Ceres es la diosa de la agricultura y la cosecha en la mitología romana. Su favor traía a la humanidad cosechas abundantes y cultivos productivos, pero su ira provocaba plagas, sequías y hambrunas. Normalmente se la representaba como una matrona, y entre sus símbolos se encontraban la hoz, las espigas de trigo y la cornucopia. Su equivalente griega es Deméter, que forma parte del grupo de los doce dioses olímpicos.

Ceres era hija de los titanes Saturno y Ops (Cronos y Rea en la mitología griega) y hermana y consorte de Júpiter. Fue Júpiter quien derrotó a los titanes y obligó a Saturno, su padre, a vomitar a sus hermanas, Ceres, Vesta y Juno, y a sus hermanos, Neptuno y Plutón. Con Neptuno como rey de los mares, Plutón como gobernante del inframundo y Vesta como diosa del hogar, Ceres se convirtió en la diosa de la agricultura.

Ceres tuvo hijos tanto con dioses como con mortales. Su hija Proserpina (Perséfone en la mitología griega), la diosa de la vegetación, era hija de Júpiter (Zeus). Con Neptuno, tuvo a Despena, la diosa de los misterios, y a Arión, un caballo de inspiración divina con el don de la palabra. Para escapar de los avances de Neptuno, Ceres se transformó en yegua, pero él se convirtió en semental y engendró a Arión. Por último, Pluto, el dios ciego y cojo de la riqueza, era hijo de Ceres y del mortal Yasión.

Las representaciones artísticas de la diosa son bastante consistentes: una mujer de aspecto maduro, a menudo ataviada con vestiduras fluidas, coronada con espigas de trigo y sosteniendo una espiga con una hoz o una cornucopia. E. M. Berens, en su obra Mitología, escribió que se la «representa como una mujer de porte noble y aspecto majestuoso, alta, madura y digna... a veces aparece sentada en un carro tirado por dragones alados» (45). El poeta épico griego Homero (en torno a 750 antes de Cristo) se refirió a su homóloga griega, Deméter, como una diosa sagrada y la «Portadora de las estaciones, que otorga espléndidos dones» (11), mientras que el poeta romano Ovidio (43 antes de Cristo – 17 después de Cristo) escribió que «Ceres fue la primera en labrar la tierra con el arado de reja en forma de gancho; ella fue la primera en ofrecer al mundo el trigo y el sustento, y la primera en establecer leyes. Todas las cosas son un don de Ceres» (93).

Un día soleado, Proserpina, la hija de Ceres, y sus ninfas recogían flores en las laderas del majestuoso monte Etna, en Sicilia. Sus risas llamaron la atención de Plutón, y con una sola mirada a Proserpina, el dios del inframundo quedó cautivado por su belleza: «… casi al mismo tiempo, Plutón la vio, se enamoró y se la llevó, tan precipitado fue su amor» (Ovidio, 95). Le pidió que se uniera a él, pero al igual que todas las demás diosas a las que había pedido lo mismo, ella por supuesto se negó. El inframundo no era precisamente el lugar más atractivo para vivir. Al no aceptar bien su negativa, decidió que solo le quedaba una alternativa: secuestrarla.

Las ninfas intentaron proteger a Proserpina pero no lo lograron y Plutón, montado en un carro tirado por cuatro corceles negros como el carbón, extendió la mano, la agarró, golpeó la tierra con su tridente, abrió una grieta y descendieron al reino del inframundo. «Su secuestrador aceleró su carro y espoleó a sus caballos, llamándolos a cada uno por su nombre y sacudiendo las riendas teñidas de oscuro sobre sus cuellos y crines.» (95) Sin embargo, antes de sumergirse en la oscuridad, Proserpina tuvo la presencia de ánimo de arrojar su cinturón al río Ciano, pidiendo a las ninfas que se lo entregaran a su madre.

Más tarde, aquella misma noche, al ver que su hija no regresaba a casa, Ceres se inquietó y comenzó a buscar frenéticamente a Proserpina, haciendo caso omiso de sus obligaciones: «reprochó a las tierras, llamándolas ingratas e indignas del don del grano… la fertilidad de esta tierra, famosa en todo el mundo, traicionaba su buen nombre…» (97) Vagó durante nueve días, pero no encontró a nadie que pudiera ayudarla. Al décimo día, se topó con la diosa Hécate, quien le dijo que había oído los gritos de Proserpina, pero que no sabía quién se la había llevado. Esta le sugirió que le preguntara Helios, el dios del sol que todo lo ve. Gracias a él se enteró de que su hermano Júpiter le había dado permiso a Plutón para casarse con Proserpina y llevársela al Tártaro. Enfadada con Júpiter, Ceres abandonó el Olimpo y toda la comida celestial, y decidió vagar por la tierra disfrazada de anciana.

