Piers Gaveston (en torno a 1284-1312) fue un noble inglés de origen gascón, famoso por ser el favorito del rey Eduardo II de Inglaterra (reinado 1307-1327). Los orígenes humildes de Gaveston y su inapropiada influencia sobre el rey causaron gran resentimiento y celos entre la nobleza inglesa. Sus enemigos lograron exiliarlo de Inglaterra en varias ocasiones, pero el rey siempre lo invitaba a volver y regresaba más altivo y arrogante que antes. En 1312, los condes habían tenido suficiente; lo cazaron, lo detuvieron y asesinaron en Blacklow Hill. Gaveston causaría un distanciamiento entre Eduardo II y sus magnates que al final llevaría al rey a la ruina.
Piers Gaveston nació en Gascuña, provincia ubicada al suroeste de Francia, alrededor del año 1284. Aunque la fecha exacta es desconocida, se dice que tenía más o menos la misma edad que el rey, el cual nació a mediados de 1280. Su padre, Arnaud de Gabaston, había sido un caballero al servicio del visconde de Bearn hasta que su matrimonio con la heredera, Claramonde de Marsan, le trajo grandes extensiones de tierra. Mientras se asentaba en su nueva vida de caballero terrateniente, las cosas le fueron bbien a Gabaston y pasó los próximos años cuidando sus dominios y extendiendo su familia.
Alrededor de 1287, Claramonde falleció, lo que provocó que varios de sus parientes y vecinos salieran de debajo de las piedras y demandaran insistentemente sus tierras. Los intentos de Gabaston de defender su propiedad de estos invasores terminaron en una serie de largas y costosas batallas legales que lo harían agotar sus últimos ahorros para el resto de su vida. En desesperación por conseguir dinero, Gabaston prestó sus servicios de caballero a su señor feudal, el rey Eduardo I de Inglaterra (reinado 1272-1307).
Gabaston desempeñó varios roles para el rey. Fue detenido como rehén dos veces, alojándose en las cortes de gobernantes hostiles como gesto de buena voluntad por parte del rey Eduardo I. A menudo, acompañaba al rey en sus campañas militares, peleando muy lejos del campo, como en Gales y Escocia. Cuando sus hijos eran lo suficientemente mayores, Gabaston los trajo consigo para darles formación militar. Piers Gaveston era aún un adolescente cuando acompañó a su padre en una campaña a Flandes en 1297. Se desconoce exactamente qué pasó después, pero Gaveston debió haber actuado con mucha valentía, pues atrajo la atención del propio rey.
Eduardo I estaba preocupado por su hijo y heredero, el príncipe Eduardo de Caernarfon, quien no mostraba los rasgos «masculinos» propios de un futuro monarca. En vez de mezclarse con los condes y barones de la realeza, el príncipe prefería la humilde compañía de actores y bufones. En vez de entrenar en el noble ejercicio de las armas, el chico prefería pasatiempos más rústicos como nadar y hacer techos de paja. Eduardo I esperaba que la amistad con un joven caballeresco y marcial como Gaveston ayudara al príncipe a tomar buen camino. En algún momento antes de la muerte de su padre (en torno a 1302), Gaveston se incorporó a la casa del príncipe.
Para ese entonces, Piers se había convertido en un hombre alto, hermoso y encantador. Una crónica lo describe como «elegante y encantador en cuerpo, espabilado y de modales... y versado en asuntos militares» (citado en Jones, 356). El príncipe Eduardo cayó rápidamente en sus encantos y muy pronto los dos jóvenes eran inseparables. «Cuando el hijo del rey lo vio», escribe otro cronista, «se enamoró tan profundamente que estableció con él un pacto y decidió forjar un vínculo de afecto indisoluble, por encima de todos los demás mortales» (citado en Weir, 35).
No era extraño en la Inglaterra medieval que los jóvenes juraran pactos de hermandad de sangre entre sí. Aun así, el vínculo entre Gaveston y el príncipe era tan íntimo que llamó la atención de todos. Naturalmente, muchos comenzaron a rumorear sobre la verdadera razón de su relación; un escritor contemporáneo la condenó como una «unión ilícita y pecaminosa», mientras otro acusó al príncipe de estar «particularmente deleitado en el vicio de la sodomía» (ibidem). Algunos eruditos coincidieron en que Eduardo y Gaveston eran amantes, aunque es imposible de confirmar.
Independientemente de que los dos fueran amantes o amigos cercanos, el rey Eduardo I se arrepintió de la influencia de Gaveston sobre su hijo. Piers era altivo e insoportablemente arrogante, rasgos que empezaron a ofender a los nobles de Westminster. En 1305, Eduardo I vetó a Gaveston de la corte. Sin embargo, el fin de esta acción no era castigar a Gaveston sino al príncipe por haber discutido con el tesorero real. Gaveston regresó meses más tarde y fue nombrado caballero en mayo de 1306. Partió para unirse al rey en una de sus muchas campañas contra los escoceses, pero no logró mantenerse al margen de los problemas. Él y otros veintiún caballeros se escabulleron del ejército real para participar en un torneo.
