El charvaka, también escrito carvaka en algunas fuentes, fue una escuela filosófica que se desarrolló en la antigua India hacia el 600 antes de Cristo La doctrina proponía al materialismo como vía para comprender y orientar la existencia personal en el mundo. Para el materialismo, todo lo que existe es materia perceptible, y conceptos como el del alma o cualesquiera otras entidades o planos sobrenaturales de la existencia son simples invenciones de personas de gran imaginación.
El significado del nombre es objeto de debate. Algunos sostienen que alude al acto de masticar, puesto que la doctrina destacaba la importancia de disfrutar la vida mediante la comida y la bebida, mientras otros afirman que responde al apelativo de su fundador, o al de un discípulo suyo, un reformista llamado Brhaspati. El sistema también se conoce como Lokayata, que significa «filosofía del pueblo», y Brhaspatya, en honor a Brhaspati.
La doctrina charvaka rechazaba todo tipo de postulado sobrenatural, así como toda autoridad y escritura religiosa. Negaba la validez de la inferencia y del testimonio para establecer la verdad, y desechaba todos los rituales y tradiciones religiosas. Sus principios fundamentales eran los siguientes:
- La percepción directa constituye el único medio de establecer y aceptar la verdad..
- Aquello que no puede percibirse ni comprenderse mediante los sentidos no existe..
- Todo lo que existe son los elementos observables aire, tierra, fuego y agua..
- El bien supremo de la vida es el placer; el único mal es el dolor..
- El único propósito de la existencia humana es buscar el placer y evitar el dolor..
- La religión es una invención de los fuertes y astutos para aprovecharse de los débiles..
No obstante, es necesario señalar que aunque los planteamientos anteriores se consideran principios del charvaka, hasta el presente no se han encontrado textos originales de esta doctrina. Todo el conocimiento disponible sobre este sistema procede de obras hindúes, jainistas y budistas escritas con posterioridad, hostiles a esta filosofía y redactadas con el propósito de refutar sus planteamientos.
Se considera que Brhaspati, quien no debe confundirse con el célebre sabio homónimo asociado con el Dharma Shastra, desarrolló el charvaka como reacción a lo que percibía como un conjunto de supersticiones absurdas concebidas con engaño para que las personas las aceptaran como verdades irrefutables.
Algunos consideran que Charvaka, discípulo de Brhaspati, desarrolló la visión original de su maestro; otros plantean la posibilidad inversa, según la cual Charvaka habría sido el fundador y Brhaspati su discípulo, e incluso es posible que ninguna de estas aseveraciones sea correcta. El texto original del Sutra de Brhaspati, considerado la escritura fundamental del charvaka, se perdió o fue destruido, por lo que cualquier afirmación sobre esta doctrina debe evaluarse con espíritu crítico, incluidas las que aparecen en el presente artículo.
Aunque el charvaka parece haber ejercido una influencia notable en su época, en particular en el desarrollo de lo que en la actualidad se identifica como método científico, la doctrina nunca llegó a consolidarse y desapareció hacia el siglo XII.
Sin embargo, las ideas de este sistema contribuyeron a configurar el clima intelectual que permitió el desarrollo del pensamiento científico en la región. Además, sus planteamientos anticiparon el ateísmo de Critias de Atenas (460-403 antes de Cristo), el hedonismo de la escuela de Aristipo de Cirene (en torno a 435-356 antes de Cristo) y, de manera destacada, la obra de Epicuro (341-270 antes de Cristo) y el desarrollo del llamado «hedonismo ilustrado» en su escuela de Atenas.
Estos pensadores y quienes continuaron su legado, influyeron en las filosofías empiristas y utilitaristas del siglo XIX y en el movimiento existencialista del siglo XX. En consecuencia, el sistema de ideas del charvaka se adelantó mucho a su época, aunque no ejerció una influencia directa en esos desarrollos posteriores.
