La Proclamación de Emancipación fue un decreto ejecutivo promulgado por el presidente de los Estados Unidos, Abraham Lincoln, el 1 de enero de 1863, en pleno apogeo de la guerra de Secesión (1861-1865). En ella se proclamaba que «todas las personas sometidas a esclavitud» en los rebeldes Estados Confederados «son, y de ahora en adelante serán, libres». La Proclamación liberó legalmente a 3,5 millones de personas esclavizadas en diez estados del sur; pero, como en aquel momento el Gobierno federal de Estados Unidos no tenía control sobre esos estados, no tuvo un gran impacto inmediato en sus vidas. Tampoco liberó a los cientos de miles de personas que seguían esclavizadas en los estados leales a la Unión.

En vez de eso, el efecto fue en gran medida simbólico. Redefinió el propósito de la guerra de Secesión, que pasó de ser una simple rebelión por los derechos de los estados a una cruzada moral contra la institución de la esclavitud. Se ganó los corazones y las mentes de los blancos del norte que simpatizaban con la causa, dándoles una causa noble por la que luchar, y llevó a 200.000 afroamericanos a alistarse en el Ejército de la Unión. También disuadió a potencias europeas como el Reino Unido y Francia de prestar apoyo político o militar a la Confederación del Sur, por temor a que pareciera que ellas mismas apoyaban la esclavitud. Y lo que es más importante, la Proclamación de Emancipación fue un primer paso crucial hacia la abolición total y a escala nacional de la esclavitud, que se produciría unos años más tarde con la aprobación de la Decimotercera Enmienda.

Desde 1619, cuando los primeros africanos esclavizados pisaron suelo virginiano, Estados Unidos había tenido problemas con la institución de la esclavitud. Al principio, se extendió como un virus, infectando a cada una de las Trece Colonias: en 1775, en vísperas de la guerra de Independencia de Estados Unidos, 450.000 personas vivían en servidumbre perpetua. La esclavitud prosperó principalmente en el sur, donde constituía la base de las economías agrarias de esas colonias, proporcionando riqueza y poder a la élite de la clase dominante de los plantadores. Allí, muchos afroamericanos esclavizados pasaban sus vidas trabajando duramente en plantaciones de tabaco, y más tarde, de algodón, en condiciones muy duras, y, desde el punto de vista legal, se consideraban propiedad en lugar de personas. Aunque la esclavitud era menos frecuente en las colonias de Nueva Inglaterra que en las colonias centrales y del sur, también existía, y allí por lo general se les asignaban tareas domésticas.

La existencia de la esclavitud en la América colonial entraba en conflicto con los principios igualitarios expresados por la revolución. Los patriotas afirmaban luchar contra la tiranía, por un nuevo mundo basado en los ideales de la Ilustración. En la Declaración de Independencia, el esclavista Thomas Jefferson escribió, de forma célebre e irónica, que «todos los hombres son creados iguales», dotados de ciertos derechos inalienables, entre ellos «la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad». Por supuesto, esta formulación planteó algunas preguntas incómodas. ¿Acaso los hombres negros no eran, al fin y al cabo, hombres? ¿No habían sido también creados iguales? Y si era así, ¿qué derecho tenían los hombres blancos a mantenerlos en la esclavitud?

Los revolucionarios esclavistas prefirieron en gran medida dejar estas preguntas de lado; en el mejor de los casos, alegaban que primero tenían que conquistar su propia libertad antes de preocuparse por la esclavitud. Pero al otro lado del océano, los políticos y pensadores británicos no tardaron en señalar la hipocresía de los estadounidenses. «¿Cómo es posible», preguntó el escritor Dr. Samuel Johnson, «que los gritos más fuertes en favor de la libertad provengan precisamente de quienes explotan a los negros?» (citado en battlefields.org).

