La policía secreta Cheka (Vecheka) fue creada por el Gobierno soviético de Vladimir Lenin en diciembre de 1917 para aniquilar sin piedad cualquier oposición a la Revolución Bolchevique. Durante la guerra civil rusa, la Cheka operó sin ningún tipo de restricciones arrestando, torturando y ejecutando extrajudicialmente a miles de ciudadanos señalados como enemigos del Estado. La Cheka, disuelta en 1922, fue la primera de las numerosas policías secretas soviéticas que intervinieron en todos los aspectos de la vida pública y privada de la URSS.

Un decreto gubernamental extremadamente secreto del 7 de diciembre de 1917 estableció la policía secreta de Lenin, la Cheka. El nombre deriva del acrónimo ruso VChK (Comisión Extraordinaria para Combatir la Contrarevolución, el Sabotaje y la Mala Praxis en Cargos Públicos). La idea no era nueva, ya que los zares rusos también habían contado con una fuerza policial secreta, la Ojrana. Al mismo tiempo, Lenin descentralizó la policía regular.

La misión de la Cheka era la de erradicar la mínima oposición o conato de contrarrevolución por cualquier método tras la Revolución Bolchevique del mes anterior. Los bolcheviques (rojos) se enfrentaban a una amplia oposición a su golpe de estado, sobre todo por parte de monárquicos, militares (blancos), grupos de milicias campesinas (verdes) y anarquistas (negros), además de grupos socialistas rivales y varias potencias extranjeras. Aunque la oposición estaba lejos de ser un bloque unido, había una gran insatisfacción con ciertas decisiones de los bolcheviques, sobre todo con la abolición de la monarquía, la redistribución de la tierra a los campesinos y la retirada de la Primera Guerra Mundial (1914-1918). El poder de los bolcheviques era frágil, y eso aceleró el inicio de la guerra civil rusa (1917-1922).

Los bolcheviques ganaron finalmente la Guerra Civil, pero para lograrlo recurrieron lo que se conoce como «comunismo de guerra», impuesto a partir del verano de 1918 y que constaba de políticas tan impopulares como el reclutamiento y la confiscación del grano. También imponía medidas draconianas como la jornada de 11 horas, la obligatoriedad de trabajar para todos los varones de 16 a 50 años y castigos para los trabajadores considerados holgazanes. Los agentes de la Cheka se aseguraban de que se cumplieran estas reglas y de castigar a los infractores. Unos 800.000 soldados murieron en la guerra civil rusa, y al menos cinco millones de civiles murieron también por hambrunas, enfermedades o ejecuciones. La Cheka contribuyó a estas cifras después de que se le otorgara el derecho arbitrario de arrestar, encarcelar y ejecutar a supuestos enemigos de régimen bolchevique a partir de febrero de 1918.

La cabeza visible de la Cheka era un bolchevique polaco, Félix Dzerzhinsky (1877-1926), conocido como «Félix de Hierro». El historiador A. Beevor describe a Dzerzhinsky de esta memorable manera:

(...) un polaco alto y macilento descendiente de la nobleza empobrecida, con rostro pálido, ascético, como pintado por El Greco, una barba rala de mago y ojos caídos. Era un auténtico fanático, consagrado a una creencia por la que lo sacrificaría todo, incluso su propia salud y juicio (122).

Lenin eligió a Dzerzhinsky porque era un hombre con conciencia revolucionaria, y así instilaría esta conciencia en la población, que era uno de los principales objetivos de la Cheka. Como señala el historiador C. Read, «No se puede subestimar la importancia de la Cheka como materialización de la correcta conciencia revolucionaria» (209). La Cheka se convertiría en lo que Lenin describió como la «espada de la Revolución» (Freeze, 295). Oficialmente vinculada al Gobierno bolchevique, en realidad, solo respondía ante el Politburó del Comité Central del Partido Comunista.

Mientras los bolcheviques luchaban y llevaban a cabo exitosas campañas militares para mantenerse en el poder, la Cheka se convirtió en un instrumento esencial, no solo para fomentar la actitud correcta hacia la revolución marxista tal y como la concebía Lenin, sino también para someter a la población. La Cheka se encargaba de la censura de la prensa, y podía arrestar a cualquiera que hubiera intervenido en la publicación de material que los bolcheviques consideraran perjudicial para su revolución. Por supuesto, se cerraron publicaciones de derechas, pero la policía secreta también señaló a otra prensa socialista más moderada. En resumen, a la Cheka «se le concedieron poderes muy amplios para detectar y suprimir "elementos contrarrevolucionarios" de todo tipo» (Brown, 359).

