Las mujeres participaron activamente en la Revolución rusa de 1905 y en las dos revoluciones de 1917 que derrocaron al zar y establecieron un Gobierno bolchevique. Actuaron tanto en el seno del partido bolchevique, liderado por Vladímir Lenin (1870-1924), como en los numerosos grupos de oposición y en organizaciones no políticas. Con el objetivo de mejorar los derechos y las oportunidades de las mujeres de todas las clases sociales, estas lucharon por el cambio a través del periodismo, los escritos políticos, el activismo partidista, las huelgas, los asesinatos y la creación de organizaciones filantrópicas, tanto políticas como apolíticas, en todo el Imperio ruso.
Desde la Ilustración y la Revolución francesa del siglo XVIII, las mujeres rusas comenzaron a aplicar las ideas del racionalismo y la libertad igualitaria a su propia situación en la sociedad. Al igual que en otros lugares, convencer a las instituciones políticas dominadas por los hombres de que las mujeres debían tener los mismos derechos que ellos resultó ser una tarea inmensamente difícil, y el ridículo era la respuesta habitual a tales reivindicaciones. En Rusia, las reformas sociales de la segunda mitad del siglo XIX, incluido el acceso de las niñas a la educación secundaria, finalmente les dieron la esperanza de poder realizar un cambio mayor. En cuanto a números, el movimiento por los derechos de las mujeres era reducido, pero, gracias a las periodistas, las escritoras y las activistas políticas, su voz se escucharía con regularidad a lo largo de este período revolucionario de la historia de Rusia.
En la Rusia rural, muchas profesoras y médicas eran mujeres, pero se esperaba que la mayoría de ellas cumpliera su papel tradicional de esposas y madres. En las ciudades, varias universidades admitían a alumnas, pero el Estatuto Universitario de 1884 revirtió esta tendencia al prohibir el acceso de las mujeres a la educación superior. Fue en la segunda mitad de la década de 1880 cuando las mujeres comenzaron realmente a luchar por el cambio y a conseguir una mayor igualdad de derechos con los hombres. Las mujeres querían oportunidades más allá de la vida doméstica, igualdad de derechos de voto con los hombres, acceso a la educación superior, formación profesional y el derecho a ejercer cualquier profesión. También trabajaron para mejorar la vida de aquellas que eran víctimas de circunstancias ajenas a su control. Por ejemplo, a finales del siglo XIX existía en Moscú una organización benéfica para ayudar a las mujeres pobres, la Asociación para el Bienestar de las Mujeres.
El movimiento feminista se dividió esencialmente en dos grupos: las reformistas buscaban el cambio colaborando con las instituciones existentes, dominadas por los hombres, y actuando desde dentro de ellas. Creían en el diálogo, las peticiones, la filantropía y el compromiso. Las radicales, por el contrario, creían que solo lograrían sus objetivos por medio de la acción directa, y a menudo violenta. Solían querer que se las identificara claramente como tales, por lo que se cortaban el pelo corto, vestían ropa sencilla y rompían con las convenciones sociales, como la prohibición de que las mujeres fumaran en público. Una de estas radicales fue la estudiante Vera Zasúlich, que disparó al gobernador general de San Petersburgo, el coronel Trépov, en 1878. Trépov sobrevivió y Zasúlich fue absuelta; más tarde ayudaría a fundar el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR). Los asesinatos de figuras relevantes se convirtieron en parte integrante de la política rusa, y el movimiento por los derechos de las mujeres se vio obligado a adoptar medidas cada vez más extremas mientras Rusia se sumía en un período de revolución violenta a principios del siglo XX.
Muchas mujeres radicales se unieron a partidos políticos clandestinos radicales dominados por hombres, en los que la idea de la igualdad de la mujer recibía simpatía, pero que, en última instancia, quedaba subordinada al objetivo general de derrocar por completo el sistema político existente y crear una forma de sociedad totalmente nueva, cuyo ideal real justo e igualitario por completo. Algunos grupos políticos querían posponer la cuestión de los derechos de la mujer hasta que se hubiera logrado una revolución que derrocara la forma actual de gobierno y sociedad. Un grupo que tuvo especial éxito a la hora de atraer a las mujeres fue la organización terrorista La Voluntad del Pueblo, cuyo comité ejecutivo estaba compuesto en un tercio por mujeres. La Voluntad del Pueblo fue responsable del asesinato del zar Alejandro II (que reinó en 1855-1881). En el otro extremo del espectro, había quienes buscaban el cambio de forma más moderada, como Anna Shabanova (1848-1932), miembro fundadora de la Sociedad Filantrópica Mutua de Mujeres Rusas, de carácter apolítico; Shabanova ocupó la presidencia de esta organización desde 1896 hasta 1917.