De hecho, la esclavitud pesaba en la conciencia de algunos estadounidenses, mientras que otros simplemente consideraban que la institución ya no era económicamente viable. En las décadas posteriores a la Revolución, la mayoría de los estados del norte fueron eliminando la esclavitud mediante procesos de emancipación gradual. Al mismo tiempo, leyes como la Ordenanza del Noroeste de 1787 prohibían la expansión de la esclavitud hacia el oeste y, en 1808, el Congreso abolió el comercio transatlántico de esclavos. Parecía, como sugerirían más tarde Abraham Lincoln y otros políticos antiesclavistas, que los Padres Fundadores pretendían limitar la expansión de la esclavitud y confinarla a los lugares donde ya existía, para que pudiera marchitarse y morir de manera natural.

Pero las «esclavocracias» del Sur, cuya propia existencia dependía de la esclavitud, no estaban dispuestas a permitir que esto sucediera. A partir del Compromiso de Missouri de 1820, se libraron numerosas batallas políticas en torno a la expansión de esta institución. Incitado por el defensor de la esclavitud John C. Calhoun, el Sur de Estados Unidos se unió en defensa de la institución, con el convencimiento de que cualquier intento del Gobierno federal de abolir la esclavitud equivalía una conquista del Norte. El Norte industrializado, por su parte, consideraba que la esclavitud era una institución arcaica y obsoleta, que le otorgaba al Sur un poder político desproporcionado.

En la década de 1850, la lucha por la esclavitud se recrudeció. En el episodio de Kansas Sangrante, los colonos a favor y en contra de la esclavitud cometieron fraude electoral y libraron una guerra de guerrillas, mientras que, en el infame caso Dred Scott, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos dictaminó que el Congreso no podía prohibir la esclavitud en los territorios federales. Para entonces, más de 4 millones de personas se encontraban sometidas a la esclavitud en todo el país, algo que indicaba que la esclavitud no se acabaría por sí sola en un futuro próximo. En 1854 se fundó el Partido Republicano sobre la base de principios antiesclavistas.

Sin embargo, la mayoría de los republicanos no eran abolicionistas, sino que simplemente preferían contener la esclavitud e impedir su expansión. Este matiz se perdió en gran parte del Sur esclavista, que equiparaba la elección de un «republicano negro» a la presidencia con el fin de su «institución peculiar» y de su modo de vida. Así pues, cuando el candidato republicano Abraham Lincoln ganó las elecciones presidenciales de Estados Unidos de 1860, once estados del Sur se separaron de la Unión y se unieron para formar los Estados Confederados de América. La lucha por la esclavitud, que se había prolongado durante décadas, había alcanzado su punto álgido, y las armas de la guerra de Secesión comenzaron a rugir.

Al nuevo presidente, Abraham Lincoln, nunca le había gustado la esclavitud. Había pasado la primera parte de su vida en el estado esclavista de Kentucky y había visto de cerca los horrores de esa institución. Su padre, Thomas, optó por asistir a iglesias antiesclavistas y, cuando llegó el momento de marcharse de Kentucky, decidió establecer a su familia en Indiana, donde no existía la esclavitud. John L. Scripps, biógrafo de la campaña de Lincoln, escribiría más tarde que los blancos pobres como Thomas Lincoln detestaban la esclavitud porque «oprime a las clases más pobres, convirtiendo su pobreza y su desprestigio social en una condición permanente» (citado en Meacham, 15).

De joven, el propio Lincoln se pronunció en contra de la esclavitud. Durante su único mandato en el Congreso de los Estados Unidos, votó a favor de la Cláusula Wilmot, que, de haber prosperado, habría prohibido la esclavitud en cualquiera de los territorios conquistados en la guerra mexicano-estadounidense. Lincoln, un hombre culto y reflexivo, creía que la esclavitud contradecía directamente los principios de la Declaración de Independencia e imposibilitaba el autogobierno; al fin y al cabo, un país no podía declararse «autogobernado» cuando unos hombres eran propiedad de otros.