Eduardo I estaba furioso cuando se enteró y ordenó la detención de los tránsfugas, pero revocó la orden cuando su esposa lo convenció de cambiar de opinión. La gota que revalsó el vaso fue a principios de 1307, cuando el príncipe acudió a su padre para pedir que se le concediera a Gaveston el condado de Ponthieu. Aquello era demasiado; el rey estalló en cólera, agarró a su hijo y le arrancó mechones del pelo. «Bastardo hijo de perra», le gritó, «¿quieres regalarle tierras? ¿Tú, que nunca has ganado nada? Por el Señor, de no ser por el temor a desmembrar un reino, ¡jamás disfrutarías de tu herencia!» (citado en Jones, 357).
En febrero de 1307, poco después de la pelea con su hijo, Eduardo I desterró a Gaveston del reino. Pero su exilio no duraría mucho. Apenas cinco meses después, Eduardo cayó enfermo mientras lideraba otra campaña contra Escocia. Al darse cuenta de que se estaba muriendo, convocó a sus magnates más poderosos, Henry de Lacy, conde de Lincoln, y Guy de Beauchamp, conde de Warwick, y les hizo prometer que cuidarían de su hijo e impedirían el regreso de Gaveston.
A pesar de sus promesas, Lincoln y Warwick no tenían poder alguno para interceder cuando el príncipe, ahora rey Eduardo II, mandó llamar a Gaveston desde el exilio casi de inmediato tras su ascenso. Como para alardear de su recién adquirido poder e independencia, Eduardo II le otorgó a Gaveston el condado de Cornwall, un título que venía con un ingreso anual de 4.000 libras. El nuevo rey también concertó un matrimonio arreglado entre su favorito y Margaret de Clare, hermana del conde de Gloucester. De un solo golpe, Gaveston había pasado de ser un exiliado caído en desgracia a convertirse en uno de los hombres más poderosos de Inglaterra.
El favoritismo que Eduardo II le brindaba a Gaveston disturbaba a los poderosos barones ingleses, quienes se sentían amenazados por el repentino ascenso al poder del gascón. No solo era extranjero (y de origen humilde), sino que también parecía disfrutar menospreciando a los descendientes de las familias más distinguidas de Inglaterra. «Los magnates lo odiaban», escribe el autor anónimo de la Vita Edwardi Secundi (Vida de Eduardo II), solo porque él gozaba del favor de Eduardo II y se comportaba con ellos como un segundo rey… su nombre era vilipendiado por todas partes» (citado en Hallam, 167).
En enero de 1308, el rey dejó Inglaterra para casarse con la princesa Isabel de Francia. Nombró a Gaveston regente para que gobernara en su ausencia; aunque no parece que Gaveston se haya aprovechado de su cargo, su nombramiento, no obstante, horrorizó a la antigua nobleza, ya que la regencia solía recaer en un conde de alto rango o en un miembro cercano de la familia real. Al mes siguiente, Gaveston desempeñó un papel central en la ceremonia de coronación de Eduardo II. Vestía con galas púrpuras como «el dios Marte» y portaba la corona sagrada de Eduardo el Confesor. Durante el banquete que siguió, los invitados se escandalizaron al ver que el salón estaba adornado con los escudos de armas de Eduardo y Gaveston, en lugar de los de Eduardo y la reina Isabel. De hecho, Eduardo II pasó casi todo el banquete sentado y charlando con Gaveston, ignorando al resto de los asistentes, incluida Isabel.
Los barones entendieron que Gaveston ejercía demasiada influencia sobre el rey y que había que tomar medidas contra él para evitar que su influencia siguiera creciendo. En una sesión del Parlamento celebrada en abril de 1308, el conde de Lincoln (quizás recordando su promesa al moribundo Eduardo I) presentó una serie de artículos, uno de los cuales exigía que se despojara a Gaveston de sus títulos y se le exiliara. Entre los cargos que Lincoln imputó al favorito del rey se encontraban que «deshereda a la corona y... la empobrece... y siembra la discordia entre el rey y su pueblo» (citado en Jones, 365). Eduardo II se resistió inicialmente a esta exigencia, pero Lincoln contaba con el apoyo de los condes más poderosos del reino. Finalmente, el rey cedió y accedió a enviar a Gaveston al exilio.
