Situado en el punto más oriental de las islas de Hawái, el cabo Kumukahi ocupa un lugar especial en la mitología hawaiana antigua, ya que fue allí donde los dioses y las diosas llegaron por primera vez a las islas procedentes de Tahití. Fue aquí donde la diosa del fuego, Pele, desató su ira sobre la figura mítica de Kumukahi, el hombre que da nombre al cabo. Otro aspecto importante es que fue allí en el siglo XV después de Cristo donde se erigió un heiau o templo sagrado, aunque poco conocido. El Kukii Heiau, que aún hoy se conserva, se esconde entre la lava negra azabache del cabo Kumukahi, pero encierra una historia fascinante que conecta el pasado con el presente.

El Kukii Heiau está situado justo en el cabo Kumukahi, una palabra que significa «comienzo» u «origen». Según la leyenda hawaiana, el cabo se formó cuando un jefe llamado Kumukahi participó en una carrera de trineos y se burló de una hermosa mujer. Esta mujer era la diosa Pele disfrazada y, en un arrebato de ira, envió un río de lava tras él. El flujo de lava destruyó la localidad en la que vivía Kumukahi, Kapoho, y creó el paisaje en el que se encuentra hoy el heiau.

Según otras leyendas, el cabo era el punto en el que el dios Kumukahi y otras deidades llegaron a las islas hawaianas desde Tahití, por lo que el cabo del mismo nombre tenía un significado espiritual para los antiguos hawaianos. Kumukahi era pariente de Pele, la diosa de la lava, y llegó a la Isla Grande con dos hermanos: Palamoa, su hermano, y Ka-hikina-a-ka-la («Amanecer»). Palamoa era el dios de las aves, y Kumukahi era una deidad sanadora capaz de transformarse en hombre o en un pájaro kolea a voluntad. Por lo tanto, dada la importancia religiosa de la zona, no es de extrañar que el jefe Umi, un ali'i 'ai moku (gran jefe de distrito) de Hawái, construyera allí el Kukii Heiau en el siglo XV.

El jefe Umi-a-Līloa era hijo de un padre de sangre noble, un ali'i 'ai moku. Su madre, sin embargo, pertenecía a una familia de clase baja. Cuando su padre, Līloa, falleció, el hermanastro de Umi, Hākau, se convirtió en el nuevo gran jefe. Hākau odiaba a Umi por ser el hijo predilecto de Līloa, además de ser hijo de una plebeya, y la tensión entre ambos fue en aumento. Cuando su medio hermano comenzó a gobernar de forma tiránica, Umi huyó de la corte real y lideró una revuelta contra Hākau, en la que lucharon por el control de Hawái. Al final, Umi derrotó a Hākau y se convirtió en una figura legendaria, ya que fue el primero en unificar casi toda la Isla Grande de Hawái mediante la conquista.

Durante el reinado de Umi, Hawái entró en una era de paz y prosperidad. Umi era un líder popular que visitaba los distritos de toda la isla, resolviendo disputas entre los jefes regionales y los aldeanos, fomentando la industria y autorizando obras públicas. También era un hombre profundamente religioso y, durante sus frecuentes visitas, Umi fundó numerosos heiaus. Estos heiaus se diferenciaban de los templos anteriores porque estaban construidos con bloques de lava tallados.

Los antiguos hawaianos construyeron muchos tipos de heiaus, cada uno de ellos dedicado a un dios concreto y construido para cumplir un propósito determinado. Por ejemplo, se erigían heiaus para aumentar la cosecha, controlar el clima y asegurar la victoria en tiempos de guerra, entre otras funciones. Sin embargo, solo los ali’i (jefes) podían construir grandes heiaus, y solo el ali’i ‘ai moku, el gran jefe del distrito, podía establecer luakini (templos de sacrificios humanos) dedicados al dios de la guerra, Kūkaʻilimoku.

El Kukii Heiau que construyó Umi en el cabo Kumukahi servía no solo como templo para las antiguas deidades hawaianas, sino también como escuela de navegación para los marineros polinesios. No obstante, no se sabe a qué dios estaba dedicado el Kukii Heiau. Es muy plausible que el Kukii Heiau sirviera como luakini para Kūkaʻilimoku, ya que Umi era un ali'i 'ai moku y, por lo tanto, tenía la autoridad para establecer tales templos. Además, muchos de los heiaus que construyó Umi durante sus viajes estaban dedicados al dios de la guerra, por lo que es posible que el Kukii Heiau también se lo dedicaran a él. A pesar de que existen pruebas anecdóticas que indican que el Kukii Heiau era un templo de sacrificios, no existen pruebas históricas que respalden tales afirmaciones. También es posible que el heiau estuviera dedicado a otros dioses como Kāne, Lono y Kanaloa, quienes, junto con Kūkaʻilimoku, constituían las cuatro deidades más importantes de la religión hawaiana.

El Kukii Heiau se construyó con rocas volcánicas negras y consistía en un complejo rectangular de 9 × 15 metros de longitud. Se desconoce qué estructuras existían en el interior del complejo, pero es probable que hubiera cabañas o cámaras donde los kahunas (sacerdotes) y los ali'i pudieran rezar. El heiau se reconstruyó en el siglo XVI y probablemente permaneció en uso hasta 1819, cuando el rey Kamehameha II decidió erradicar la antigua religión hawaiana y sus costumbres. Los heiaus se destruyeron y las estatuas de los dioses se quemaron. Los heiaus que sobrevivieron quedaron abandonados y se vinieron abajo. El Kukii Heiau corrió la misma suerte: se llevaron las piedras para usarlas con otros fines. En 1879, el rey Kalakaua de Hawái (que reinó en 1874-1891) visitó el yacimiento y se llevó piedras que se utilizarían para construir los cimientos de su palacio real en Honolulu. Más tarde, los Lyman, una acaudalada familia estadounidense, se llevaron piedras y las utilizaron para construir los escalones de la terraza de su mansión en la cercana localidad de Kapoho.

Hoy en día, el Kukii Heiau se conserva tal y como ha sido durante los últimos 200 años: un gran complejo rectangular construido con rocas volcánicas. Sorprendentemente, los cimientos del heiau permanecen prácticamente intactos, y su antigua mampostería es tan intrincada que, según el historiador Douglas Boswell, «no cabría ni una brizna de hierba en medio». Aunque está protegido, se puede acceder al templo si se está dispuesto a enfrentarse al accidentado terreno del cabo Kumukahi. En definitiva, el Kukii Heiau se erige como un monumento a la antigua cultura hawaiana, ya que ejemplifica la naturaleza sagrada y piadosa de la religión y las tradiciones hawaianas.