Aunque el Estado había vuelto a permitir que las mujeres accedieran a las instituciones de enseñanza superior en la década de 1890, la situación de las mujeres en la sociedad rusa no había mejorado demasiado en otros aspectos. A medida que la política en general se radicalizaba, el movimiento feminista seguía el mismo camino. Para 1905, dos de los partidos políticos socialistas más importantes, los socialdemócratas y los socialistas revolucionarios, prometían la igualdad entre hombres y mujeres en sus programas.
Las mujeres participaron en la tristemente célebre masacre del Domingo Sangriento, que desencadenó la Revolución rusa de 1905. El 22 de enero de ese año, un grupo de manifestantes desarmados y pacíficos, tanto hombres como mujeres, fue encabezado por el padre Gueorgui Gapón (1870-1906), que quería entregarle una petición de reformas al zar en su residencia, el Palacio de Invierno de San Petersburgo. Cuando los manifestantes se negaron a dispersarse, los soldados abrieron fuego contra la multitud y mataron a más de 1.000 personas. La población en general reaccionó de inmediato y se convocó una huelga general, junto con otras formas de protesta contra el régimen zarista. En las protestas participaron campesinos, trabajadores industriales, la clase media urbana y sectores del Ejército.
Se creó una Unión por la Igualdad de Derechos de las Mujeres con delegaciones en toda Rusia. La unión perseguía los siguientes objetivos:
- que todas las mujeres alcanzaran la igualdad con los hombres en materia de derechos políticos y civiles,.
- que todas las mujeres recibieran un trato igualitario, independientemente de su raza, nacionalidad, religión o clase social,.
- aumentar la protección de las trabajadoras,.
- concederles a las campesinas los mismos derechos que a los hombres en la redistribución de la tierra,.
- conceder a las mujeres acceso a todo tipo de educación,.
- que las mujeres tuviesen acceso al empleo público y estatal..
El zar acabó finalmente con la revolución prometiendo reformas, pero ignoró en gran medida las reivindicaciones de las mujeres. La Ley Electoral de diciembre de 1905 resultó especialmente decepcionante para las mujeres, ya que solo se les concedió a los hombres el derecho a votar en las elecciones (e incluso de estos quedaron también excluidos algunos trabajadores y todos los soldados). Al final, las reformas prometidas por el zar fueron escasas y esporádicas.
Aunque las actividades revolucionarias, tanto de hombres como de mujeres, se redujeron tras la brutal y prolongada represión del zar tras la Revolución de 1905, algunas mujeres siguieron participando de forma destacada en el movimiento revolucionario más amplio, formando parte y dirigiendo aquellos partidos y organizaciones clandestinas prohibidas por el régimen zarista pero que, no obstante, trabajaban para promover cambios en pro de una sociedad más justa. El Día Internacional de la Mujer (8 de marzo) se instauró en Alemania en 1910 y se celebró por primera vez en Rusia en 1913. Las dos facciones principales del POSDR, los bolcheviques y los mencheviques, publicaron en 1914 material sobre los derechos de la mujer. La actitud de los bolcheviques (que acabaron imponiéndose a los mencheviques) solía ser ambivalente respecto a los derechos de las mujeres. Hubo un intenso debate sobre cuál era la mejor manera de aprovechar el papel de la mujer en el movimiento revolucionario. Los bolcheviques tenían «un compromiso teórico con la liberación de la mujer a través de la revolución socialista, pero sentían aversión por las organizaciones independientes y se mostraban reacios a aceptar que los intereses de las mujeres no siempre coincidían con los de los hombres ni estaban protegidos por ellos» (Shukman, 35). Muy a menudo, la solución a este dilema consistía simplemente en posponer la cuestión hasta después de que se hubiera logrado la revolución, de manera que puede que esta actitud explique por qué algunas activistas prefirieron unirse a otros grupos socialistas o incluso crear los suyos propios.