Pero el destierro de Gaveston no fue tan definitivo como hubieran deseado sus enemigos. En cambio, Eduardo II le concedió tierras en Gascuña y lo nombró virrey de Irlanda. Tras una despedida llena de lágrimas, Gaveston partió hacia Irlanda, donde esperó el momento oportuno, librando varias campañas contra los insurgentes irlandeses. Eduardo II, por su parte, se esforzó por asegurar su regreso. Sus negociaciones con Lincoln y los demás condes dieron como resultado el Estatuto de Stamford, en el que concedió varias concesiones políticas a cambio de ponerle fin al exilio de Gaveston. En agosto de 1309, Gaveston regresó a Inglaterra y fue reinstaurado como conde de Cornualles.
Si los condes habían estado esperando que, durante su exilio, Gaveston reflexionara sobre su actitud altanera y que regresara arrepentido, estaban muy equivocados. En su regreso, Gaveston se mostró tan arrogante y mezquino como siempre, imponiendo a los condes apodos insultantes. Por ejemplo, llamó «vientre abultado» al corpulento conde Lincoln, se refería a Gloucester como «el hijo de puta» y al conde Warwick como «el perro negro de Arden»; «¿Me llama perro?», gruñó Warwick al enterarse del insulto. «Que ande con cuidado, ¡no vaya a ser que muerda!» (citado en Weir, 68).
Pero Gaveston, en un intento de venganza, fue más allá de la burla. Persuadió descaradamente a Eduardo II para que concediera cargos y favores a sus amigos y partidarios, demostrando que seguía ejerciendo una influencia indebida en el reino. Enfurecidos, los condes se unieron de nuevo en su contra. En una sesión del Parlamento en febrero de 1310, declararon que «la situación del rey y del reino se había deteriorado considerablemente desde la muerte del rey anterior» (citado en Jones, 368). En una lista de quejas, acusaron al rey de dejarse guiar por los malos consejos, lo que lo llevó a descuidar sus deberes reales.
Para salvar al reino de Gaveston, los barones decidieron que era necesario limitar el poder del rey. Exigieron la elección de 21 «hombres discretos y de buena reputación» que se encargarían de redactar una lista de reformas destinadas a restringir la autoridad real sobre los condes. Aunque Eduardo II se mostraba reacio a aceptar estas exigencias, volvió a enfrentarse a la oposición de los señores más poderosos de Inglaterra y se vio obligado a ceder. El 20 de marzo de 1310, estos 21 hombres (conocidos como los Ordenantes) prestaron un juramento y comenzaron a elaborar las reformas.
Eduardo II sabía que, si quería conservar su autoridad, debía actuar con rapidez y lograr una victoria que dejara sin poder a los Ordenantes. Para ello, siguió el ejemplo de su padre e invadió Escocia en septiembre de 1310. Sin embargo, su ejército carecía de la preparación adecuada. Tras una campaña infructuosa, regresó a Inglaterra solo para descubrir que la situación había empeorado. El líder de los Ordenantes, el conde Lincoln, falleció en febrero de 1311. Aunque con frecuencia se oponía a Gaveston, Lincoln era un hombre moderado cuya presencia en el consejo prometía contener a los reformadores más radicales. Su sucesor, Thomas, conde de Lancaster, era un hombre peligroso y ambicioso, de quien difícilmente cabía esperar esa misma contención.
En efecto, los peores temores de Eduardo II se hicieron realidad. En septiembre de 1311, Lancaster le presentó al rey una lista de 41 ordenanzas, la mayoría de las cuales imponía restricciones al poder real. Pero para el rey la disposición más indignante fue aquella que exigía el destierro permanente de Gaveston, alegando que había «inducido al rey al error» y «alejado el corazón del rey de sus vasallos» (Jones, 372). Derrotado, Eduardo II no tuvo otra opción que acceder. En noviembre de 1311, Gaveston partió nuevamente al exilio, esta vez con rumbo a Flandes. Sin embargo, apenas estuvo unas semanas cuando Eduardo II lo hizo regresar en secreto; el rey había cambiado de opinión y decidió no aceptar las humillantes ordenanzas de 1311 sin luchar. Gaveston emprendió viaje de vuelta a Inglaterra y se reunió con el rey en Yorkshire en época de Navidad. Llegó justo a tiempo para presenciar el nacimiento de su hija Juana.
Los enemigos de Gaveston no estaban dispuestos a dejar sin respuesta aquel desafío. El arzobispo de Canterbury excomulgó a Gaveston, mientras Lancaster y los demás barones comenzaban a prepararse para la guerra. En marzo de 1312, reunieron un ejército bajo el pretexto de organizar un torneo. Al mes siguiente, Lancaster condujo el ejército hacia el norte, decidido a acabar con Gaveston de una vez por todas. Con el ejército de los barones pisándoles los talones, Eduardo II y Gaveston decidieron separarse el 4 de mayo: el rey se dirigiría a York, mientras que Gaveston se alojaría en el castillo de Scarborough.