Sin embargo, por mucho que personalmente le repugnara la esclavitud, Lincoln era también un político ambicioso que sabía que el país nunca aceptaría su abolición total. Además, no creía que, según la Constitución de los Estados Unidos, fuera legal que el Gobierno federal obligara a los estados a renunciar a sus esclavos. En 1854, en su primer gran discurso sobre el tema pronunciado en Peoria (Illinois), afirmó: «No tengo ningún prejuicio contra la gente del Sur. Son tal y como seríamos nosotros en su situación. Si la esclavitud no existiera ahora entre ellos, no la introducirían. Si existiera ahora entre nosotros, no la abandonaríamos» (citado en nps.org). Años más tarde, durante su primer discurso inaugural, el 4 de marzo de 1861, se expresó en términos conciliadores similares: «No tengo intención alguna, ni directa ni indirectamente, de interferir en la institución de la esclavitud en los estados donde existe. Creo que no tengo derecho legal a hacerlo, ni tengo intención alguna de hacerlo».

Esta manera de pensar reflejaba el sentimiento antiesclavista predominante de la época: la esperanza era apaciguar a los estados del Sur permitiéndoles mantener la esclavitud, al tiempo que se restringía su expansión a lugares donde aún no existía. De ese modo, con suerte algún día el Sur renunciaría a la esclavitud por voluntad propia. Para cuando dio su discurso en 1861, siete estados sureños ya se habían separado y otros ocho estaban al borde de la secesión; por lo tanto, Lincoln tenía motivos para adoptar un tono moderado, con el fin de evitar que la crisis de la secesión empeorara aún más. Aun así, su actitud moderada enfureció al ala abolicionista de su partido, conocida como los republicanos radicales, que lo tildó de cobarde. Frederick Douglass, el famoso abolicionista negro, se sintió especialmente decepcionado. Inicialmente había celebrado la victoria de Lincoln, ya que creía que aportaría una «reputación antiesclavista a la presidencia». Ahora, Douglass expresaba su repulsión ante la disposición de Lincoln a postrarse «ante la repugnante y devastadora maldición de la esclavitud» (citado en Goodwin, 331).

Lincoln tenía que mantener un equilibrio increíblemente delicado para apaciguar a los abolicionistas y a los moderados de su propio partido, al tiempo que intentaba calmar a los secesionistas y a los esclavistas que aún permanecían en la Unión. Esta tarea tampoco se hizo más fácil en los primeros meses de la guerra de Secesión. Bajo la falsa suposición de que aún existía un fuerte sentimiento pro-unionista en toda la Confederación, Lincoln seguía creyendo que se podría inducir a los estados sureños rebeldes a volver al redil con un mínimo de combates, y que se podría convencer a los estados fronterizos esclavistas de que no se separaran en absoluto. Por esta razón, su administración hizo hincapié en que la guerra se libraba simplemente para preservar la Unión, no para erradicar la esclavitud. Cuando uno de los generales de Lincoln, John C. Frémont, se tomó la libertad de emancipar a los esclavos de Misuri sin consultar primero con la administración, el presidente revocó inmediatamente la orden y destituyó a Frémont.

Pero a medida que la guerra se prolongaba, Lincoln comenzó a darse cuenta de que la cuestión de la esclavitud era el núcleo del conflicto y que habría que abordarla. Thaddeus Stevens, un republicano radical del Congreso, le presionó para que aboliera la esclavitud, presentándola como una medida de guerra; dado que la economía confederada dependía de la esclavitud, la maquinaria bélica sureña quedaría paralizada si lograban ponerle fin a la esclavitud allí. Además, varias grandes potencias europeas, como Francia y el Reino Unido, simpatizaban con la Confederación y estaban considerando reconocer su independencia, o incluso enviar ayuda material. Si Lincoln lograba redefinir la guerra como una lucha contra la esclavitud, podría inducir a estas potencias a mantenerse neutrales y a retirarle el apoyo al Sur. Por otra parte, al presentar la emancipación como una necesidad en tiempos de guerra, Lincoln podría llevarla a cabo al amparo de sus poderes ejecutivos de guerra, evitando así cualquier problema constitucional que pudiera surgir.

Por estas razones, comenzó con cautela a dar pasos contra la esclavitud. Ya en 1861, su administración aprobó una política según la cual los esclavos fugitivos no serían devueltos a los estados rebeldes. Para finales de año, habían ordenado a las fuerzas de la Unión que emanciparan a los esclavos confederados que lograran llegar a sus líneas, con el argumento de que estos esclavos eran ahora «contrabando de guerra». En menos de un año, habían liberado a miles de personas esclavizadas. Sin embargo, Lincoln sabía que tenía que hacer mucho más si quería redefinir la guerra como una cruzada moral, una lucha por las almas de «nuestros mejores ángeles».