Por el contrario, una figura destacada que trabajó dentro de la facción bolchevique fue Nadezhda Krúpskaya (1869-1939), esposa de Lenin, que ejerció como contable y secretaria de los bolcheviques y de su periódico Iskra desde 1903 hasta 1917. Otra figura clave fue Alexandra Kolontái (1872-1952), que formaba parte del consejo editorial del periódico bolchevique La obrera (Rabotnitsa) y fue nombrada miembro del Comité Central bolchevique. Una tercera mujer bolchevique importante fue Inessa Armand (1874-1920), secretaria del Comité de Organizaciones Extranjeras, que coordinaba los distintos grupos bolcheviques repartidos por toda Europa. Armand había fundado Rabotnitsa y la dirigía junto con Kolontái.
Las activistas de todo el espectro político se aseguraron de que el impulso anterior a 1905 no se perdiera por completo publicando regularmente sus propios artículos y organizando congresos exclusivamente femeninos, en los que a menudo se abordaban temas específicos como la prostitución y la educación. Se lograron algunos avances en la asamblea popular del zar, la Duma, en particular nuevas leyes relativas a las separaciones matrimoniales y a los derechos de herencia de las mujeres. Las casadas también consiguieron el derecho a poseer su propio pasaporte interno. Sin embargo, no se avanzó en la concesión del derecho de voto en las elecciones.
Desde la Revolución de 1905 el zar era muy impopular y, aunque sobrevivió, su gobierno autoritario y su renuencia a aprobar reformas acabaron por pasarle factura en los primeros meses de 1917. Nicolás también era impopular debido a su estrecha relación con Grigori Rasputín (1869-1916), un hombre claramente extraño y autoproclamado santo, en torno al cual circulaban todo tipo de rumores desagradables sobre su conducta y la influencia que ejercía sobre la familia real. Además de todo esto, el coste de la vida había aumentado drásticamente durante la Primera Guerra Mundial (1914-18).
El número de trabajadoras aumentó durante la guerra porque las Fuerzas Armadas reclutaron a millones de trabajadores. «En 1917, la proporción de mujeres obreras era del 40 %» (Shukman, 19). En algunas ciudades, las cifras de mujeres en la industria aumentaron aún más. En Moscú, por ejemplo, el porcentaje de trabajadoras pasó del 39,4 % en 1913 al 48,7 % en 1917. La mayoría de los nuevos puestos de trabajo eran de mano de obra no cualificada o en la agricultura, ya que solo se produjo un pequeño aumento de la presencia femenina en las profesiones de oficina. Las mujeres contribuyeron al esfuerzo bélico de otras maneras, sobre todo a través de su labor como médicas y enfermeras. Algunas organizaciones de mujeres crearon sus propios hospitales para los heridos. Al igual que en otros países, a medida que la guerra se prolongaba, «el enorme aumento del papel de las mujeres en la esfera pública reforzó sus reivindicaciones de derechos civiles» (Suny, 471).
Las trabajadoras y las amas de casa de Petrogrado (el nuevo nombre de San Petersburgo) fueron una de las chispas que desencadenaron la Revolución rusa de 1917 cuando marcharon por las calles para celebrar el Día Internacional de la Mujer. Las autoridades habían prohibido cualquier tipo de concentración de este tipo, pero las mujeres, ya enfadadas por la grave escasez de pan y los elevados precios de los alimentos, marcharon de todos modos cuando se anunció el plan de racionamiento del pan, y las trabajadoras de las fábricas textiles de la capital se declararon en huelga.
Al día siguiente, 200.000 trabajadores y manifestantes (hombres y mujeres) salieron a la calle en Petrogrado y se inició una huelga general. Las manifestaciones continuaron y la situación se agravó cuando la unidad de Volinia y otras unidades de las Fuerzas Armadas estatales abrieron fuego sobre ellas. Las multitudes respondieron asaltando prisiones y comisarías, apoderándose del arsenal de la ciudad y deteniendo a los ministros del zar. El zar Nicolás, sin el apoyo del Ejército, se vio obligado a abdicar el 2 de marzo. En ese momento, el poder paso a estar en manos de un Gobierno Provisional, en realidad una serie de coaliciones de ministros liberales y moderados de la Duma.
