujeres, tenían que soportar a menudo turnos de 12 horas. Después, estaba la exposición a los materiales tóxicos, sobre todo durante el proceso de fabricación de municiones y armas. Caroline Rennles, que trabajó en una fábrica de TNT en Kent, Inglaterra, nos describe los efectos de los materiales tóxicos en el aspecto de los trabajadores:

Pues claro que teníamos todos la cara amarillísima, ¿sabes?, porque no teníamos máscaras de gas en aquella época… Y teníamos todos la cara tan amarilla que nos llamaban «canarios»… Claro que nosotros, toda nuestra ropa, o sea, no podíamos llevar, o sea, ropa buena porque el polvo se te colaba en la ropa, ¿sabes lo que te quiero decir?

(Museo Imperial de la Guerra)

Otra trabajadora, Laura Verity, nos describe las condiciones de la fábrica en la que trabajaba:

Bueno, estaba mal de la garganta, ¿sabes?, y el médico, no sé qué era, dijo que era alguna clase de envenenamiento… Y luego, ¿sabes?, usaban mucho amianto en Bray's. Ahora que lo pienso, mi hermana mayor me dijo que es un milagro que ella y yo estemos vivas con todo ese amianto porque todas estas boquillas y tal estaban hechas de amianto, ¿no?, y lo ponían en los suelos y veías tus huellas en esa cosa. Te daba que pensar, ¿sabes?, y estábamos trabajando con esa cosa.

(Museo Imperial de la Guerra)

Las condiciones de trabajo en las fábricas de Europa Occidental nunca fueron las ideales, pero en Rusia eran todavía peores. Los salarios de las mujeres eran muy bajos comparados con los de los hombres y las condiciones de las viviendas, a menudo poco menos que unos burdos barracones, miserables. A menudo, encarcelaban o mandaban al exilio a quienes hacían campaña por mejorar los derechos de las mujeres. Italia tenía unas condiciones de trabajo igual de precarias y sus autoridades, como en otros países, autorizaban el trabajo infantil en las industrias clave.

La escasez general de varones en el frente interno también generó nuevas oportunidades de trabajo para las mujeres fuera de las fábricas, como fue el caso de la agricultura y de servicios públicos como las ambulancias o, en Gran Bretaña, la Policía. Las mujeres de la Policía empezaron como miembros de las patrullas femeninas (Women's Patrols), creadas para garantizar que las obreras de las fábricas se comportaban como era debido tanto en el trabajo como en los albergues donde solían alojarse. El papel de las mujeres policías evolucionó hasta acabar incluyendo el patrullaje de lugares públicos como los parques y las estaciones de tren. El transporte fue un sector donde muchas mujeres encontraron trabajo. Hubo mujeres conductoras y revisoras de autobuses, vendedoras de billetes, porteras y limpiadoras. En Gran Bretaña, el número de mujeres que trabajaban en el ferrocarril creció de 9.000 a 50.000 en el transcurso de la guerra; en el conjunto del sector del transporte, el número de trabajadoras creció de 18.000 a 117.000.

Otra organización femenina británica importante fue la Reserva de Mujeres Voluntarias (Women's Volunteer Reserve, WVR), que se había fundado en 1914 como el Cuerpo Femenino de Emergencia (Women's Emergency Corps, WEC). Las voluntarias, que adoptaban rangos y uniformes de estilo militar, ayudaban a gestionar los comedores públicos; asistían en los servicios hospitalarios; y organizaban actividades para recaudar fondos para la beneficencia y el esfuerzo bélico. Algunos de estos cuerpos de reservistas también hacían la instrucción, participaban en marchas y aprendían a disparar fusiles. Al principio, la reserva atraía sobre todo a mujeres de clase media y alta, pero pronto se afiliaron mujeres de todas las clases.