Dzerzhinsky estaba totalmente de acuerdo con Lenin en el papel de la Cheka como instrumento de coacción, como muestra el siguiente extracto del diario soviético Svoboda Rossii («Libertad de Rusia»):

Defendemos el terror organizado —eso debe declararse francamente— puesto que el terror es absolutamente indispensable en las actuales condiciones revolucionarias (...) Aterrorizamos a los enemigos del Gobierno soviético para sofocar el delito en su germen. El terror es disuasorio.
(Shukmann, 182).

El cuartel general de la Cheka se estableció en el edificio Lubianka, cerca del Kremlin. Tenía ramas provinciales y de distrito por todo Rusia y contaba con su propia división armada, el Cuerpo de Tropas de la Vcheká, con un organismo especializado en el control de fronteras que también contaba con otro departamento que operaba en los ferrocarriles (y más tarde, en otras formas de transporte).

En 1919, la Cheka contaba con 37.000 miembros, hombres y mujeres. En 1921 este número se había elevado a unos 250.000. Su uniforme no oficial consistía en chaquetas negras de cuero, adoptadas inicialmente porque Dzerzhinsky recibió una cierta cantidad de ellas, donadas por el Gobierno británico a los aviadores del ejército blanco durante la Guerra Civil.

La mayoría de los miembros de la Cheka no eran revolucionarios iluminados, más de la mitad ni siquiera pertenecían al Partido Comunista y muchos miembros no eran rusos. Lenin sabía que entre los reclutados había delincuentes y psicópatas, propensos a abusar de su autoridad. Pero no tenía escrúpulos a la hora de usar tácticas de terror, según él mismo afirmó en enero de 1918: «Hasta que no apliquemos el terror —disparar en el acto— a los especuladores, no conseguiremos nada» (Wood, 53).

La Cheka extendió rápidamente su zona de control de los enemigos tradicionales del bolchevismo a cualquier sospechoso de cometer delitos o de abusar de su autoridad. Se utilizaron numerosos agentes provocadores para revelar opositores al régimen bolchevique. En diciembre de 1920 incluso existía un Departamento Internacional de la Cheka que reunía información de otros países, sobre todo sobre subversivos y espías extranjeros que operaban en territorio soviético.

El «Terror Rojo», un periodo en el que la represión alcanzó nuevas cotas, comenzó tras el fallido intento de asesinar a Lenin en agosto de 1918: ahora la Cheka tenía una excusa para atacar a cualquiera. La policía secreta utilizaba métodos que iban de la confiscación de cartillas de racionamiento a brutales interrogatorios, torturas, ejecuciones extrajudiciales o fuera del sistema judicial. Mucha gente acabó encarcelada sin juicio en la creciente red de cárceles, campos de concentración y de trabajo que la Cheka gestionaba en todo el territorio de la URSS. La Cheka se convirtió, de hecho, en un estado dentro del Estado, involucrada en todos los aspectos de la vida y responsable ante ninguna autoridad externa ni identificable más allá del propio Lenin.

Las cifras oficiales de la Cheka registran 6.300 ejecuciones en 1918 y 3.456 en 1919. Estas cifras son solo la punta del iceberg, ya que la depravación alcanzó niveles nunca vistos. Las víctimas ya no solo eran espías, revoltosos, monárquicos y reaccionarios, sino que a menudo también se convertían en objetivo los rivales socialistas de los bolcheviques y los obreros en huelga. También fueron víctimas las personas consideradas innecesarias para la visión bolchevique del Estado, ya fueran miembros de partidos políticos opositores o sindicatos independientes, intelectuales o campesinos, prostitutas o religiosos. También fueron señalados malversadores, estraperlistas y gente que se enriquecía con la guerra, así como los judíos ucranianos, los tártaros de Crimea y los cosacos de la región del Don, entre otros muchos. Muchas de las víctimas eran inocentes, o no habían hecho nada más grave que utilizar gafas que les daban aspecto de intelectuales.

Romper los huesos, desollar, mutilar y quemar con fuego eran algunos de los más habituales métodos medievales de tortura que utilizaba la Cheka. Entre los métodos de ejecución más perversamente imaginativos, aparte de disparar a la víctima, estaba la de asar vivo al sospechoso en el fogón de una locomotora, atarlo con alambre de espinos y tirarlo a un río o hacer que cientos de detenidos achicaran inútilmente agua de una barcaza con un agujero en el fondo hasta la extenuación, dejando que al final se hundiera y se ahogaran todos los que estaban a bordo. En invierno había un método conocido como «la estatua de hielo»: se desnudaba al condenado en el exterior y se le echaba agua que se congelaba rápidamente, al igual que la víctima. La matanza fue sancionada y bien acogida al más alto nivel, puesto que reducía la acumulación de investigaciones —si es que alguna vez las hubo— y eliminaba las necesidades logísticas de encarcelar, alimentar o incluso de registrar las víctimas.

