La Paz de Westfalia se refiere a los tratados que pusieron fin a la guerra de los Treinta Años. Firmados el 24 de octubre de 1648, buscaban garantizar la autonomía política de los numerosos y pequeños estados del Sacro Imperio Romano Germánico y permitir la libertad religiosa en una región muy dividida.
La paz estableció el concepto político de la soberanía westfaliana: todos los Estados, sin importar su tamaño, pueden autogobernarse. Esta idea pervive en los sistemas de relaciones internacionales actuales.
Mientras que muchos Estados cristianos de Europa eran más homogéneos y centralizados, el Sacro Imperio Romano Germánico se podría describir mejor como una unión de estados y reinos de diferentes tamaños, en gran medida distintos entre sí, bajo la autoridad de un único emperador. Este sistema era, por naturaleza, descentralizado y otorgaba gran autonomía a cada estado. Así, podían gozar de libertades políticas y diplomáticas. Al mismo tiempo, esa autonomía les permitía ejercer cierto control sobre sus asuntos religiosos. Sin embargo, en teoría seguían siendo leales al emperador.
El tema de la libertad religiosa empezó a debilitar la unidad política del imperio. Después de que Martin Lutero publicara sus 95 tesis y comenzara la Reforma protestante en 1517, el Sacro Imperio Romano Germánico se fue dividiendo poco a poco. No estaba claro qué forma de cristianismo era la correcta. El emperador y sus aliados defendían el catolicismo. Por otro lado, la Liga de Esmalcalda, fundada el 27 de febrero de 1531, apoyaba el luteranismo. Como resultado de esta división, surgieron dos guerras: la primera guerra de Esmalcalda (1546-1547) y la segunda guerra de Esmalcalda (1552). Ambas concluyeron en 1555 con la Paz de Augsburgo. El acuerdo dividió a los estados entre católicos y luteranos y permitió a cada gobernante elegir la religión de su respectivo estado. Sin embargo, la paz estaba lejos de ser perfecta, y las tensiones siguieron creciendo hasta alcanzar un punto crítico a principios del siglo XVII.
En 1608 se convocó la Dieta Imperial, institución clave del imperio, para debatir la cuestión más acuciante en ese momento, la Paz de Augsburgo. Desde que se firmara en 1555, los estados protestantes habían estado ganando poder. Muchos más estados se habían convertido al protestantismo y sus nuevos líderes empezaron a apoderarse de tierras que antes pertenecían a la Iglesia católica. Según la Paz, los gobernantes protestantes que se hubieran convertido antes de 1552 podían conservar los bienes católicos que ya habían confiscado e incorporado hasta esa fecha. Los gobernantes que se hubiesen convertido después de 1555 no podrían incorporar ningún bien católico acaparado a sus propias iglesias.
Sin embargo, el tratado era intencionalmente ambiguo y católicos y protestantes lo interpretaron de manera diferente. A pesar de las supuestas restricciones, los protestantes siguieron aumentando su influencia en las instituciones religiosas del imperio después de 1555. Para la Dieta Imperial de 1608, este crecimiento se había convertido en un problema urgente. y por eso el debate sobre la Paz de Augsburgo fue el tema principal. Los líderes protestantes acudieron a la Dieta para solicitar la renovación del tratado de 1555. Temiendo que los protestantes siguieran usando el tratado para reforzar su posición, el archiduque Fernando de Austria, líder del principal estado católico, aceptó renovarlo solo si los protestantes devolvían todas las tierras católicas ocupadas desde 1552. Como era de esperar, los delegados protestantes se indignaron y abandonaron la Dieta en señal de protesta. Tras este resultado, el imperio quedó dividido en dos grupos: la Unión Protestante, fundada en 1608 por Federico IV del Palatinado, y la Liga Católica, creada al año siguiente por Maximiliano I, duque y elector de Baviera.
La división entre la Unión Protestante y la Liga Católica desestabilizó el Sacro Imperio Romano Germánico. En 1609, tras la muerte de Juan Guillermo, duque de Juliers-Cléveris-Berg, se desató una crisis por la sucesión al ducado alemán. La política imperial era tan compleja que varios nobles alemanes tenían derecho a reclamar el ducado. Para complicarlo aún más, los candidatos estaban divididos por religión: el archiduque Leopoldo V era católico y Juan Segismundo y Wolfgang Wilhelm, protestantes. Esta división religiosa entre los pretendientes, así como las oportunidades políticas, llamaron la atención de otros estados del imperio y de potencias extranjeras.
Durante la guerra de Sucesión de Juliers (1609-1614), el ducado se convirtió en el escenario de una guerra indirecta de gran envergadura. No solo lucharon la unión protestante y los estados católicos. También participaron el Imperio español, Francia, Inglaterra y la república neerlandesa. Estas potencias querían aprovechar el conflicto para obtener ventajas políticas. Al final, la facción protestante ganó y decidió dividir el ducado entre ambos candidatos. Así, lo que empezó como una pequeña crisis sucesoria se convirtió en una guerra que involucró a las principales potencias europeas. Esto profundizó aún más las divisiones religiosas en el Imperio y preparó el terreno para una de las guerras más destructivas de Europa.