Para mediados de 1862, Lincoln se había convencido de la necesidad de la «abolición forzosa de la esclavitud» (citado en McPherson, 503). Con la guerra ya en su primer año y aún en escalada en cuanto a magnitud y destrucción, el presidente tenía claro que los sureños no estaban dispuestos a transigir en materia de esclavitud. Así que, ¿por qué debería hacerlo él? «Este Gobierno no puede seguir mucho más tiempo jugando a un juego en el que se lo juega todo, mientras que sus enemigos no se juegan nada», escribió. «Esos enemigos deben comprender que no pueden pasar diez años intentando destruir el Gobierno y, si fracasan, volver a la Unión ilesos» (ibidem). En otras palabras, el momento de la conciliación había pasado; había que obligar al Sur a cosechar las consecuencias de lo que había sembrado.

El 12 de julio, Lincoln tanteó el terreno invitando a la Casa Blanca a congresistas de los estados fronterizos esclavistas, pero aún leales. Les preguntó si sus estados estarían dispuestos a aceptar la idea de una emancipación compensada, en la que el Gobierno pagaría a los propietarios de esclavos el precio íntegro de sus esclavos a cambio de su libertad. Dos tercios de la delegación de los estados fronterizos rechazaron esta propuesta, alegando que provocaría un cambio demasiado «radical en nuestro sistema social» y empujaría a los propietarios de esclavos unionistas a los brazos de la Confederación (ibidem). Por muy decepcionado que estuviera por esta reacción, Lincoln no se desanimó, decidido a seguir su rumbo radical.

Al día siguiente, habló en privado con su secretario de Estado, William H. Seward, y con su secretario de Marina, Gideon Welles y les comunicó su intención de promulgar una proclamación de emancipación. La cuestión de la emancipación, dijo, había «ocupado su mente y sus pensamientos día y noche»; tras luchar con estas ideas durante semanas, había llegado a la conclusión de que la emancipación era «esencial para la preservación de la Unión. «Debemos liberar a los esclavos o seremos sometidos nosotros mismos» (citado en McPherson, 504).

Cuando Lincoln terminó de hablar, ni Seward ni Welles dijeron nada durante un rato, sobrecogidos por el terror ante las enormes implicaciones de tal decreto. No fue hasta una semana más tarde cuando Seward le aconsejó a Lincoln que esperara a emitir la proclamación hasta que la Unión hubiera obtenido una victoria importante en el campo de batalla, para que no pareciera una «última medida de nuestro Gobierno agotado… nuestro último grito, en plena retirada» (citado en Goodwin, 468).

Seward tenía razón: la última campaña había estado plagada de derrotas sucesivas para las fuerzas de la Unión; cualquier proclamación emitida mientras la Unión se encontrara en desventaja se percibiría como una medida poco seria y desesperada. Además, si el Gobierno liberaba a los esclavos del Sur desde una posición de debilidad, provocaría la resistencia de los «Copperheads» del Norte y de los propietarios de esclavos unionistas; era mejor esperar y hacerlo desde una posición de fuerza.

Lincoln accedió a esperar hasta que, como dijo Seward de forma grandilocuente, «el águila de la victoria alzara el vuelo» (ibidem). No tendría que esperar mucho. El 17 de septiembre de 1862, una invasión confederada de Maryland fue repelida en la sangrienta batalla de Antietam. Aunque no fue una victoria total porque el general de la Unión George B. McClellan había permitido que el ejército rebelde se le escurriera entre las manos y se retirara a Virginia, tendría que bastar.

El 22 de septiembre, cinco días después de Antietam, Lincoln emitió la proclamación preliminar de emancipación. En ella, les concedía a los Estados Confederados cien días para deponer las armas y reincorporarse a la Unión; si no lo hacían antes de Año Nuevo, sus esclavos serían «a partir de entonces y para siempre libres».