El Gobierno Provisional también se enfrentó a la difícil tarea de modernizar Rusia y mejorar la economía, aunque el 20 de julio se concedió el sufragio universal a todos los adultos. Este último logro se debió en parte a la labor de grupos de mujeres como la Liga por la Igualdad de Derechos y la Liga por la Igualdad de las Mujeres, que en abril habían organizado una manifestación en la que se reclamaban más derechos para las mujeres y en la que participaron 40.000 personas. Las mujeres llevaban pancartas con lemas como «El lugar de la mujer está en la Asamblea Constituyente», «La fuerza está en la unidad» y «Las ciudadanas de la Rusia libre exigen el derecho al voto».
Las mujeres mayores de 20 años (al igual que los hombres) obtuvieron el derecho a votar en la futura Asamblea Constituyente y en las elecciones locales. Entre los demás logros estaban la igualdad de derechos para las mujeres en la función pública, las profesiones jurídicas, la enseñanza y la educación superior. Para garantizar que las madres no estuvieran ausentes demasiado tiempo del hogar familiar, se restringió el trabajo nocturno de las mujeres. Irónicamente, tras obtener estos derechos, el movimiento por los derechos de la mujer perdió influencia en los partidos revolucionarios. Tal y como señala el historiador S. A. Smith, «las mujeres pronto se vieron marginadas de la política revolucionaria» (Suny, 122).
Había muchas mujeres en el movimiento socialista que se oponían a las ideas radicales de Lenin y los bolcheviques, que ahora reclamaban una revolución total. Yekaterina Breshko-Breshkovskaya, también conocida como Catherine Breshkovsky (1844-1934), fue una activista y miembro de los Socialistas Revolucionarios que llevaba luchando por mayores derechos para las mujeres desde la década de 1860. Se la conoció como la «Babushka» o «Abuela» de la Revolución rusa, pero apoyaba las políticas más moderadas del Gobierno Provisional. Otra crítica acérrima de los bolcheviques fue María Pokrovskaya (nacida en 1852), quien creó y editó en 1904 la revista política feminista de mayor trayectoria, Zhenskii vestnik (El mensajero de las mujeres). Al año siguiente, Pokrovskaya, siempre recelosa de los partidos dominados por hombres, fundó el Partido Progresista de las Mujeres.
Yekaterina Kuskova (1869-1958) fue miembro fundadora de la Unión de Liberación y, tras la Revolución de 1905, de la Unión de Sindicatos; también contribuyó a la fundación del Partido Demócrata Constitucional y formó parte brevemente de su Comité Central antes de decidir dedicarse al cambio social al margen de cualquier partido concreto. Kuskova se opuso a los objetivos revolucionarios de los bolcheviques, ya que creía que «la lucha política era una distracción y que el movimiento socialdemócrata debía centrarse en la lucha económica, es decir, la batalla cotidiana entre empresarios y trabajadores por mejores salarios y condiciones» (Read, 41).
Hubo una oposición aún más radical al bolchevismo de Lenin. Fanny Kaplan (1890-1918), miembro del Partido Socialista Revolucionario, disparó e hirió a Lenin en agosto de 1918. Kaplan fue detenida y ejecutada. Incluso tras la segunda Revolución de 1917, cuando Lenin tomó el poder, algunas mujeres siguieron oponiéndose violentamente a los bolcheviques. María Spiridónova (1885-1941), que lideraba un nuevo partido, los Socialistas Revolucionarios de Izquierda (Internacionalistas), se oponía a la política de Lenin de retirar a Rusia de la Primera Guerra Mundial. Para impedirlo, Spiridónova ordenó el asesinato del embajador alemán. Sin embargo, esto no impidió que Lenin firmara el Tratado de Brest-Litovsk. Spiridónova fue detenida y condenada a 20 años de prisión.
Tras un verano de huelgas y revueltas campesinas a lo largo de 1917, los bolcheviques se hicieron con el control de los consejos obreros (soviets) y obtuvieron un mayor apoyo gracias a su promesa de retirarse inmediatamente de la guerra. Seguía habiendo oposición a Lenin y a los bolcheviques, pero fueron estos últimos quienes tomaron la iniciativa a medida que 1917 llegaba a su fin.