El charvaka constituyó una respuesta a la visión religiosa vigente en la India durante esa época, basada en los Vedas. Los Vedas son los textos religiosos fundamentales que sustentan el hinduismo, denominado por sus seguidores Sanatan Dharma, el Orden Eterno, o el Camino Eterno. El término veda significa conocimiento. Se considera que los cuatro vedas, Rig Veda, Sama Veda, Yajur Veda y Atharva Veda, transmiten el conocimiento esencial requerido para comprender el Orden Eterno del universo y el lugar del ser humano en él.
Para los hindúes ortodoxos estos textos se consideran Shruti, «lo que se escucha», pues se cree que en algún momento del pasado remoto fueron «pronunciados» por el Universo mediante vibraciones y «escuchado» por sabios en estado de meditación alrededor de 1500 antes de Cristo Estos sabios conservaron los mensajes de manera oral hasta que se plasmaron por escrito junto con otros textos, entre ellos los Upanishads, que los comentaron y aclararon. El proceso se desarrolló durante el período védico, en el término aproximado de 1500 a 500 antes de Cristo
La visión de los Vedas dio origen al movimiento religioso y filosófico conocido como brahmanismo, que afirmaba que el mundo funcionaba de conformidad con determinadas reglas observables y demostrables. Estas reglas, conocidas de conjunto como rita, «orden», sugerían la existencia de un creador, un ser de grandeza incognoscible denominado Brahman, que había creado el Universo y era, al mismo tiempo, el propio Universo.
Sin embargo, la mente mortal no podía comprender a Brahman; por ello se sostenía que cada ser humano llevaba en su interior una chispa de esta divinidad, el atman, y que el propósito de la vida consistía en lograr la unión del atman con Brahman. Esta unión se alcanzaba mediante el cumplimiento del deber, dharma, conforme a la acción correcta, karma, para obtener la liberación, moksha, y quedar libre del ciclo de renacimiento y muerte.
El individuo podía optar por emprender el camino de la realización personal y la unión, mediante el cual llegaría a convertirse en una versión más plena de sí mismo, o por rechazar la verdad divina y sufrir las consecuencias en esta vida y en cada una de las siguientes, hasta que al fin abrazara el camino del amor y el orden divinos.
La clase sacerdotal recitaba los Vedas en sánscrito, la lengua en que los textos habían sido «escuchados» y compuestos. Las personas que escuchaban estas recitaciones no entendían el sánscrito y debían confiar en la palabra de los sacerdotes respecto a la procedencia divina de las escrituras.
Las religiones y escuelas filosóficas que reconocían la autoridad espiritual de los Vedas se clasificaban como astika, «lo que existe», y aceptaban la existencia del atman, de Brahman, y de todo el conjunto de la visión védica. Aquellas que negaban estos conceptos se definían como nastika, «lo que no existe». Entre las escuelas de pensamiento nastika se encontraban el jainismo, el budismo y el charvaka.
A juzgar por los comentarios, críticas y observaciones presentes en textos posteriores, Brhaspati consideraba absurdo que las gentes confiaran en los sacerdotes respecto a que unos textos incomprensibles constituyeran la palabra de Dios. Más aún, que se creyeran obligadas a cumplir sin desviaciones las reglas, los ritos, las penitencias y las prohibiciones que los sacerdotes imponían. Brhaspati sostenía que todo este edificio de ideas no era más que un medio ingenioso empleado por la clase alta sacerdotal para vivir a expensas de las clases inferiores, a las que engañaban para que aceptaran sus fábulas como verdades.
No es posible saber con certeza cuáles fueron las motivaciones de Brhaspati, ni cuáles fueron sus primeras acciones en oposición a las creencias ortodoxas. Sin embargo, al parecer, en algún momento comenzó a predicar una nueva visión o compuso un texto en el que explicaba su convicción de que el propósito de la vida era disfrutarla en toda su plenitud, sin temor a castigo alguno en la presente existencia ni en ninguna otra. Sostenía que la vida del individuo no estaba gobernada por divinidad alguna, y que no le sería concedida otra más allá de la que ya vivía.