El caos de la guerra de Sucesión de Juliers demostró lo importante que era contar con una línea sucesoria clara para la nobleza del Sacro Imperio Romano Germánico. Este problema sucesorio era especialmente importante para el emperador. Matías reinó como emperador entre 1612 y 1619, pero no tuvo herederos directos así que hubo que elegir a alguien que pudiera mantener la hegemonía de los Habsburgo. Después de intensas negociaciones diplomáticas, el emperador eligió al archiduque Fernando de Austria como su sucesor.
El archiduque Fernando ya era una figura polémica en el imperio, sobre todo entre la creciente población protestante. Fernando II, futuro emperador que reinó entre 1619 y 1637, fue un líder destacado de la Contrarreforma. Este movimiento surgió para frenar el avance del protestantismo en el Sacro Imperio y en toda la Europa cristiana. Antes de ser elegido futuro emperador, Fernando gobernaba el ducado de Estiria y aplicaba políticas muy duras contra sus súbditos protestantes. Por ejemplo, imponía conversiones forzadas, exilios y la confiscación de tierras protestantes. Estas acciones provocaron aún más tensiones religiosas en la región. Además, Fernando fue responsable de que los delegados protestantes abandonaran la Dieta Imperial en 1608, lo que aumentó aún más la desconfianza de la población protestante hacia él.
Las inquietudes protestantes en torno a Fernando se intensificaron, y las preocupaciones crecieron aún más cuando Matías decidió que Fernando sería el heredero del Reino de Bohemia y del de Hungría, buscando así estabilidad y legitimidad para el cambio de poder. Con el apoyo del rey de España, Felipe III (reinó entre 1598 y 1621), también miembro de la casa de los Habsburgo y a quien Fernando prometió en secreto tierras a cambio de su ayuda, Fernando se convirtió en rey electo de ambos reinos en 1617. Este nombramiento fue especialmente problemático en Bohemia, donde muchos protestantes temían que elegir a un defensor de la Contrarreforma provocaría enfrentamientos religiosos.
En 1618, tras su elección, Fernando envió a varios dignatarios católicos a Praga para ayudar en el gobierno de su nuevo reino. Sin embargo, estos dignatarios fueron atacados por una multitud protestante que, en protesta por la elección de Fernando, los arrojó desde lo alto de una torre del castillo. Este episodio se conocería como la Tercera Defenestración de Praga. Tras esto, la agitación se extendió rápidamente por Bohemia y el Sacro Imperio Romano Germánico, lo que finalmente desencadenó la guerra de los Treinta Años.
La guerra de los Treinta Años, al igual que la anterior de Sucesión de Juliers, fue un gran campo de batalla. No solo se enfrentaron facciones religiosas del imperio, sino que también intervinieron varias grandes potencias europeas que vieron en la guerra una oportunidad para promover sus propios intereses y reforzar su posición. Participaron España, la república neerlandesa, Francia, Suecia y Dinamarca-Noruega. El conflicto se centró en el Sacro Imperio y fue una de las guerras más violentas y costosas de Europa. Para cuando acabó el conflicto, habían muerto unos 8 millones de personas, la mayoría civiles, a causa de los combates, las enfermedades y el hambre. A medida que avanzaba la guerra, crecían los costos tanto humano como económico y se hizo evidente la necesidad de paz.
La Paz de Praga de 1635 fue el primer paso importante hacia la paz. En los años 1630, la prioridad del emperador Fernando era reconciliar a los estados católicos y protestantes. Esto incluía a los estados protestantes que se habían aliado con Suecia, que había invadido el imperio de parte de los protestantes en 1630. El emperador esperaba así unificar al pueblo para que centrase sus esfuerzos en expulsar a las numerosas potencias extranjeras. Para lograrlo, estaba dispuesto a aceptar la anulación de partes del Edicto de Restitución de 1629, que exigía devolverles a los católicos las tierras confiscadas, tomando como referencia la situación territorial establecida por la Paz de Augsburgo de 1555.
Las negociaciones diplomáticas se centraron principalmente en dos estados: la católica Baviera y la protestante Sajonia. Fernando le prometió a Baviera que Maximiliano, su elector, mantendría el mando de las tropas bávaras en el nuevo ejército unificado germanoparlante que estaba intentando formar. Además, el matrimonio entre la hija mayor de Fernando, María Ana, y Maximiliano ayudó a asegurar el apoyo de Baviera. Para que Sajonia aceptara, se disolvió la Liga Católica y se anuló el Edicto de Restitución, tal como había prometido Fernando. También le se concedió la amnistía a cualquier estado que hubiera luchado contra el emperador después de 1630. Tras estas negociaciones, el 30 de marzo de 1635, Fernando y Juan Jorge I de Sajonia firmaron la Paz de Praga. Aunque Sajonia fue el único firmante oficial junto al emperador, pronto se invitó a otros estados a unirse. La Paz de Praga suele considerarse el final del conflicto religioso, ya que el resto de la guerra se debió principalmente a intereses geopolíticos de potencias extranjeras en el imperio.