Un día, en la ciudad de Eleusis, mientras estaba sentada sola llorando, llamó la atención de las hijas del rey Céleo. Compadecidas de la anciana, pidieron permiso a su madre para llevársela a casa. La reina Metanira accedió, y la llevaron a su palacio, donde le ofrecieron el puesto de nodriza para cuidar de su hermano pequeño, Demofonte/Triptolemo. El niño creció sano y fuerte al cuidado de Ceres. Cada noche, Ceres alimentaba al niño con néctar y lo colocaba en el fuego con la intención de hacerlo inmortal y libre de la vejez.

Una noche, la reina vio a su hijo entre las llamas, gritó y lo sacó de ellas, pero descubrió que estaba ileso. Se volvió para descargar su indignación contra la disfrazada Ceres, pero esta ya se había marchado. Indignada por la actitud de la reina, Ceres había abandonado la apariencia de anciana y se había revelado ante ella. Le contó quién era y le explicó sus planes de inmortalidad para su hijo, que ahora resultaban imposibles. Un himno homérico describe la escena según la tradición griega:

«Yo soy Deméter, portadora de honor, que soy tanto para los inmortales como para los mortales la mayor bendición y alegría. … Que el pueblo me construya un gran santuario y un altar debajo de él…» (Homero, 14)

Ceres partió de Eleusis y prosiguió su viaje hasta llegar a Sicilia. Al llegar al río Ciano, descubrió el cinturón que su hija había dejado. Apretándose el cinturón contra el pecho, oyó los débiles llantos de la ninfa Aretusa. La ninfa le contó que, en un intento por escapar del dios fluvial Alfeo, había descendido al inframundo a través de una grieta. Allí vio a Proserpina sentada en un trono de azabache junto a Plutón: «Vi a Proserpina allí con estos dos ojos. Parecía verdaderamente triste y su rostro aún estaba perturbado por el miedo» (Ovidio, 97). Ceres decidió que tenía que enfrentarse a Júpiter, pero se mostró indecisa, al darse cuenta de que Plutón nunca le entregaría a su hija. Tras esto, se retiró desesperada.

Júpiter finalmente se dio cuenta de que, ante la persistencia de la hambruna y las plegarias de un pueblo que clamaba desesperado, tenía que hacer algo. Envió a los dioses a suplicar a Ceres que regresara al Olimpo. Cuando finalmente regresó, le dijo a Júpiter: «Si no tienes consideración alguna por la madre, al menos deja que la hija conmueva el corazón de su padre» (Ovidio, 98). Al consentir que Proserpina regresara con su madre, Júpiter le recordó que Proserpina no debía haber comido nada mientras estuvo en el inframundo, o no podría volver a la Tierra. Enviaron a Mercurio a Plutón para interceder por Proserpina, y Plutón accedió. Sin embargo, un espíritu llamado Ascálafo le recordó a Júpiter que ella había comido tres semillas de granada mientras estuvo en el inframundo. Como solución de compromiso, Proserpina tendría que pasar en el Tártaro un mes por cada semilla, es decir, tres meses al año. Algunas fuentes, incluido Ovidio, afirman que el compromiso fue de seis meses. Durante el tiempo que pasa en la Tierra, vuelven las cosechas y florecen los árboles y las flores. Aunque del matrimonio de Proserpina con Plutón no nacieron hijos, un antiguo mito la presenta como madre de Dionisio-Zagreo, el Baco romano.

El secuestro de su hija reveló el lado más sensible de Ceres, pero hay dos relatos breves que muestran un lado más oscuro de la diosa. Tántalo era un gobernante cruel que había matado de hambre a su pueblo. Insultó a los dioses inmortales al invitarlos a cenar. Había matado y cocinado a su propio hijo, Pélope, y se lo había servido a los dioses. Al sospechar que algo no iba bien, los dioses se negaron a comer, salvo Ceres, que aún se estaba recuperando de su terrible experiencia y tomó un bocado de su hombro. Los dioses le devolvieron la vida al muchacho, y Ceres sustituyó el hombro por uno de marfil. Como castigo, los dioses lo enviaron al Tártaro, donde permanece de pie en un arroyo de agua pura, pero su sed nunca puede saciarse, pues el agua se retira cada vez que se agacha para beber. Sobre su cabeza cuelgan frutas frescas, pero cada vez que intenta alcanzarlas, la rama se eleva hacia arriba. Está eternamente hambriento y sediento.

Erisictón, por su parte, cometió el error de talar los árboles sagrados de Ceres, incluso cuando uno de ellos sangraba. Enfadada por su insolencia, Ceres le infundió un hambre insaciable: ninguna cantidad de comida podía calmar los dolores del hambre. Perdió todo lo que poseía para comprar comida, pero al final se devoró a sí mismo.

Había numerosas fiestas y templos dedicados a Ceres tanto en Grecia como en Italia; las más destacadas eran los misterios eleusinos, celebrados en otoño, instituidos por la propia diosa para honrar tanto a su hija como a sí misma. En primavera había una segunda fiesta, los misterios menores, y entre las demás fiestas anuales estaban las tesmoforias y las cerealias.

La palabra «cereal» deriva del nombre de la diosa. Un planeta enano del cinturón de asteroides situado entre Marte y Júpiter, descubierto por Giuseppe Piazzi en 1801, también recibe su nombre.