La principal objeción del charvaka a la visión védica era que esta no podía demostrarse. La aceptación de la doctrina dependía de manera exclusiva de la fe, fe que fomentaba la clase sacerdotal que se beneficiaba de la religión a costa de los demás. Los sacrificios, las ofrendas, y los gestos penitenciales enriquecían a los sacerdotes y contribuían a la pobreza de las clases inferiores.
El enriquecimiento de los sacerdotes se hacía posible gracias a la afirmación indemostrable de que ellos conocían la realidad última, y a que la persona que aceptara tal aserción tendría una existencia más próspera y plena en su vida actual, así como un reencuentro dichoso con Dios después de la muerte. El temor a lo que pudiera existir más allá de la muerte y a la perspectiva de experimentar interminables reencarnaciones plagadas de sufrimientos animaba a las gentes a dar crédito a las afirmaciones de los sacerdotes con la esperanza de que fueran ciertas. Sin embargo, según charvaka, tales aseveraciones eran falsas porque carecían de pruebas sustanciales.
Esta objeción condujo a la creencia fundacional de charvaka según la cual solo la percepción directa de cualquier elemento podía establecer la verdad. Más aún, charvaka sostenía la imposibilidad de la existencia de aquello que no podía ser percibido o reconocido por los sentidos.
Como se ha señalado, existían otras escuelas de pensamiento nastika, entre ellas el jainismo y el budismo. Ambas filosofías se desarrollaron en paralelo al charvaka, y también rechazaban la visión védica. Sin embargo, el charvaka difería de ellas de manera significativa, según señala el investigador John M. Koller:
El charvaka es el único sistema completamente materialista; todos los demás aceptan distintas formas de vida espiritual. El jainismo, por ejemplo, intenta mostrar el camino para alcanzar la liberación de la servidumbre kármica. Hace énfasis en vivir sin violencia, lo cual culmina en la liberación definitiva de esa servidumbre mediante la autorrealización meditativa. El budismo ofrece un análisis de la naturaleza y de las causas del sufrimiento humano y presenta el Camino Óctuple como vía para superar el sufrimiento. (7)
Por el contrario, el charvaka sostiene que el sufrimiento no es más que la privación del placer y que esto se remedia mediante la búsqueda del disfrute sensual. El individuo no tiene deberes para con nadie ni con nada, salvo para consigo mismo; tampoco acumula «deudas kármicas», porque no existe un dios que fiscalice sus buenas o malas acciones. Según el charvaka, la vida no ofrece más que lo que se observa en ella, y los preceptos, normas y rituales religiosos no son más que medios de los que se sirven los poderosos y los astutos para facilitar su propia búsqueda del placer.
El pensamiento charvaka rechazaba la cosmología religiosa porque consideraba innecesario especular sobre la creación del universo. Tales esfuerzos constituían una pérdida de tiempo, porque no había manera de saber cómo había llegado a existir el universo. El individuo podía concluir, mediante la observación, que la naturaleza se regeneraba y reproducía conforme a leyes naturales. Por tanto, era lógico concluir que con independencia de la forma en que había surgido el universo, este se había desarrollado de conformidad con ese mismo tipo de leyes. Saber cómo había comenzado el universo no podía enriquecer en modo alguno la vida de una persona, de modo que la cosmología podía descartarse.
De manera similar, la epistemología se consideraba inútil, puesto que la verdad se reconocía mediante la percepción, y por lo tanto, no existía razón para investigar de qué manera se sabía que se sostenía una piedra grande cuando era evidente que se sostenía una piedra grande. Por esto, el charvaka rechazaba las pramanas religiosas, es decir, las «fuentes» o «pruebas del conocimiento», en particular la inferencia y el testimonio personal. La inferencia no podía considerarse fiable para establecer la verdad, porque a diferencia de la percepción directa, podía ser errónea.