Lenin, valiéndose de la milicia bolchevique de la Guardia Roja, derrocó al Gobierno Provisional y tomó el poder en noviembre. Los estudiantes de medicina bolcheviques habían formado a las mujeres como auxiliares médicas y se organizaron en brigadas para atender a los heridos durante esta segunda revolución. También había algunas mujeres en la Guardia Roja. Aunque los batallones de fusilamiento femeninos del Gobierno Provisional fueron disueltos por Lenin tras la Revolución de Noviembre de 1917, en la guerra civil rusa que siguió, «en realidad las mujeres sirvieron en todos los ejércitos, en todos los frentes y en todas las fases» de esa guerra (Bullock, 110). Las mujeres prestaron servicio como soldados, en logística y en unidades médicas.
Lenin creía que las mujeres, al liberarse de los roles tradicionales en el hogar, podrían incorporarse a la fuerza laboral del país. En la nueva Rusia soviética, tareas como el cuidado de los niños, la cocina y la limpieza iban a colectivizarse, lo que daría a las mujeres más tiempo para trabajar. Como dijo Lenin en un discurso pronunciado en noviembre de 1918: «Las mujeres han estado atadas al hogar y solo el socialismo puede liberarlas de ello» (Read, 233). Es significativo que dichos colectivos estuvieran integrados exclusivamente por mujeres; nunca se planteó que los hombres debieran participar en estas tareas ni en la crianza de los hijos.
El nuevo régimen de Lenin garantizó los derechos de las mujeres que el Gobierno Provisional ya les había concedido, aunque a las de clase alta se les privó entonces de la ciudadanía. Los bolcheviques también secularizaron el matrimonio y liberalizaron el divorcio. Las parejas casadas podían adoptar el apellido del marido o de la mujer, y cualquiera de los cónyuges podía solicitar y obtener fácilmente el divorcio. La ley garantizaba les garantizaba el derecho a trabajar con igualdad salarial. Además, también quedaron sujetas al servicio laboral obligatorio, al igual que los hombres. Se les concedió el derecho a ocho semanas de baja por maternidad remunerada si eran obreras, y a seis semanas si eran empleadas de oficina. El aborto se legalizó en 1920. Las mujeres de las zonas rurales se beneficiaron del derecho a poseer tierras, a unirse a comunas y a actuar legalmente como cabeza de familia.
Las intenciones del Gobierno soviético quedaban claras por las leyes que aprobaba y el lenguaje neutro que utilizaba. Otra declaración de intenciones fue la organización por parte de Inessa Armand de la Primera Conferencia Internacional de Mujeres Comunistas (1920) y el nombramiento de Alexandra Kolontái como comisaria del Pueblo para el Bienestar Social en el nuevo Gobierno, lo que la convirtió en la «primera mujer del mundo en ocupar un cargo ministerial» (Daly, 90). A lo largo de la década de 1920, Kolontái dirigió el Zhenotdel, la Sección de Mujeres del Comité Central del Partido Comunista, que promovía la alfabetización de las mujeres, gestionaba comedores comunitarios y se ocupaba de los niños abandonados.
Las mujeres ocupaban un lugar destacado en la propaganda soviética, como en carteles y pinturas de obreras, campesinas, profesoras, enfermeras, soldadas y activistas políticas. Sin embargo, en la práctica, no todos los nuevos derechos se hacían respetar. Dada la persistencia de los prejuicios masculinos y la falta de oportunidades para que las mujeres adquirieran los mismos niveles de educación y competencias laborales que poseían los hombres, a menudo resultaba les muy difícil o incluso imposible ejercer plenamente los derechos que les otorgaba la ley. Esto se debía a que «el Estado carecía de los medios para hacerlos valer o para respaldar sus promesas con los recursos necesarios que permitieran un cambio real» (Suny, 477). De hecho, las oportunidades para las mujeres se redujeron a lo largo de los treinta, ya que el Gobierno soviético «dejó incluso de defender de boquilla la emancipación de la mujer como un objetivo en sí mismo; la emancipación pasó a vincularse exclusivamente con la participación de las mujeres en la producción y su contribución a la construcción del socialismo» (Suny, 479). El movimiento feminista había logrado grandes avances durante las tres revoluciones, pero los siguientes avances no se producirían hasta mucho más adelante en el siglo XX.