Después de enterarse de que el rey y Gaveston tomaron caminos separados, Lancaster posicionó a su ejército en su contra y mandó una pequeña tropa a cercar Scarborough. Tan pronto como vio a los hombres de los condes afuera de su ventana, Gaveston sabía que era el fin; no tenía ni la comida ni el poder para resistir un asedio prolongado. Mandó una carta a Aymer de Valence, conde de Pembroke, ofreciendo rendirse bajo una condición: que Pembroke jurara no hacerle daño. Pembroke, encantado ante la oportunidad de ser quien pusiera fin al conflicto, aceptó y prestó juramento solemne de garantizar la seguridad de Gaveston. Ante esto, Gaveston se entregó el 19 de mayo. Fue puesto bajo custodia y conducido hacia el sur, a la localidad de Deddington, en Oxfordshire, donde Pembroke hizo una parada para aguardar la llegada de Lancaster y de los otros condes. Gaveston asumió, al igual que el resto, que lo utilizarían como peón para lograr que Eduardo II aceptara las Ordenanzas, tras lo cual sería desterrado de nuevo al continente.
Pero la situación dio un giro. Poco después de llegar a Deddington, Pembroke anunció de manera inesperada que iría a visitar a su esposa en Bampton, pero que dejaría al prisionero con un guardia. Temprano a la mañana siguiente, el 10 de junio, un numeroso grupo de hombres armados entró a la aldea marchando; su líder era el conde de Warwick, de quien Gaveston se había burlado llamándolo perro negro de Arden. Los hombres rodearon la cámara donde se mantenía a Gaveston prisionero; Warwick lo llamó con una voz estruendosa: « ¡Levántate, traidor! Eres prisionero» (citado en Hallam, 185).
Cuando se dio cuenta de que estaba rodeado y que sus propios guardias no estaban interesados en defenderlo, Gaveston se vistió y una vez más se entregó al enemigo. El vengativo Warwick lo hizo desfilar a pie fuera de Deddington, mientras sus hombres hacían sonar las trompetas para proclamar su victoria. Lo condujeron al castillo de Warwick, donde lo arrojaron al calabozo.
A lo largo de la semana siguiente, los otros condes fueron llegando, ansiosos por ver qué se haría con el problemático prisionero. Poco después llegó Lancaster, que en su calidad de noble de mayor rango presente, asumió la responsabilidad de decidir el destino de Gaveston. El 19 de junio, el prisionero fue conducido ante un tribunal improvisado por Lancaster y Warwick. Acusado de traición, fue declarado culpable y condenado a muerte. Al conocer la sentencia, Gaveston cayó de rodillas ante Lancaster y suplicó clemencia: « ¡Noble conde, ten piedad de mí!»
No obstante, Lancaster no mostró piedad alguna y les dijo a los guardias: «Levántenlo, en nombre de Dios, llévenselo» (ibidem). Dos guardias lo apresaron y lo arrestaron hasta Blacklow Hill, a 3 km (2 millas) al norte del castillo. Allí uno de los guardias lo atravesó con una espada y el otro lo decapitó. Así concluyó la vida del favorito del rey, a la edad de 27 o 28 años.
Los guardias tomaron la cabeza cercenada de Gaveston y se la presentaron a Lancaster como trofeo, aunque dejaron su cuerpo en Blacklow Hill para que sirviera de alimento a los cuervos. Con el tiempo, unos frailes dominicos recogieron sus restos, le cosieron la cabeza al cuerpo y lo trasladaron a Oxford. Allí fue embalsamado, vestido con lujosas ropas doradas y depositado en el convento dominico, donde permaneció durante los tres años siguientes; dado que seguía excomulgado, no podía recibir sepultura en tierra sagrada. Finalmente, a principios de 1315, el rey convenció al papa para que absolviera a Gaveston, quien fue entonces enterrado en una tumba suntuosa que hoy en día se ha perdido.
Según el autor de la Vita Edwardi Secundi, Eduardo II «se afligió profundamente» al enterarse de la muerte de Gaveston y lamentó ante sus cortesanos: «Por el alma de Dios, actuó como un insensato». Si hubiera seguido mi consejo, jamás habría caído en manos de los condes» (ibidem). Sin embargo, la aflicción inicial del rey pronto dio paso a la ira, y juró vengarse de los hombres que habían asesinado a su favorito. Aunque finalmente derrotó y dio muerte a Lancaster en la batalla de Boroughbridge, el daño a su reinado ya estaba hecho. La disputa entre el rey y sus barones, iniciada a raíz de Gaveston, no hizo sino agravarse, contribuyendo así a la caída definitiva de Eduardo II.