El ejemplo más utilizado para explicar las dificultades que el charvaka encontraba con la inferencia es el de considerar la presencia de humo como prueba de la existencia de fuego. Si se observa que sale humo por la ventana de un edificio, se infiere que debe haber fuego en ese recinto. Sin embargo, esto no tiene por qué ser cierto: alguien en la habitación podría haber removido hollín al limpiar una chimenea o una estufa, y éste parecería humo a un observador. En consecuencia, por la misma razón, el testimonio es poco fiable, puesto que alguien que creyera ver la salida de humo por una ventana podría comunicar que el edificio estaba en llamas, cuando en realidad el humo que declarara haber observado no habría sido tal.
Los sistemas éticos también se rechazaban porque se definían mediante las llamadas «leyes morales», que no eran más que otro conjunto de fábulas creadas por los sacerdotes para controlar a los demás y enriquecerse. Las cosas buenas de la vida eran aquellas que resultaban placenteras para el individuo, mientras que las malas eran las que le causaban malestar. Los sistemas éticos no hacían más que complicar esta sencilla verdad, puesto que privaban a la persona de placer y la cargaban de culpa sin aportar nada, excepto contribuir al control de la mayoría por parte de unos pocos.
El charvaka se anticipó en siglos a los trabajos de Jeremy Bentham (1748-1832) y de John Stuart Mill (1806-1873), al plantear que el «comportamiento correcto» es aquel que produce el mayor bien para el mayor número de personas y que el «comportamiento incorrecto» es aquel que causa la mayor cantidad de sufrimiento.
En este caso el concepto de «bien» debía entenderse como «placer», de donde el mal, por antonimia, significaba ausencia de placer. La imposibilidad de procurar el placer individual impulsaba a la persona a realizar actos destinados a eliminar los obstáculos que le dificultaban lograr ese placer. Por esta causa, el individuo iniciaba o participaba en acciones que otros condenaban como ilegales, por las cuales castigaban a sus autores. Sin embargo, quienes administraban el castigo no eran más virtuosos que quienes cometían los delitos; las autoridades no hacían más que mantener su propio nivel de placer a expensas de aquellos a quienes se les había negado.
Estos mismos conceptos se desarrollaron, probablemente de manera independiente, en la antigua Grecia y en otros lugares. Aunque el político ateniense Critias nunca fundó una escuela formal, las obras que se conservan de él reflejan una visión similar a la de Brhaspati. Critias escribió que la religión no era más que el medio a través del cual los fuertes controlaban a los débiles y los poderosos lograban su enriquecimiento mediante el mantenimiento de leyes que funcionaban en su propio beneficio.
La filosofía hedonista de Aristipo de Cirene es casi idéntica a la del charvaka en cuanto a que consideraba que el objetivo más noble al que la persona podía dedicar su vida era la búsqueda de placer. Aristipo creía que debía vivirse el momento y disfrutar de la vida tanto como fuera posible. Su filosofía suele compararse con la del filósofo hedonista chino Yang Zhu (440-360 antes de Cristo), quien también sostenía que la religión era una construcción artificial destinada a controlar a las personas y que detenerse a pensar en lo que define una «acción correcta» y una «acción incorrecta» constituía una pérdida de tiempo, cuando el individuo podía disfrutar de sí, haciendo lo que quisiera.
Desde luego, el hedonista más conocido es Epicuro, quien también sostenía que la prosecución del placer debía ser la meta más elevada de la persona. Sin embargo, la filosofía de Epicuro se encontraba muy distante del tipo de hedonismo defendido por el charvaka, por Aristipo, o por Yan Zhu. Para Epicuro, la búsqueda del placer significaba disfrutar a plenitud de lo que se poseía sin agobiarse por lo que no se tenía. El placer generaba felicidad mientras produjera gozo sin tensiones ni preocupaciones, lo que implicaba actuar en todo con moderación, para vivir tanto como fuera posible en condiciones óptimas de salud y disfrutar cuanto se pudiera.