El Ejército Femenino de la Tierra (Women's Land Army, WLA) se creó en Gran Bretaña en 1917. Esta organización pretendía llenar el vacío de trabajadores agrícolas que habían dejado los hombres al alistarse en las fuerzas armadas. A las mujeres del WLA las llamaban cariñosamente «las chicas de la tierra». Para 1918, 228.000 mujeres trabajaban en la agricultura en Gran Bretaña. En duro contraste con la participación voluntaria en el WLA, en las partes de Francia ocupadas por las fuerzas alemanas, obligaron a las mujeres y las niñas francesas desempleadas a desplazarse para trabajar en la agricultura. La redada de mujeres que tuvo lugar en Lille en abril de 1916 se convirtió en un ejemplo tristemente famoso de este uso de la mano de obra forzosa. En otros países, donde la agricultura estaba mucho menos mecanizada y donde las mujeres habían trabajado la tierra desde siempre, el reclutamiento obligatorio tuvo mucho menos impacto.

Los puestos de oficina, en sitios como los departamentos administrativos de empresas, bancos y Gobiernos locales, los ocupaban cada vez más mujeres. Aun así, persistían ciertas barreras para las mujeres, como en los gremios, de predominio masculino, que requerían de largos períodos de aprendizaje formal. De las mujeres de clase media, todavía se esperaba que priorizasen la vida familiar sobre la laboral al casarse. Aunque muchas mujeres eran profesoras en los niveles educativos inferior y medio, las universidades británicas aún les prohibían impartir clases en la educación superior. Por último, igual que antes de la guerra, fuera de las grandes ciudades la inmensa mayoría de las trabajadoras solo encontraba empleos en el servicio doméstico. No obstante, aquí también se produjeron cambios porque las mujeres de las grandes áreas urbanas, cuando podían, dejaban el servicio doméstico por puestos mejor pagados en la industria y en los servicios públicos.

Por toda Europa, se veían ahora de repente trabajadoras por todas partes, ya fuese limpiando ventanas, conduciendo furgonetas de reparto y tranvías, barriendo las calles o picando billetes de autobús. En Rusia, las mujeres tenían a veces más oportunidades que en Europa Occidental. Por ejemplo, las rusas podían conducir trenes, algo que no se les permitía a las mujeres en otros países. Incluso en los Estados Unidos (donde al frente interno le afectó mucho menos la guerra comparado con Europa), las mujeres empezaron a trabajar en las fábricas, para lo que dejaron sus funciones tradicionales en el servicio doméstico; esto, a su vez, generó nuevas oportunidades para las mujeres negras que antes solo habían trabajado la tierra, ya que ahora podrían asumirlas ellas.

Luego, estaban las mujeres que hacían trabajos irregulares, a menudo no remunerados o muy mal pagados, aunque esenciales para que la sociedad continuase funcionando. Las mujeres conseguían ingresos extra lavando, limpiando, cosiendo, alojando a huéspedes o cuidando a los hijos de otros trabajadores. Por lo general, las trabajadoras no recibían ninguna ayuda del Estado en lo tocante al cuidado de los hijos. Las británicas que trabajaban en las fábricas de municiones sí que tuvieron acceso a 100 guarderías nuevas; en cambio, otras trabajadoras tenían que recurrir a la familia o los amigos para que cuidasen de sus hijos mientras se iban a trabajar. Los empresarios se mostraron increíblemente reacios a invertir en las instalaciones y servicios que requería una plantilla femenina; y hubo muy poca consideración hacia el hecho de que las trabajadoras, aparte de las largas jornadas laborales, también debían guardar cola para conseguir comida para sus familias.

El paso del trabajo en el servicio doméstico y el sector agrícola a los puestos industriales y de oficina es el rasgo principal que caracteriza la mano de obra femenina en diversos países durante la guerra, ya que, en contra de la creencia popular, «no hubo una afluencia masiva de mujeres desempleadas hacia los puestos masculinos» (Strachan, 154). Más bien, la inmensa mayoría de las trabajadoras ya estaba trabajando. Gran Bretaña, por ejemplo, tenía casi 5 millones de trabajadoras antes de que empezase la guerra y 6 millones al final. Por lo tanto, la mayoría de las trabajadoras no se unió al mercado laboral, sino que se trasladó de un sector a otro. Este trasvase o lo propiciaron los Gobiernos, que necesitaban dotar de personal a las industrias vitales; o fue una decisión particular, para encontrar un trabajo menos exigente físicamente, más seguro, mejor pagado o, simple y llanamente, más interesante. Sin duda, a muchas mujeres también las movió el deseo de aportar su granito de arena al esfuerzo bélico, así como de asegurar la continuidad de las industrias y los servicios esenciales mientras los hombres combatían en el frente.