Ni siquiera los bolcheviques escapaban de los ojos inquisitivos de los agentes de la Cheka. Asistía a los comisarios para controlar las tropas de seguridad interna y el ejército rojo, que en junio de 1920 tenía 5 millones de miembros, entre ellos 600.000 mujeres. Como el 83 % de estos miembros eran reclutas, en enero de 1919 se crearon «departamentos especiales» (OO - Osobye Otdely) dentro de la Cheka para tratar con el ejército. Los OO informaban cada semana directamente a Iosif Stalin (1878-1953). Incluso los miembros de la Cheka podían caer en desgracia con sus superiores: Petr «Vicheslav» Alexandrovich, jefe adjunto de la Cheka, fue ejecutado a balazos personalmente por Dzerzhinsky.

Hubo gente que protestó contra los excesos de la Cheka, tales como Mijáil Olminski (1863-1933), un destacado bolchevique desde 1904 que escribió varios artículos en el periódico del partido, el Pravda, contra la Cheka. No obstante, estas voces fueron las menos y al final no lograron ningún cambio significativo.

Las víctimas más célebres de la Cheka fueron los Románov, la familia real. Lenin encargó a Yákov Yurovsky, comisario bolchevique y miembro de la Cheka, perpetrar el asesinato del zar Nicolás II y de toda su familia. Yurovsky no tuvo escrúpulos a la hora de llevar a cabo esta espantosa misión, ya que en sus propias palabras, «Fui yo, el hijo de un trabajador, el encargado de ajustar las cuentas de la Revolución con la Casa imperial por siglos de sufrimiento» (Montefiore, 643). En las primeras horas del 17 de julio de 1918, los Romanov, incluyendo a los niños, fueron fusilados y enterrados en un bosque cerca de Ekaterimburgo.

El almirante Alexander Kolchak, líder de los blancos en Siberia y explorador polar de cierto renombre, fue ejecutado por la Cheka el 7 de febrero de 1920. Otra víctima notable de la Cheka fue María «Yashka» Bochkareva (1889-1920), condecorada por luchar en la Primera Guerra Mundial (1914-1917), a la que posteriormente se le encargó formar el primer Batallón Femenino de la Muerte. La idea era que las 300 mujeres de este batallón bien entrenadas y disciplinadas (que llevaban la cabeza rapada) avergonzarían a los soldados para hacer que fueran más disciplinados, e inspirarían a más hombres a unirse a las fuerzas armadas. Era una época en la que el Ejército ruso había sufrido numerosas derrotas, carecía de equipamientos y la disciplina flaqueaba tras la infiltración de los bolcheviques y el abandono de la jerarquía tradicional de oficiales. En julio de 1917, el batallón de Bochkareva había infligido una grave derrota al ejército alemán en el frente del suroeste, capturando 2.000 prisioneros. Bochkareva, devota partidaria del zar, se negó a unirse a los bolcheviques, y a pesar de ser una heroína nacional, fue ejecutada por la Cheka el 16 de mayo de 1920.

Aunque la Cheka perseguía a personas concretas, los objetivos de la organización eran indiscriminados y se cometieron numerosas masacres de civiles comunes. Una de las documentadas sucedió alrededor de enero de 1919 en el bosque de Palermo, cerca de Rakvere (Estonia). Se perpetraron matanzas de grupos rebeldes en la Guerra Civil, de campesinos que se rebelaban contra la confiscación de grano, de personas que se identificaban con una clase u ocupación específicas, y de forma regular, de los internos en campos de trabajo o de concentración simplemente con el fin de hacer sitio para nuevos ingresos. No era raro que se trasladaran cientos de cadáveres para enterrarlos en fosas comunes en otro lugar, tras informar a la población de que se trataba de víctimas de un brote de tifus.

El legado de la Cheka es sangriento. «Las chekas de las distintas repúblicas soviéticas fueron quizás directamente responsables de unas 140.000 ejecuciones, y acaso unas 140.000 muertes más en la represión de insurrecciones» (Shukman, 185). Algunos historiadores elevan las cifras de toda la Unión Soviética hasta los 3 millones. En una borrachera, Dzerzhinsky llegó a pedirle a Lenin que le disparara, lamentando que «he derramado tanta sangre que ya no tengo derecho a vivir» (Beevor, 279).

La Cheka se disolvió en febrero de 1922, sustituida por el Directorio Político del Estado (GPU), que a su vez fue reemplazado por varias instituciones similares, como el NKVD durante la Segunda Guerra Mundial (1939 – 1945) y la KGB a partir de 1954. Los miembros de esta última organización se autodenominaban «chekistas» en homenaje a la primera fuerza soviética en usar el terror como instrumento de poder. La policía política se convirtió en un elemento fijo de la vida en cualquier estado soviético.