Aunque la Paz de Praga fue un paso importante hacia el final del conflicto, la guerra continuó durante otros 13 años antes de que se lograra la paz total. Se discutieron algunos acuerdos preliminares de paz entre las grandes potencias, pero no fue hasta 1646 que comenzaron las negociaciones serias de paz entre el imperio y otros Estados europeos. Fernando II, que había gobernado el imperio durante gran parte del conflicto, había muerto en 1637, por lo que su hijo, Fernando III, (que reinó entre 1637 y 1657) dirigió las negociaciones. Se invitó a delegados de las principales potencias europeas a Westfalia, en Alemania, donde las ciudades de Münster y Osnabrück fueron elegidas como sedes de las conversaciones. Estas dos ciudades dieron nombre a los dos tratados que conforman la Paz de Westfalia.
Las negociaciones en Westfalia fueron muy complejas porque cada participante tenía su propia visión de cómo debía ser la paz en Europa. Además, se complicaron aún más porque también buscaban lograr una paz separada entre neerlandeses y españoles, que estaban enzarzados en la llamada guerra de los Ochenta Años, la cual se había entrelazado con la guerra de los Treinta Años cuando ambos países intervinieron en el Sacro Imperio Romano Germánico.
La Paz de Münster fue el primer logro de las negociaciones. El 30 de enero de 1648, la república neerlandesa y el Imperio español acordaron los términos y España reconoció oficialmente la independencia de los Países Bajos, poniendo así fin a ochenta años de guerra. Aunque técnicamente no formaba parte de la Paz de Westfalia, está estrechamente relacionada con ella y fue el primer éxito de las negociaciones. Sin embargo, la Paz de Münster no resolvía los dos temas que más preocupaban al emperador: lograr la paz con Suecia y con Francia, que, aunque era católica, había apoyado a los protestantes para debilitar a Austria. Las negociaciones para estos tratados se llevaron a cabo en las dos ciudades de Westfalia: en Münster se negoció con Francia y en Osnabrück con Suecia. En ese momento, los Habsburgo y sus aliados estaban perdiendo, por lo que Fernando III tenía que estar dispuesto a hacer concesiones a los franceses y a los suecos para lograr una paz duradera.
El 24 de octubre de 1648 se llegó a un acuerdo y se firmaron dos tratados. El Tratado de Osnabrück puso fin a la guerra con Suecia, le cedió territorios en el mar Báltico y le otorgó una compensación económica para cubrir los gastos de su Ejército. El Tratado de Münster puso fin a la guerra con Francia y le cedió varias ciudades de la región de Alsacia. También hubo varios cambios territoriales en los dominios del emperador, lo que alteró el equilibrio de poder en el Sacro Imperio Romano Germánico.
Sin embargo, los aspectos más trascendentales de la paz se relacionaron con la soberanía individual de cada estado dentro del imperio. Aunque la religión desempeñó un papel menor en los últimos años del conflicto, seguía siendo una de sus causas principales y, por tanto, era necesario abordar la división entre católicos y protestantes dentro del imperio. Se decidió restablecer el Tratado de Augsburgo de 1555, con varias modificaciones destinadas a corregir los problemas que no había resuelto el tratado original. La primera consistió en incluir en las disposiciones del tratado a los calvinistas, una denominación protestante que había ganado gran popularidad desde 1555, junto con los católicos y los luteranos. También se introdujo una modificación que exigía volver a la situación de propiedad de las tierras religiosas tal como estaba el 1 de enero de 1624. Además, ya no se exigía que los súbditos siguieran la religión de su señor, lo que permitía a todos los ciudadanos del Sacro Imperio Romano Germánico practicar libremente una de las tres confesiones protegidas.
Los tratados también abordaron el derecho de cada estado del Sacro Imperio Romano Germánico a gobernarse a sí mismo. Después de la Paz de Westfalia, cada estado, sin importar su tamaño o su poder militar, podía decidir su propia política interna y externa. Mientras no fueran una amenaza directa para el imperio o el emperador, los estados podían formar alianzas, comerciar y decidir de forma independiente su participación en las guerras del imperio. Estos principios de autogobierno constituyen el concepto de soberanía westfaliana, que algunos consideran la base del sistema moderno de relaciones internacionales. Sin embargo, historiadores y politólogos actuales debaten si la Paz de Westfalia y la soberanía westfaliana realmente resolvieron los problemas que buscaban solucionar, ya que la guerra continuó en Europa y las grandes potencias siguieron explotando el principio de soberanía estatal, especialmente en el contexto de la expansión colonial.
A pesar de este debate, la Paz de Westfalia marcó, sin lugar a dudas, un cambio significativo en la política europea. Terminó dos grandes guerras y el ejemplo de Westfalia sirvió de base para muchos tratados posteriores, especialmente el Congreso de Viena de 1814-1815 tras la derrota de Napoleón. La Paz de Westfalia transformó de manera fundamental el funcionamiento de la política internacional. Aunque el cambio no fue inmediato, las estructuras políticas que estableció sentaron un precedente que todavía subyace, al menos en parte, a algunos sistemas actuales de relaciones internacionales.