En la práctica, las mujeres casi nunca recibían mejores sueldos que los hombres, a pesar de que hacían el mismo trabajo. No obstante, los salarios eran mejores en las fábricas que en el servicio doméstico, con lo que el poder adquisitivo de muchas mujeres aumentó radicalmente y, con ello, la libertad de actuar a su antojo, para, por ejemplo, llevar la ropa que quisiesen o salir a comer sin ir acompañadas de varones. Aunque hubo que pagar un precio por esta libertad, que solo fue posible por la escasez de hombres y por la expansión de ciertas industrias. Más de 4 millones de mujeres perdieron a sus maridos durante el conflicto y millones más a sus padres, hermanos e hijos.

Con las libertades, también llegaron las restricciones. En Gran Bretaña y Francia, las esposas de los soldados que estaban en el frente recibían un subsidio de separación familiar, pero las autoridades podían cortarlo si descubrían que la mujer le había sido infiel al marido o que había desatendido sus obligaciones como madre. En Francia, donde el Estado estaba obsesionado con la regeneración de la población, se prohibieron los anticonceptivos. Por último, algunas de las libertades logradas durante la guerra se perdieron rápidamente tras ella; a las mujeres se les vetaron ciertos trabajos para asegurar que los soldados retornados pudiesen encontrar empleo. Incluso en las profesiones que siguieron abiertas a las mujeres, como la educación o la medicina, se esperaba que las mujeres casadas no pudiesen ocupar esos puestos, ya que criar a una familia se consideraba más importante.

Entonces, al finalizar la guerra, la sensación entre muchas mujeres era de resentimiento porque, pese a que les habían repetido constantemente lo fundamental que era su trabajo para el esfuerzo bélico, ahora las mandaban a casa a tener hijos. Las fábricas francesas hasta tenían letreros a tal fin, en los que animaban a las mujeres a las que aún no habían despedido a dejar voluntariamente sus puestos de trabajo, para que los soldados retornados pudiesen recuperar sus antiguos empleos. Es memorable la forma en la que captó este resentimiento una mujer que le escribió al periódico francés La Vague:

Mi marido ha estado en el Ejército los últimos 6 años. He trabajado como una esclava en Citröen durante la guerra. Allí me dejé la piel, la juventud y la salud. En enero me despidieron y, desde entonces, soy pobre.

(Strachan, 161)

Las actitudes culturales muy arraigadas y machistas resultaron difíciles de cambiar. A modo de ejemplo, en Gran Bretaña, las ligas de fútbol femenino empezaron a considerarse demasiado populares, tanto como para rivalizar con el fútbol masculino, así que las prohibieron tras la guerra. A menudo, las trabajadoras se enfrentaron al acoso machista en las calles, los lugares de trabajo y la prensa por no cederles sus puestos laborales a los varones. Parece que, durante la guerra, la sociedad adaptó sus normas en beneficio de las mujeres, pero que, en tiempos de paz, los hombres que habían creado esas misma normas les iban a devolver su forma original.

Una consecuencia más positiva de esta ampliación (si bien temporal) del papel de las mujeres durante la guerra fue el apoyo cada vez mayor al movimiento por el derecho al voto femenino. En Rusia, las mujeres mayores de 20 años consiguieron el derecho al voto en 1917. En Gran Bretaña, las mujeres mayores de 30 años se ganaron su derecho a votar en febrero de 1918 (los votantes varones solo debían tener de 21 años en adelante). En Alemania, a las mujeres se les concedió el derecho al voto en noviembre de 1918, tras el armisticio. En los Estados Unidos, las mujeres obtuvieron los mismos derechos que los hombres a la hora de votar en 1920. En Francia, la Cámara Baja del Parlamento aprobó una ley para concederles el voto a las mujeres, pero la rechazó el Senado (la Cámara Alta). Las francesas tendrían que esperar a que sobreviniese otra guerra para ganarse su derecho a votar en 1944.