La noticia causó conmoción en toda la nación y, de hecho, en el mundo occidental. Los sureños la interpretaron como una confirmación de sus motivos para la secesión: que Lincoln y los «republicanos negros» realmente tenían la intención de ir tras sus esclavos. Algunos republicanos radicales consideraban que no iba lo suficientemente lejos, ya que solo se aplicaba a las personas esclavizadas en la Confederación. Sin embargo, ambos argumentos pasaron por alto lo esencial. Lincoln seguía creyendo que la Constitución no le facultaba para poner fin a la esclavitud, pero sus poderes ejecutivos en tiempo de guerra sí le permitían confiscar los recursos del enemigo. Al presentar la proclamación como una medida de guerra, podía rebatir las acusaciones de que se estaba extralimitando en sus poderes, al tiempo que asestaba un golpe a la esclavitud.

El 1 de enero de 1863, Lincoln firmó la Proclamación de Emancipación, y esta entró en vigor. Se aplicaba a diez de los once estados confederados; Tennessee, que para entonces ya había sido reconquistado en su mayor parte por las tropas federales, quedó exento y pudo conservar a sus esclavos. Lo mismo ocurrió con los estados fronterizos leales de Maryland, Delaware, Misuri y Kentucky, los condados unionistas de Virginia Occidental y otros enclaves del Sur controlados por las fuerzas de la Unión, como Nueva Orleans; en total, 450.000 personas seguían legalmente esclavizadas en todo el país.

Pero, por otro lado, ahora 3,5 millones de personas eran libres, al menos por escrito. Por supuesto, Lincoln no podía hacer cumplir la proclamación en los diez estados que aún se encontraban en rebelión activa. Sin embargo, una vez más, pensar que esa era la intención de Lincoln suponía no haber entendido la proclamación. Al promulgarla, había replanteado la guerra de Secesión como una cruzada moral contra el mal de la esclavitud. Tal y como escribe el historiador James M. McPherson, «la Proclamación convertiría a las fuerzas de la Unión en ejércitos de liberación… si es que lograban ganar la guerra» (558).

La importancia simbólica de la Proclamación de Emancipación fue inmensa. Tal y como había esperado Lincoln, se acallaron los rumores de que los imperios de Gran Bretaña o Francia pudieran acudir en ayuda de los confederados; ninguna de las dos naciones europeas deseaba que se la viera luchando por la causa de la esclavitud. También logró recabar un renovado apoyo de algunos abolicionistas: Frederick Douglass escribió que «Gritamos de alegría por haber vivido para ser testigos de este decreto justo», mientras que el abolicionista William Lloyd Garrison lo calificó de «acto de inmensa trascendencia histórica» (ibidem). La Proclamación también contribuyó directamente al esfuerzo bélico de la Unión. Desde entonces y hasta el final de la guerra, 200.000 soldados negros servirían en el Ejército de la Unión, luchando, derramando su sangre y muriendo por la causa de la libertad.

Lo más significativo es que la Proclamación de Emancipación marcó un cambio en el propio pensamiento de Lincoln y en el programa del Partido Republicano. Anteriormente, Lincoln y otros republicanos de la corriente dominante habían buscado un enfoque antiesclavista moderado, con el deseo de apaciguar a los intereses de los propietarios de esclavos limitando la esclavitud a los lugares donde ya existía. Al promulgar la proclamación, Lincoln estaba afirmando su autoridad, así como su intención, de erradicar la esclavitud allí donde era más prevalente.

El resto de su carrera, y, de hecho, el resto de su vida, lo dedicaría a apoyar objetivos antiesclavistas cada vez más radicales, incluida la Decimotercera Enmienda, que abolió por completo la esclavitud y fue aprobada por el Congreso en enero de 1865. Aunque la Proclamación de Emancipación sigue teniendo detractores en el Norte, sobre todo entre quienes creen que no fue lo suficientemente lejos, supuso un importante paso adelante en el camino hacia la emancipación, un ajuste de cuentas con el alma de Estados Unidos y una oportunidad, como diría Lincoln, para engrosar el coro de la Unión con los «mejores ángeles de nuestra naturaleza» (citado en Goodwin, 326).