Se desconoce si el charvaka influyó en alguno de estos autores posteriores, pero resulta interesante observar la presencia de conceptos charvakas en otras culturas. Los autores griegos sentarían las bases sobre las que pensadores posteriores desarrollarían sus ideas, como el empirista escocés David Hume (1711-1776), quien sostenía, entre otras cuestiones, que si a una persona no se le dijera que Dios existe, esta no encontraría razón en el mundo que sugiriera la existencia de tal entidad. La filosofía utilitarista desarrollada por John Stuart Mill presenta notables similitudes con el charvaka, y con algunas diferencias, también los trabajos de los existencialistas, en particular los de Jean-Paul Sartre (1905-1980) y sus seguidores.
Los poderes establecidos y la religión organizada no recibieron con beneplácito la aparición de estos autores y sistemas filosóficos. La respuesta religiosa al charvaka en la antigua India siguió este mismo patrón. El rechazo del charvaka a la religión y su insistencia en la búsqueda del placer socavaba tanto la autoridad de los sacerdotes como la de las clases altas. Más importante aún era la desestabilización del status quo que generaba el charvaka al negar a las personas la esperanza de que la vida tuviera un sentido último, tanto como la posibilidad de estar en seguridad después de la muerte.
Era difícil que se recibiera con beneplácito la afirmación del charvaka relativa a la inexistencia de una vida después de la muerte promisoria de recompensa final a los virtuosos. El público que escuchaba a Brhaspati, como todos los seres humanos, reconocía la muerte como una certeza y había aprendido a creer que el buen comportamiento conducía a una vida dichosa en el más allá, mientras que el mal comportamiento acarreaba castigo. Para el charvaka, que no prometía esa visión, virtuosos y malvados compartían el mismo destino final y ninguna acción que el individuo realizara en la vida podía alterar el hecho de que su camino conducía de manera inevitable a la extinción.
Aunque se hacía referencia al charvaka como Lokayata, «la filosofía del pueblo», no existen pruebas de que su ideario lograra alcanzar una aceptación generalizada. El investigador P. Ram Manohar señala que «nunca llegó a establecerse como una escuela de pensamiento predominante» (Paranjape, 5). Al parecer, el sentido que se imprimió a la expresión «popular» fue el de carencia de sustancia intelectual, como ocurre con la frase «opinión popular» yuxtapuesta a «opinión informada», y además, se tomó como una especie de sinónimo de materialismo que negaba el valor de las aspiraciones más elevadas de la vida.
Sin embargo, el charvaka estaba lejos de ser una filosofía «carente de sustancia»; sus ideas inspiraron el desarrollo del método científico en la antigua India al fomentar la observación directa de los fenómenos, la formulación de hipótesis para explicarlos, y la obtención de conclusiones basadas en la corroboración empírica de dichas hipótesis. Manohar señala que el charvaka «ejerció una influencia poderosa y contribuyó a lograr un equilibrio entre las cosmovisiones espiritual y material» (Paranjape, 5). Aunque el sistema de Brhaspati nunca reemplazó a la ortodoxia, influyó de manera definitiva en el panorama intelectual de la India.
Las afecciones como enfermedades y lesiones, así como las experiencias gratificantes de prosperidad y buena fortuna inesperada, pasaron a entenderse como fenómenos naturales y no como actos divinos destinados a castigar o a recompensar determinados comportamientos. La elaboración de obras como los Dharma Shastras y el Arthashastra fue posible gracias al reconocimiento del valor del materialismo charvaka en forma modificada.
Aún así, el charvaka acabó por ser desplazado por los sistemas hindú, jainista y budista, que ofrecían visiones más esperanzadoras de la vida después de la muerte y del sentido de la existencia cotidiana. Sin embargo, el mensaje del charvaka cambió la forma en que las personas veían el mundo, aunque no pudieran aceptar por completo su visión de una vida vivida en total conformidad con los valores personales del individuo, sin expectativa de recompensa ni temor al castigo en esta vida o en la siguiente.